Exitosos fuera del resguardo

Exitosos fuera del resguardo

Las decisiones que tomaron cinco indígenas colombianos -Leiqui, Carlos, Daniel, Abadio y Juan Carlos- para triunfar en el cine, la pintura, el fútbol, la academia y los negocios.

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Daniel Bolívar jugó junto a Diego Maradona en el 'Partido por la paz', en el estadio de Techo, en Bogotá (2015).

Foto:

Archivo particular

10 de febrero 2017 , 07:06 p.m.
 El ‘James’ de la selección indígena es Daniel Bolívar

“¿Ahí está Daniel Bolívar?”, pregunta el presidente Juan Manuel Santos en una videollamada.
Enseguida, Daniel aparece en la pantalla del portátil del jefe de Estado. El futbolista eleva su brazo para saludar y sonríe.

“Daniel, necesito que usted le meta dos goles a Argentina. ¿Usted de qué juega, Daniel?”, le pregunta Santos.
“Juego de volante de creación”, le responde el jugador.

“Bueno. A jugar bien. Usted sabe que Argentina no es un equipo fácil; pero sé que nosotros podemos ganarle, ustedes les pueden ganar. Le deseo mucha suerte. De usted dicen que es el James de la selección, de manera que tiene una gran responsabilidad”, le comenta el Presidente.

Daniel Bolívar Uriana es wayú, jugador del Club Deportivo Real Capital (de Bogotá), el ‘10’, el capitán de la selección Colombia indígena y el autor del primer gol contra Argentina en la Copa América de Pueblos Indígenas 2015.

Hace un par de años, el destino decidió que Daniel no jugaría más en la cancha del municipio de Barrancas, en La Guajira, pues sus jugadas merecían más espectadores, como los que reúne un torneo organizado por la Conmebol.
Daniel llegó a la selección porque su juego enamoró a Juvenal Arrieta, el entonces consejero mayor de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic), que creó ese equipo nacional, liderado por el ‘Pibe’ Valderrama y el ‘Pocillo’ Díaz.

Antes de la Copa, la Conmebol realizó un prelanzamiento, en el que Daniel, nacido hace 22 años, fue el futbolista revelación, y Colombia, el equipo campeón. En la trayectoria del guajiro también se destaca la oportunidad de disputar el ‘Partido por la paz’ con Diego Maradona.

De bachiller a jugador

Daniel fue descubierto cuando cursaba grado once de bachillerato. “Un cazador de talentos fue al pueblo a ver jugadores. El señor se enamoró mucho de mí”, relata. Pero el que sería un momento de gloria no prosperó: “El cazador decía que me quería traer a jugar a Santa Fe, a inferiores, pero mi papá me dijo que no, que terminara mis estudios. Fue la oportunidad que perdí”.

De jugar en la cancha del resguardo, donde vivía con su abuela, pasó a entrenar en una escuela de fútbol de Barrancas. Años más tarde, cuando ya obtuvo el grado de bachiller, se puso la camiseta del Club Deportivo Real Capital.

Este año, Daniel viajará a Venezuela para presentarse al equipo profesional Trujillanos Fútbol Club. Este es su proyecto más cercano, pero también tiene dos ambiciones en el largo plazo: estudiar odontología y fundar una escuela de fútbol.

Abadio Green, uno de los primeros doctores indígenas en el país

Uno de los primeros indígenas de Colombia que obtuvieron un doctorado rechazó la escuela en su infancia. “Tiraba cuadernos, rompía lápices, me fugaba... Fue difícil entrar a la escuela porque no se reconocían los saberes ancestrales”, evoca Abadio Green Stocel. “Me formaron como un niño viejo”, dice a sus ya casi 60 años. Los primeros 7 estuvo encerrado, rodeado de plantas y agua.

Ante sus buenas calificaciones, el gobierno de Panamá financió su primaria y su bachillerato, y la Iglesia católica, su pregrado.

El silencio del seminarista

Al terminar el colegio, los misioneros claretianos, quienes querían que Abadio fuera sacerdote, le preguntaron en cuál país quería estudiar. El joven eligió Colombia. “Ahí están mis hermanos”, pensó. Buscaba conocer su territorio ancestral.

El Seminario Conciliar de Medellín y la Universidad Pontificia Bolivariana le abrieron las puertas. “En Antioquia había una discriminación racial impresionante. Nadie creía que era indígena porque estaba en la universidad. Se tenía la idea de que el indígena era bruto, salvaje (...). La gente se burlaba de que no hablaba bien el castellano. La opción era escuchar más al profesor”. Cuando le faltaban tres años para graduarse como teólogo y filósofo de la Bolivariana, decidió salir del seminario.

Más allá del doctorado

Tras su grado, conoció la comunidad gunadule de Necoclí, en Antioquia, y también al amor de su vida, la mamá de sus hijos.

En 1986 hizo becado una maestría en etnolingüística, en la Universidad de los Andes.

En 1993 se convirtió en presidente de la Organización Indígena de Antioquia y de la Organización Nacional Indígena de Colombia; en el 2005 fue coordinador del Programa de Educación Indígena de la Universidad de Antioquia, y en el 2010, docente de la licenciatura en pedagogía de la madre tierra.

Entre el 2004 y el 2011, y en la misma academia, cursó su doctorado en educación con énfasis en estudios interculturales. “Ser doctor es importante en la academia, pero cuando llego a mi pueblo, eso no es importante. Allí cojo un hacha y siembro la tierra”.

Ha compartido su saber en Europa y América Latina, pero algún día hará un viaje sin retorno… con destino al pueblo gunadule.

