Carlos Escalante, el profesor de tiempo completo

Carlos Escalante, el profesor de tiempo completo

Dedicó 40 años de vida a la enseñanza de la metodología y la estadística en la sociología.

Profesor de tiempo completo

El profesor Carlos Escalante se especializó en un tema árido y poco vendible dentro y fuera de las aulas: técnicas de la investigación científico-social.

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Cortesía Gabriel Escalante Guzmán

31 de mayo 2018 , 07:51 p.m.

No fue el más popular ni el más carismático de los profesores de la primera facultad de Sociología del país. La competencia era dura, comenzando por sus fundadores: el barranquillero Orlando Fals Borda y el padre Camilo Torres Restrepo. Hubo otros Maestros que brillaron con luz propia, como la lúcida Virginia Gutiérrez de Pineda, el irrepetible Ernesto Guhl o el infalible Darío Mesa, para no hacer la lista muy larga.

Sin embargo y a pesar de no ser ni el más combativo ni el más incisivo, el profesor Carlos Escalante Angulo no pasó inadvertido en esos años de fuertes y diarios debates ideológicos, en los que tanto profesores como alumnos luchaban de palabra y obra por cambiar la situación social y política.

En su contra jugó también que el profesor Escalante se especializó en un tema árido y poco vendible dentro y fuera de las aulas: técnicas de la investigación científico-social. Además, como anota una de sus colegas, la escritora, historiadora y analista Rocío Londoño, era muy fuerte el contraste de la enseñanza de las teorías clásicas frente al denominado funcionalismo aprendido por Escalante en una universidad norteamericana, corriente que no gozaba de aprecio entre los profesores, y menos aún entre los estudiantes.

Sin embargo, después de toda una vida enseñando y escribiendo sobre metodología, sus treinta años en la Universidad Nacional no fueron en vano y hoy, un año después de su muerte, se lo recuerda como el profesor que le metió estadística, demografía y metodología a la carreta sociológica.

Por esto, el variado sello editorial Apuntes Maestros –creado por el anterior rector de la Universidad Nacional, Ignacio Montilla, que ha publicado la obra de varios de sus profesores– editará la del profesor Escalante.

Su texto más importante fue Metodología de la investigación socio-médica, con 18 ediciones, texto universitario que sigue vigente, según lo anota su hijo Gabriel.

Esa combinación de sociología con medicina sería de las áreas de estudio a las que el profesor Escalante dedicó más horas en sus noventa años de vida. Tal vez porque al no haber sido médico, como el abuelo admirado y venerado, decidió enrumbar su conocimiento sociológico al servicio de la medicina.

El profesor Escalante nació en Cartagena. Se educó en Santa Marta, en el tradicional e icónico Liceo Celedón. Recién terminó sus estudios, escogido como uno de los mejores bachilleres, fue durante un par de años profesor de sociales y con el dinero que ganó se trasladó a Bogotá y se matriculó en el novísimo Instituto Etnológico Nacional (IEN), creado por el francés Paul Rivet, que formó al primer grupo de antropólogos y etnólogos colombianos.

Estrenó su título de antropólogo social en el Colegio Nacional de Zipaquirá, donde estudió Gabriel García Márquez, y con la investigación ‘El prejuicio racial en Colombia’, editado por ese instituto en el remotísimo 1952.

No abandonó la tiza y la bata blanca en sus 45 años de enseñanza en las universidades Nacional, treinta, y en La Salle, quince, desde 1961, cuando el maestro Orlando Fals Borda lo buscó en Corozal para que lo acompañara en la creación de esa facultad de Sociología, única durante varios años en el país.

A Corozal había llegado recién casado y dispuesto a dedicarse a la enseñanza. Observando las necesidades del mercado, fundaron, con su esposa, el colegio San Ignacio, un internado masculino, de educación primaria, que recordaba con especial cariño el genetista Emilio Yunis, muerto recientemente, como la institución que lo había alentado a encaminarse hacia la investigación genética.

La administración del colegio dejaba tiempo al profesor Escalante para ser activo miembro de la sociedad Linneana, que reunía a intelectuales curiosos, a finales de los años cincuenta, en Sincelejo.

Un par de años en esa tierra caliente y el profesor Escalante, ante la seductora propuesta de Fals Borda, no dudó en devolverse a la fría capital a comenzar su carrera académica universitaria como profesor asociado de dedicación exclusiva, con las cátedras de Sociología Rural y Antropología Social, nombramiento al que pocos profesionales accedieron.

Orlando Fals Borda, unos años más adelante, su mentor, lo ayudó a obtener la beca Ica-Ford para estudiar en la Universidad de la Florida. “De esas becas que ya no se ven, porque la hicieron extensiva a mi madre y a los cinco hijos. La sexta hija, mi hermana menor, nació allá”. Recuerda Gabriel Escalante, coordinador del servicio de consulta del Archivo Central e Histórico de la Nacional, el mayor de la familia.

Clases y charlas

A diferencia de su decano y de sus paisanos, el profesor Escalante no es recordado dentro del grupo de ‘los costeños’ ni tampoco como divulgador de los carnavales ni de las parrandas vallenatas, los que fueron conocidos en la capital gracias, en parte, a ese grupo de profesores y estudiantes costeños que hicieron fulgurantes carreras en Bogotá y de manera simultánea fueron los mejores impulsadores de su baile y su música.

