El pasado de gloria de un barrio bogotano sumido en la delincuencia

El pasado de gloria de un barrio bogotano sumido en la delincuencia

El locutor Jorge Antonio Vega rememora las épocas de esplendor del tradicional barrio San Bernardo.

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Tranvía Barrio San Bernardo.

Foto:

Archivo particular / EL TIEMPO

04 de enero 2017 , 07:21 a.m.

“Quien vivió en estas casas de ayer,
viejas casas que el tiempo bronceó…”.

El tango Casas viejas, de Ivo Pelay y Francisco Canaro, me viene a la memoria cuando veo la situación actual de mi barrio San Bernardo, por cuyas calles corrió mi juventud.

En el enorme solar marcado con el número 12-39 de la calle 2.ª fue fundado en 1916 el Instituto de los Hermanos Cristianos para dar educación a las gentes pobres del sur de Las Cruces. Y recibió el nombre de San Bernardo en homenaje al entonces arzobispo primado de Bogotá, monseñor Bernardo Herrera Restrepo, motor de esa obra.

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Además de locutor radial, Jorge Antonio Vega fue presentador de televisión. Empezó su carrera en medios en los años 50.

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En el instituto se impartía instrucción de artes y oficios y se surtía a los vecinos con los frescos productos de la huerta.

Por entonces, la parroquia de Las Cruces era bien extensa, tanto que se confundía con las iglesias de Santa Bárbara, San Agustín y luego con Nuestra Señora de los Dolores. Pero para nosotros, los muchachos, los dominios iban de la carrera 9.ª a la avenida Caracas y de la calle 10.ª a la avenida Primera.

El Cartucho

Se llamaba así el recoveco de la calle 9.ª con carrera 12, donde se movía el mercado de desechos recogidos por recicladoras al grito de “frascos, botellas, papel periódico, costales de fique”, que pregonaban por el viejo Bogotá.

El Cartucho… refugio de alcohólicos aficionados a los productos de Papá Fidel y sus cafuches, y amparo de habitantes de la calle, todos asistidos por una morena humanitaria que llamaban Mamá Policarpa.

(Le puede interesar: Del 'Cartucho' al 'Bronx', una historia que se repite)

En una de las medidas de saneamiento ambiental, esas gentes se desparramaron por los sectores vecinos: el parque de los Mártires, San Victorino, la plaza de mercado de la calle 10, 5 huecos, el ‘Bronx’, etc., y con el paso de los días fueron llegando a mi querido barrio, cuna de tantas historias como estas:

La calle Liévano

Este paseo en forma de L entre las calles 5.ª y 6.ª, de viviendas económicas para la clase popular, fue iniciativa de don Nicolás Liévano Daníes, quien residía con su familia en una hermosa casa de esquina a pocos metros de allí. De un piso, techo de tejas, ventanas de rejas arrodilladas que dejaban ver el amplio patio de baldosas brillantes y enmarcado con macetas de flores hermosas. Y en la sala, un piano que en ciertas tardes pulsaba doña Emilia Aguirre, en conciertos caseros disfrutados por los curiosos.

Ya advertirán los lectores que en esa residencia vivió Indalecio Liévano Aguirre, ministro, diplomático, hombre de confianza de Alfonso López Michelsen y autor, entre otros, del libro Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia.

¡Qué lástima! Cuando comenzó el éxodo de las familias hacia otros sectores de Bogotá, esa casa fue desvalijada por quienes robaron puertas, ventanas, dotaciones, y apenas dejaron el suelo que no se pudieron llevar, por razones obvias.

“Patios viejos, color de humedad,
Con leyendas de noches de amor...
Platinados de luna los vi
y brillantes con oro de sol...”

Por allí también vivió el presidente Julio César Turbay Ayala y su familia con el pionero del motociclismo en nuestro barrio, su cuñado, el mono Ricardo Quintero Turbay.

Qué ratos tan amenos escuchando al abogado santandereano Luis B. Flórez, grado 33, con sus explicaciones sobre el Gran Arquitecto del Universo. Y los juegos compartidos con los Ramírez Suárez: Jesús, que llegó al Congreso; Alfredo y su paso por la Secretaría de Educación de Bogotá; Ernesto y Álvaro, padre de la dirigente conservadora Marta Lucía Ramírez.

Hay que citar también a José Abril, nuestro compañero Pepe, elegido concejal de Bogotá con los votos de la Anapo, partido del general Rojas Pinilla y la capitana María Eugenia.

El ruedo taurino de asfalto

En la calle 4.ª vivía el empresario taurino Antonio Reyes, El Nacional, quien hizo posible la presentación en la Santamaría de Carlos Arruza y Manolete, entre otras figuras. Su hogar era visitado por las gentes del toro y se disfrutaba de un ambiente de muletillas, capotes y carretilla para jugar a las faenas por los chiquillos que soñaban vestir de luces.

Luis Ospina ‘el Bizco’, ‘el Chato’ Campoelías y el juvenil José Eslava comenzaron su historia en este ruedo de asfalto que era la calle, con fiesta presidida por Isabelita y Fernando Reyes Neira, los hijos del Nacional. Ese Joselito Eslava fue el gran espada Pepe Cáceres, de tanto renombre y trágico final.

