¿Pueden tus preocupaciones enfermar a tu mascota?

¿Pueden tus preocupaciones enfermar a tu mascota?

La autora de este texto asegura que así fue. Nuevo capítulo de 'La historia de mi mascota'.

La historia de mi mascota episodio 2

Susy y Darwin son muy buenos amigos.

Foto:

Cortesía Sandra Botero

02 de abril 2018 , 02:25 p.m.

Que las mascotas presienten el peligro y absorben las cargas anímicas de sus amos para protegerlos es una creencia no comprobada de la que yo terminé de convencerme luego de que un amigo me contara su experiencia: estando en Israel,en un paso fronterizo, con un grupo grande de personas de diferentes nacionalidades, una mujer palestina metió la mano en su bolsillo al parecer para sacar un documento que le pidió un soldado y este se asustó y le disparó a quemarropa; se generó caos, hubo más disparos y algunos le pasaron rozando a mi amigo.

En el mismo momento en que esto sucedía, a más de 11.000 kilómetros de distancia, en Bogotá, su gato murió de repente. Él dice estar seguro de que su gatico se fue para salvarle la vida.

Conocer esta historia me llevó a relacionarla con mi propia vivencia con mis mascotas, Susi y Darwin, perra y gato, quienes estuvieron al borde de la muerte cada uno en momentos vértices para mí, no por peligro físico sino por duelos y finales de ciclos tras los que tuve que renacer.

¡Susi, levántate!

Era noviembre de 2014 y yo llevaba un par de meses separada luego de 14 años de matrimonio, con un hijo en ese entonces de 7, quien aprendía a vivir sin la presencia diaria de su papá. Nuestra perra tenía 2 años y rebozaba de salud. La encontré en una veterinaria a sus 3 meses, con más huesos que carne. La dueña del sitio me dijo que la tenía para dar en adopción tratando de ayudarle a su vecina de finca en Silvania, Cundinamarca, a quien su beagle se le voló y llegó preñada, seguramente de un criollo silvanense.

Susi y Darwin en La Historia de mi Mascota

A los dos años de edad, Susi sufrió una terrible enfermedad, la misma época en la que su dueña terminaba su matrimonio de 14 años.

Foto:

Sandra Botero

De esa camada había nacido la que iba a ser nuestra mascota, con algo de beagle en las orejas y mucho de criolla en el resto. Decidí llevármela. Cuando llegué a casa, le dije a mi hijo que metiera la mano en mi bolso y encontraría una sorpresa. Gritó y corrió feliz y detrás de él la cachorra.Inmediatamente la llamó Susi. O Susana, cuando la reprende por morderle sus juguetes.

Susi corría en el parque como un galgo, a diario daba brincos y ladridos de alegría batiendo su cola a toda velocidad, jugaba desmandada, bostezaba con fuertes aullidos y sacudidas de cabeza; desbordaba energía. Así estuvo hasta ese momento a sus 2 años, cuando, de repente, al parecer por una intoxicación, una madrugada de desvelo como casi todas las mías por la época de mi separación, la oí chillar en su cama; me miró, la intenté levantar y de desgonzó inmediatamente. Estaba paralizada. Solo podía mover la cabeza y no controlaba esfínteres.

Pasé por varias clínicas veterinarias, mientras la veía adelgazar cada vez más y rendirse. Hasta acupuntura le hicieron. Una médica me aconsejó hacerle la eutanasia porque consideraba que el daño en su sistema nervioso había sido irreversible. Yo no podía aceptar que en tan corto tiempo a mi hijo le tocara lidiar con la separación de sus papás y ahora con la muerte de su mascota.


Finalmente, una pareja de veterinarios la recibió en su clínica en el barrio Modelia, de Bogotá. Me dijeron que le pondrían cortisona, esperando una reacción de su sistema nervioso, pero que ya con varios días de parálisis la esperanza era poca. Yo salía cada día de mi trabajo a visitarla, llegaba después del trancón cuando ya iban a cerrarla clínica, apenas la veía 5 minutos y me tenía que ir. Luego de una semana me pidieron que mejor no fuera a verla porque quedaba muy inquieta y llorosa cuando me iba, que me avisarían de su evolución.

A los tres días el milagro me llegó a través del WhatsApp, con un video de Susi caminando con traspiés. “Va a quedar con su ‘tumbao’, pero va a volver a caminar”, me dijo el doctor. Pasó un mes más en el que tuve que ponerle a diario pañales de bebé, abriéndoles un hueco para sacarle la cola; también debía untarle en la barriga crema y talcos para que no se quemara. Tuve que pedir varios permisos en el trabajo, con la fortuna de que el director era amante irredento de los perros y entendía mi caso.