Escalante amaba el silencio. Prefería cocinar para sus amigos y hacer veladas en las que se debatía con mucha flema y conversaba sin prisa. Fueron sus grandes amigos el abogado Gerardo Molina y su esposa, la antropóloga Blanquita Ochoa; los antropólogos Virginia Gutiérrez y su esposo, Roberto Pineda, y Gerardo Reigel-Dolmatoff y su esposa, Alicia Dussán. Algunas veces llegaron el padre Camilo Torres, Orlando Fals Borda y su esposa, María Cristina Salazar.

Cuando en los agitados años setenta Orlando Fals Borda fue expulsado de su cargo de director de Sociología, lo sustituyó el profesor Escalante, quien ya había introducido la estadística, la metodología y la demografía dentro del programa de estudio.

“Por esos años vivíamos en un edificio en los alrededores de la Ciudad Universitaria, en el segundo piso. El primer piso lo habitaba el pintor Augusto Rendón y el tercero, Andrew Pearce, un sociólogo norteamericano, profesor invitado en la Nacional.
Recuerdo que mi padre los invitaba a cenar, y ellos hacían lo propio. Eran veladas que comenzaban a las siete de la noche y terminaban muy tarde, pero no era sino subir o bajar las escaleras. Las fundaciones Ford, Rockefeller y Kellogs, entre otras, ayudaron a la facultad y mandaban profesores, que siempre fueron invitados a este edificio, haciéndolo famoso entre ese grupo. Cuando Andrew Pearce regresó a Estados Unidos, mi padre nos trasladó al tercer piso, que era mucho más amplio. Luego nos trasteamos a una casa muy grande que compró en el barrio Modelia y sería la única propiedad que adquirió en su vida. Casi no hizo asesorías ni se ocupó de trabajos distintos a su cargo de profesor”, recuerda su hijo Gabriel.

Vinculado de tiempo completo a las actividades universitarias, una de las citas a las que no fallaba, en compañía de su hijo mayor, era a las salidas de campo, cautivantes excursiones que organizaba el maestro Ernesto Ghul y con las cuales recorrieron sitios inolvidables.

Tenía además silla fija en el auditorio León de Greiff para los conciertos de los sábados, y cuando no había concierto pasaba las tardes en el centro de Bogotá, en las librerías La Gran Colombia, en la Lerner, la Nacional o la Buchholz; fue muy amigo de su propietario. Pero su casa sería la Librería Tercer Mundo, para cuyo fondo editorial dirigió la edición de uno de los clásicos de Max Weber. Esos años fueron, así mismo, los de las célebres revistas Eco y Mito, en las que colaboró.

Rutinario

Trotaba todos los días. Se levantaba a las cuatro de la mañana y corría durante hora y media. Religiosamente, llegaba vestido de traje a su clase de siete. Dedicaba tiempo a vestirse bien. Nunca se quitó la corbata para dictar clase, ni contó con asistentes ni monitores.

Tampoco utilizó computador; siempre escribió a mano o en su máquina Olliveti. E intentó con el celular, pero se desesperó y lo dejó de lado.

Al profesor Escalante no le gustaría leer este reportaje, ya que, aunque seguidor del periódico, fue su suscriptor por más de medio siglo; caminó siempre en puntillas, tratando de pasar desapercibido.

Dedicó su vida a la enseñanza, a la lectura, a escribir metodologías, técnicas de investigación y a sus hijos. Eludió cualquier homenaje público. A tal punto que, cuando se pensionó, sus compañeros y alumnos le organizaron una reunión de despedida; tan pronto se enteró, suplicó que lo eximieran de comparecer en este evento que le causaría más pena que gloria.

Peculiar

La imagen no fue de su gusto. No veía televisión, salvo las peleas de boxeo. No fue mucho a cine. Tampoco oía radio. Las noticias diarias prefería comentarlas que oírlas. Se estremecía ante la injusticia y siempre expresaba su tristeza por las enormes diferencias sociales con las que se tropezaba a diario en la universidad y por esas decenas de estudiantes que mal comían y mal vivían. Nunca militó en ningún grupo de izquierda ni de derecha, ni tampoco fue religioso.

El sociólogo y escritor Alfredo Molano Bravo, miembro en la actualidad de la Comisión de La Verdad, lo recuerda como el profesor al que le gustaban las técnicas de investigación. “Era amable, discreto; solidario desde lejos con nuestras peleas”.
La muerte de sus dos hijos: uno en el 83, de cáncer linfático, 24 años. Y el otro en 94, en un accidente, 27 años, lo llenaron de dolor. De ese tremendo golpe no se recuperó nunca.

En sus últimos años tuvo problemas de visión. Leía con lupa y con unas potentes gafas regaladas por uno de sus alumnos. El libro que dejó abierto, en su mesa de noche, fue Memorias, de Antón Chejov.

Dejó una biblioteca con ocho mil volúmenes, después de haber donado algunos incunables a bibliotecas estudiantiles. En buena hora, la obra del profesor Escalante será reeditada.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para El Tiempo

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