El tranvía de franja blanca
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Así lucen algunas calles del San Bernardo en la actualidad. El barrio ha sido azotado en los últimos años por prostitución, indigencia y venta de drogas. Rodrigo Sepúlveda /EL TIEMPO

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Este popular medio de transporte cruzaba el San Bernardo en dos sentidos: de sur a norte iba por la carrera 10.ª y de norte a sur, por la carrera 11. Sobre esta vía, con la calle 2.ª residía el creador del maestro Salustiano, personaje de radio y televisión, encarnado por el agudo crítico de los políticos y libretista de El Pereque, doctor Humberto Martínez Salcedo, padre del actual fiscal general de la Nación, Néstor Humberto Martínez Neira. Era vecino del hombre que distribuía las agujas de acero para las vitrolas de entonces, el locutor Libardo González, ‘el ciego de oro’.

Jaime Garzón Forero

Permítanme registrar aquí mi entrañable amistad con el inolvidable Félix María Garzón Cubillos. Una pared separaba su hogar del nuestro, pero la hermandad creada entre las dos familias fue sincera y de perpetua gratitud. Don Benjamín y doña Carmen, de su lado. Don Carlos y doña Paulina, del nuestro.

Félix se casó con Deysy Forero y de esa unión nacieron Jorge, Marisol, Alfredo –el genio de los Cartones–, caricaturista de El Espectador, y Jaime, el inmolado humorista que dejó una inmensa huella en el país.

El periodista que cubrió hasta en calzoncillos la toma de la embajada dominicana, Guillermo Franco Fonseca, también corrió por las calles de San Bernardo cuando era chiquito... (¿más chiquito?).

Ondas de los Andes

El barrio San Bernardo, a mediados del siglo pasado, tenía una emisora. Se llamaba Ondas de los Andes y sus propietarios eran el piloto capitán Roberto Laignelet y su esposa, doña Virginia.

Asistíamos a los programas infantiles dirigidos por ella y a los concursos de aficionados animados por Juan Francisco Reyes ‘Benitín, su amigo de la radio’ y el joven Álvaro Monroy Guzmán, quien leía los comerciales. Años más tarde, Álvaro fue director de Caracol, animador de TV y exitoso empresario radial.

El presidente de Caracol, Fernando Londoño Henao, adquirió esa frecuencia y la llamó Radio Reloj.

Había cierto ambiente musical en esas calles. Fueron lugar para la familia del maestro Agustín Villamarín, director de bandas, y sus hijos y nietos se destacaron con sus instrumentos. El joven Pablo Arévalo, pianista admirado en el mundo cultural de entonces; y ahora el pianista clásico residente en Moscú, Julián Bohórquez, reconoce sus raíces sanbernardinas, como miembro de la familia Bohórquez Rubiano, hijo del pintor Bernardo Bohórquez.

Cuando no había EPS

Por aquellos tiempos no había Seguro Social ni EPS. ¡De buenas nosotros! En cambio, contábamos con la atención médica del doctor Samuel Cala Ortiz, tan acertado como generoso con su clientela. El consultorio de la calle 3.ª era muy concurrido porque el doctor Cala atendía gratis al pobre y cobraba una módica suma a quien podía pagar. Prescribía sus fórmulas magistrales, que despachaban sus colaboradores en la botica anexa, lo que merecía la gratitud y el respeto de toda la parroquia.

Ciclismo y automovilismo

En el afán de hacer deporte y soportar porrazos, íbamos al alquiler de bicicletas y taller de reparación de las máquinas, del señor Pachón. En su local gateó un bebé, futuro orgullo del país por sus triunfos en la Vuelta a Colombia y en eventos internacionales: fue campeón de la Vuelta a México, el llamado Cóndor de Cundinamarca, Álvaro Pachón Morales.

A una cuadra de distancia estaba el taller de mecánica automotriz de un caballero del volante que empezó a surgir en los circuitos centrales con su pesado coche adaptado por él mismo y adquirió renombre internacional en la carrera Quito-Caracas. Gozamos todos con los triunfos del vecino Luis Rafael Garzón, llamado por Carlos Arturo Rueda ‘el ganso Garzón’.

Y muy bellas también las hubo

“Las caricias vivieron aquí…
Los suspiros cantaron pasión…
¿Dónde fueron los besos de ayer?”

Es justo, elegante y de caballeros consignar unas líneas al recuerdo de aquellas niñas lindas de entonces que despertaron ilusiones y sueños en el tropel de ‘piernipeludos’.

Con el respeto debido a sus esposos, hijos y nietos, hay que destacar en esta evocación la radiante juventud de Blanquita Garzón, Teresita Alonso, Jael Montes, Noemí Fernández (madre del actor Hugo Gómez –El embajador de la India–) , Gioconda Pinillos, figura en la escena de México, y tantas otras que la memoria guarda.

El auténtico sabor criollo

Para ponerle un sabroso final a estos apuntes, digamos que en San Bernardo gozamos de las delicias de la buena comida criolla. Frecuentados por personajes de actividades diversas, llegaban a los ‘piqueteaderos’ a disfrutar de sus platos preferidos donde Verónica, en la calle 5.ª, donde Efigenia en la carrera 10.ª y donde la Pecosa Teresa, en la avenida Primera, frente al hospital de la Hortúa. Manos benditas preparaban esos manjares, adornados con el glorioso “ají de calabaza”, cuya fórmula debía ser tan especial que ya no se consigue en parte alguna.

“Las casas viejas queridas
demás están…
han terminado sus vidas…
Se van, se van
llevando a cuestas su cruz...”.

JORGE ANTONIO VEGA
Especial para EL TIEMPO

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