La sabiduría antigua de los parteros urbanos que aún no desaparece

La sabiduría antigua de los parteros urbanos que aún no desaparece

Por medio de su oficio acompañan a las madres durante la gestación.

Parteras Bachué

Sara Barbosa (izq.) y Sara Milena Alayón (der.), con el partero Ramiro Romero (c.). Las dos mujeres tienen visiones distintas frente al parto tradicional.

Foto:

Fredy Ávila

12 de mayo 2017 , 11:31 p.m.

En sus palmas, Bitalia Romero o la Madre Naco o Naquito, alma y corazón de la Corporación Mujeres Bachué de Bogotá, recibió a ese primer niño, cuyo nombre no recuerda, en una finca de San Juan de Rioseco (Cundinamarca). 

Tenía casi 15 años. Allí, en compañía de su mamá y de su cuñada, enfrentó a su corta edad el primer parto de su vida. “Esa noche fue mi graduación”, dice.

Ante la mirada expectante de sus maestras, sus manos de quinceañera, habituadas a cocinar en fogón de leña, cortaron el cordón umbilical en el momento en que este dejó de palpitar. “De esa forma se logra un tránsito mucho más tranquilo para la madre y el recién nacido”, afirma.

Desde aquella noche, Naco aprendió a defenderse sola en uno de los rituales más exigentes de la vida: asistir un nacimiento.

Tuvo cuatro hijos, todos ellos recibidos en casa por sus abuelas, su madre y sus cuñadas. Partos sin aspavientos. “Ni siquiera con Ramiro –su segundo hijo– conocí lo que era un control médico. Fueron cinco contracciones y afuera”, dice. Y sonríe.

Veinte años parteando

Ramiro Romero es médico indígena de la comunidad muisca, y a sus 37 años ha atendido nacimientos en la montaña y en la ciudad, de madres que aceptan el parto domiciliario como opción. Ya no sabe, en veinte años, cuántos nacimientos ha atendido.

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Desde joven aprendió los secretos de Naquito y hoy, desde Mujeres Bachué, promueve lo que llama “una nueva forma de nacer y crecer”, en la que las gestantes son libres de decidir cómo parirán. Partos atendidos de forma segura, sin métodos invasivos, y en los que toda decisión se toma en un “ejercicio de libertad y respeto por sus derechos”.

“Colombia tiene un atraso muy grande en ginecoobstetricia, y frente a los protocolos rígidos de la medicina convencional. Las mujeres se han volcado a otras alternativas para dar a luz. Una de esas opciones es el parto domiciliario, siempre y cuando existan las condiciones”. Una opción que no se basa solamente en el “hecho romántico de nacer en casa”, sino en una tradición que retoma la fisiología y las formas naturales del cuerpo.

En su Escuela de Partería Tradicional, se usan técnicas, masajes, plantas, luz tenue, ambiente de silencio y hechos tan elementales como no someter a la mujer gestante a tactos, cada tres o cuatro horas, para observar la dilatación. “Una forma diferente y humana de ver el parto y no como una patología o un oficio que terminó ‘industrializado’, sino como lo que es: un acto natural”, sostiene.

En busca del origen

En la partería tradicional que practican la Madre Naco y Ramiro, cada componente y cada fluido del cuerpo femenino, al momento del alumbramiento, tienen un significado especial. La placenta, por ejemplo, es considerada el órgano que guarda la fórmula magistral del ser que llega. “No se trata de un desecho orgánico con cierto riesgo biológico”, como sucede en la medicina convencional. Son elementos vivos con un profundo valor para ellos.

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Las propias manos de la nueva madre, en un ritual llamado la siembra, toman la placenta y el cordón umbilical y escogen un lugar en la tierra para devolverlos a su origen. La ceremonia les da el valor a esos órganos que durante nueve meses llevaron nutrientes y brindaron respiración al nuevo ser.

La siembra –explica Ramiro– es acompañada por cánticos y danzas. “Un ser que nace y que conoce dónde están sembrados su placenta y su ombligo, sabe a dónde pertenece y se sentirá atado, por siempre, a esa tierra”.

La voz clínica

Pero hay profesionales que se inclinan por el parto seguro, en el que se pueda monitorear permanente a la mamá y al bebé para poder, así, atender cualquier eventualidad.

Así piensa Ayda Castillo, ginecoobstetra de la Universidad del Rosario, con 10 años de experiencia en la Clínica de la Mujer en Bogotá, al igual que sus compañeros de la institución.