Tras varias semanas con el pañal, el panorama de Susi no cambiaba. Volvió la angustia porque la perspectiva de tener que ponérselo por siempre no solo era compleja en cuidados sino además costosa. La señora que me ayudaba con los oficios no era la más devota de los animales, y yo ya no podía ausentarme más del trabajo. Decidimos con mi hijo pedirle al ángel de los perros que al otro día Susi hiciera pipí en el lugar para ello. Y el ángel hizo su trabajo. Hasta el sol de hoy Susi nos acompaña, con su tumbao y sin pañal.

Darwin: il padrino

En diciembre de 2016, y ante la imparable e incumplible solicitud de un hermano por parte de mi hijo, decidí adoptar un gato de dos meses, mono, del mismo color de Susi. Fue su regalo de Navidad. Al otro día ya le tenía nombre: Darwin.

El domingo 2 de abril de 2017 se cumplían 6 meses de la muerte de mi mamá, y yo apenas empezaba el duelo. Había estado pasmada antes, y aterrizar tardíamente a la contundencia de su ausencia me tenía rota de dolor. En la mañana me visitó de sorpresa un hermano. La ventana de la cocina de mi apartamento, en un sexto piso, estaba abierta.Cuando se fue mi hermano extrañé al gatito, que solo estaba acostumbrado a la presencia de Susi, la de mi hijo y la mía. Miré por la ventana el suelo de ladrillos abajo. No vi nada. Sentí helaje.

Cuando llegué afanada al primer piso, esperando encontrar una escena dura, vi a una vecina que bajaba también, con una sábana en sus manos. Me preguntó si buscaba a un gato bebé, asentí y sin decirme nada me llevó a donde estaba Darwin. En el suelo vi huellas de sangre con la forma de las patitas. Había caminado hasta un rincón, tenía los ojos muy abiertos y temblaba. La vecina lo alzó en la sábana y salimos a buscar una veterinaria.

Darwin en La Historia de tu Mascota

El gato sufrió un terrible accidente, en el que pudo perder su vida, seis meses después de que la mamá de su dueña falleciera.

Foto:

Sandra Botero

Casi todo estaba cerrado porque era domingo. Como a los 15 minutos de camino encontramos una veterinaria abierta. Darwin tenía fracturadas las dos patas delanteras y en pedazos el hueso de la quijada. Pasaron tres días antes de poder operarlo, mientras se desinflamaba y se conseguía al especialista. Mientras tanto yo organicé con mis amigos una ‘gatotón’ para poder cubrir los costos, que prometían ser altos. Alguien me aconsejó hacerle eutanasia. De nuevo yo pensaba en el golpe para mi hijo. El veterinario me dijo que no era justo ‘dormirlo’ porque no había quedado inválido por daño de columna o cadera, que era lo usual en gatos sobrevivientes a caídas de gran altura, ni se habían reventado órganos internos. Confié en que lo que recolectara me alcanzaría para cubrir los gastos y firmé la aprobación de la cirugía.

Un ortopedista-veterinario, amorosísimo, de quien luego supe que es un eminente profesor en la Universidad Nacional de Colombia, lo intervino. Llevaba unas tres horas esperando a que me dijeran cómo había salido, cuando el doctor me llamó y acongojado me comunicó que le habían reconstruido la mandíbula al gato pero que no habían logrado encajarle el maxilar de nuevo en el ‘cóndilo’; que así las cosas habría que esperar para ver la evolución, porque con la quijada desencajada podría tener problemas para llevar una vida normal.


¡Y Darwin evolucionó! Quedó con un colmillo por fuera y belfo, parecido a Vito Corleone, El Padrino. Esto no le impide maullar ni comer ni beber, si bien cada vez que se alimenta o toma agua hace regueros.

Pero eso no es un problema, como no lo fue el ‘gatotón’, ni el mes de pañales de Susi, ni la limpieza de su barriga con crema y talcos, ni los permisos en el trabajo. Fueron horas, días y semanas de curaciones y medicamentos escondidos en salchichas o empujados con mis dedos. Poco para el amor puro que nos dan nuestros peludos, que pasan el día juntos entre persecuciones, mordiscos y besos, muchos besos, iguales a los que nos dan a mi hijo y a mí al menor asomo de tristeza, que borran con lengüetazos y ronroneos.¿Quiere que, al igual que las de Sandra, su mascota aparezca en EL TIEMPO? Escríbanos a mascotaseltiempo@gmail.com Todas las historias son valiosas para este espacio.

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