Jacanamijoy, antes de ser un pintor famoso

“Cuando me iba a graduar en la Universidad Nacional, mi papá estaba muy mal, casi quedamos en la calle. Él tenía que llegar más encorbatado que en mi grado de bachillerato. Se me ocurrió que viniera con el traje que usamos para el carnaval, que hiciera de cuenta que era un día de fiesta. Vino con plumajes y fue maravilloso. Mis compañeros no me reconocían, todo el mundo quería tomarse foto conmigo. Ese día me quisieron más, me respetaron más. El rector me dio un sitio especial en el León de Greiff, nos trataron como reyes. Fui homenajeado. El coro de la universidad nos dedicó unas canciones. Sentía que el homenaje no era a mí, sino a los indígenas y a la historia de Colombia. Fui aplaudido y querido”. Habla Carlos Jacanamijoy, el pintor indígena colombiano más conocido en el mundo.

Hace unos 50 años, siendo un niño, dibujaba con el carbón del fogón. Un tiempo después, a los 13 años, creó su primer taller de dibujo; en ese momento ya leía sobre Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. “Mi abuela me regaló sacos de harina y en esos sacos pinté mis primeras telas. También lo hacía en sábanas viejas, de manera intuitiva y experimental”. Esas escenas tuvieron lugar en un resguardo inga de Santiago, en Putumayo.

En su colegio, Carlos dibujó todo: la fuerza, en Física; los ríos, en Geografía; el cuerpo humano, en Biología; los cromosomas, en Química, y los pasajes bíblicos, en Religión. “Así lo entendía mejor, me acordaba más fácil. El dibujo me salvó de muchas cosas, incluso de perder años”. Esa gratitud trascendió y Carlos deseó la academia.

“Llegué a Bogotá buscando una universidad en las Páginas Amarillas. Nadie me daba razón de que existían las artes como profesión”, cuenta el artista, quien terminó graduándose en Artes Plásticas, en la Nacional.

Luego llegaron nuevos logros académicos, como la maestría en Estudios Culturales en la Pontificia Universidad Javeriana.

Un cheque soñado

El pintor financió sus estudios con “préstamos-beca para indígenas, que se condonaban con notas”, pero también con mucha pintura. “Hacía lo que no me gustaba”: paisajes, desnudos y bodegones.

Pero el tiempo le trajo un cheque significativo, el primer dinero que recibió por hacer lo que amaba. “La venta de un cuadro… Fue un incentivo muy grande”.

‘A mí me daba vergüenza ser indígena’

“En Santiago trataban muy mal a los indígenas. A mí me daba vergüenza ser indígena hasta los 15, 16 años. Donde más sentí el racismo fue allá. Tuve que romper con eso a los 17. Pensé: ‘Voy a ser orgulloso de lo que soy’ ”.
Años más tarde, en 1992, de la vergüenza pasó al orgullo: “Empecé a amar muchísimo lo mío”, dice.

Tal fue su reconciliación que hace unos años, un 12 de octubre, exhibió su obra en la Casa de América, en Madrid (España), y al mismo tiempo lo hizo en el teatro parroquial de Santiago.

La última pincelada

Carlos quería ser un artista con lenguaje propio y lo consiguió. Tiene su estudio, trabaja independiente, ha vivido en Nueva York y Madrid, y ha viajado a Francia y Londres.

Solo le falta cumplir un sueño: que su arte se vuelva una herramienta de transformación social y humana.

Un indígena colombiano que exporta quinua a EE. UU.

La quinua, que alimenta a los astronautas, motivó al indígena misak Juan Carlos Muelas para convertirse en empresario.

Juan Carlos nació hace 31 años en el resguardo de Guambía, ubicado en Silvia, en el Cauca. Ha trabajado en agricultura, piscicultura y ganadería, así como de motorratón (taxista en moto) y cabildante.

Se casó con una indígena, tecnóloga en Administración Financiera, y es padre de una niña de 4 años.
Planta poderosa

“Miremos la quinua como alternativa de vida, de generación de ingresos”. Juan Carlos recuerda las palabras que le dijo su esposa, quien vaticinó el éxito que tendría esta planta y animó al indígena a dedicarse a su cultivo.

Cuenta que, como su idea era lograr el bienestar de su familia y el alivio económico de su comunidad, persistió y alcanzó a gastar media tonelada en muestras.

La Gobernación del Cauca, con recursos del Sistema General de Regalías, le propuso al indígena exportar la quinua a Estados Unidos. “Cuando nos trajeron los inversionistas, empezamos a creer”.

La quinua del Cauca es “orgánica, limpia, sana y dulce. Reemplaza la carne y no engorda porque no tiene gluten (proteína de algunos cereales). La idea no solo es comercializar, sino tener seguridad alimentaria para nuestros hijos”. Juan Carlos habla con firmeza sobre las bondades del producto.

El empresario detalla que en un principio vendía el kilo a $ 8.000, pero tras la estandarización de precios, ahora lo comercializa en $ 3.000, en Guambía, y en $ 5.000 o $ 6.000, dependiendo de la presentación, en Bogotá y Medellín.
Chish mamik

La Gobernación del Cauca motivó al misak a montar una empresa familiar, Chish mamik, que significa alimentos saludables.Juan Carlos administra el proyecto y su esposa se encarga de la contabilidad. “Ahora ya tenemos los cimientos para una gran empresa”, dice.

Metas

Juan Carlos quiere que la quinua reemplace a la popular bienestarina. También se propone que su empresa continúe con la venta de productos orgánicos y prospere tanto que logre exportar a varios países, como ya lo hace a través de la Gobernación del Cauca. “Todo producto indígena miksa es garantizado, no teman en consumirlo, cómprenlo porque están apoyando una economía que está creciendo”, concluye.

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