Para ella, el principal riesgo de tener un hijo en casa es que se presente una complicación intraparto, y que sea necesario realizar una cesárea de urgencias y no haya forma de atenderla, o que sea demasiado tarde. “Un estado fetal insatisfactorio, un desprendimiento de placenta o una mala posición fetal. Por ejemplo, que el bebé venga en posición de pies o de cola, y que la partera no lo haya identificado. Son riesgos que en casa no se podrían atender de forma inmediata”.

Un parto que puede resultar, según la especialista, “totalmente incierto e inseguro. Si le va bien en el parto en casa, pues no pasa nada, pero, ante una eventualidad en el parto, sería lamentable no poder hacer nada”.

Voces de las madres

Sara Milena Alayón es geógrafa y la representante legal de Mujeres Bachué. Las malas experiencias en sus procesos de parto la llevaron a vincularse a la asociación hace cinco años. Tiene dos hijos: Matías, de 9, y Nohelia, de 3, que nacieron por cesárea. Aunque acepta que fueron operaciones necesarias, reconoce que son métodos muy violentos.

Durante el embarazo de Nohelia –recuerda– conoció a Ramiro, y optó por tener a su hija en casa. Sin embargo, después de varios días de trabajo de parto, Sara debió recurrir de nuevo a una clínica para someterse a cesárea. Una segunda experiencia invasiva que incluso le afectó un hombro, pero en la que logró esta vez tener incidencia en todo el proceso de parto. Por medio de un documento, Sara exigió la entrega de su placenta, que no se pinchara el cordón umbilical de su bebé antes de que dejara de latir y que la recibiera al nacer en sus brazos, para iniciar la lactancia de inmediato.

Una experiencia que le permite hoy trabajar desde la asociación, por el respeto de los derechos de las mujeres gestantes y la eliminación de intervenciones y medicamentos que pueden ser contraproducentes para la madre y el recién nacido.

Sara no está en contra del pensamiento médico. Pero sí registra con satisfacción procedimientos tradicionales como la posición de la mujer para el parto. “En un hospital se nos acuesta en una posición que va contra la fisiología. Así aumenta el dolor de las contracciones. Pasé varios días, en mi primer parto, sin poder dormir. No me explico por qué debemos estar acostadas, anestesiadas y ante la posibilidad de una inminente operación para que nazca el bebé”.

Para la Madre Naco todo puede ser más tranquilo y natural. “La postura para el parto es la que decida la mamá y en la que se sienta más cómoda. No hay nada más triste que ver a una futura madre acostada, conectada al suero y que apenas pueda mover la cabeza, en medio de unos terribles dolores”, asegura.

La incertidumbre

Sara Barbosa espera su segundo bebé. Tiene cuatro meses de embarazo y al igual que su primer hijo, Amaru, de cuatro años, espera tenerlo en un parto domiciliario. Cuenta con el apoyo de su familia y hasta afirma, sin haberse sometido a ninguna ecografía, que será niña. “Lo puedo apostar”, dice.

Para esta artista plástica y antropóloga, su primer parto en la tranquilidad de su hogar fue motivada por la experiencia de amigas y compañeras que conocían esa opción. “Siempre les recomiendo informarse, y que conozcan con qué herramientas cuentan para garantizar sus derechos”.

Vive en Cajicá, al norte de Bogotá, y cree que allá, en el silencio de su hogar y en conexión total con su propio cuerpo, tendrá a su hija. Ha contado con el tiempo suficiente hasta para escoger el lugar de su jardín donde hará la siembra. Sin embargo, enfatiza, es el “principio de incertidumbre” el que rige la vida.

A este principio se vio sometida la Madre Naco cuando intentó renunciar, hace algunos años, al oficio de partera. Quiso dejar que su hijo, el único partero de Mujeres Bachué, continuara su legado. Pero pudo más el cariño por su conocimiento y decidió regresar con la idea de “terminar con honores”.

“En esta vida, no hay nada seguro”, puntualiza Bitalia.

Sus dedos delgados han recibido con destreza a cientos de niños y niñas, en el oficio que aprendió de sus abuelas. Son 50 años en los que ha entablado una cercanía con sus parturientas, descubriendo cuál será la mejor posición para soportar los dolores del parto. De todos esos momentos, previos al nacimiento, han sido cómplices esas manos.

FREDY ÁVILA MOLINA
Especial para EL TIEMPO

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