El retorno de Humberto de la Calle al calor del hogar

El retorno de Humberto de la Calle al calor del hogar

La familia del jefe negociador tuvo que buscar sacarles provecho a las escasas horas de encuentro.

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La familia de Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador, vivió su propio 'proceso': enfrentar la ausencia de la cabeza de la casa y buscar sacarles provecho a las escasas horas de encuentro.

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Filiberto Pinzón y Omar Nieto

22 de septiembre 2016 , 04:10 p.m.

A la par con el proceso de paz, la familia de Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador, vivió su propio ‘proceso’: enfrentar la ausencia de la cabeza de la casa y buscar sacarles provecho a las escasas horas de encuentro.

Hace cuatro años Humberto de la Calle aceptó el desafío de convertirse en jefe del equipo que el presidente Juan Manuel Santos designó para negociar la paz. Desde aquel septiembre de 2012 cambiaron las vidas de él y su familia. “Ellos fueron un apoyo y no dejo de agradecerlo porque pese a las ausencias tan prolongadas, tanto mi esposa, Rosalba Restrepo, como mis tres hijos, José Miguel, Natalia y Alejandra, se mantuvieron firmes en apoyarme en este camino”.

Pero adicionalmente a ellos, sus seis nietos, varones todos, Lucas, Felipe, Pedro, Samuel, Juan Antonio y Esteban, era a quienes más extrañaba y no pudo contener las lágrimas cuando se enteró que ellos hacían dibujos alusivos a la paz en las carteleras de sus colegios y se mostraban orgullosos de su abuelo. “Los ojos se me aguaron ante esto, era una cosa muy enternecedora”, confiesa.

Esa misma ternura se reflejó durante esta entrevista. Eran las siete de la noche de un día de mitad de semana y Humberto de la Calle completaba 20 horas de trabajo. Bastó con que se abriera la puerta del ascensor para que los niños salieran corriendo al encuentro de su abuelo, el último en arribar precisamente por la correría que amerita el plebiscito y que aún no lo deja descansar.

Y si bien el proceso lo conmovió muchas veces y lo cambió como persona, tal como él asegura, este jamás lo hizo llorar, como sí ocurrió cuando sintió cerca a los suyos, en medio de la distancia. “Me hacía falta en primer lugar el ambiente mismo de hogar… Nuestro punto de encuentro es una casa de campo que tenemos y por lo tanto no pude ir, sino de vez en cuando. Fue una situación difícil y larga, pero el esfuerzo se justificó por los resultados y en el fondo terminamos haciendo una tarea y tenemos la satisfacción de haberla culminado”.

Para acercarse y mantenerse en contacto, pese a las dificultades que tiene Cuba con la tecnología, los De la Calle Restrepo crearon un grupo en ‘Whatsapp’ que se llama ‘Familia’. Ahí estaban conectados permanentemente todos los adultos de esta instantánea familiar. “También tenía en el celular cantidades de fotos de mi familia que me acompañaban y les enviaba las que nos tomábamos allá (en La Habana)”.

A medida que transcurrían los meses y los años, la agenda con los negociadores se intensificó, por ende los encuentros con su hogar también se restringieron. Su esposa contaba las horas que faltaban para verlo. “Lo extrañaba demasiado y en especial cuando se demoraba más tiempo de lo esperado… Normalmente ellos tenían once días de trabajo en La Habana y tres en Bogotá, y cuando venía, poco lo veía porque tenía la agenda muy ocupada. Cuando se dio el famoso cónclave pasaron 15 días seguidos sin vernos y eso fue duro. Sin embargo, también hubo momentos muy emocionantes a lo largo de este tiempo… cuando hay distancia los sentimientos afloran. En la vida hemos tenido épocas en que él se va de embajador y nos separamos, pero esto fue distinto. Estas cosas fortalecen. Una cosa es que él esté en una embajada y otra, muy distinta, que estuviera haciendo eso tan difícil… Él me llamaba muy poco porque trabajaban desde temprano.

En el descanso Humberto iba un rato al gimnasio y luego nuevamente entraba a reunión, así que generalmente hablábamos por la noche, pero me chateaba todo el tiempo. Me iba contando lo que pasaba y me decía: ‘esto se enredó’, o de pronto eufórico comentaba: ‘que ya salían de alguno de los puntos...’”, cuenta Rosalba.

¿Mientras él estaba en Cuba, qué pasaba en su casa?

Había momentos muy complicados porque Humberto tenía dificultades de toda índole. El grupo era muy heterogéneo. Por el otro lado trabajar con las Farc fue más complejo de lo que la gente se imagina.

¿Sintió nudos en la garganta?

A veces uno se derrumba... Pero nunca le pedí que se devolviera, por el contrario, lo animaba y le decía que el proceso saldría bien. En el chat con una escueta frase nos manifestaba lo que vivía y como no entraba en detalle, nuestros hijos me preguntaban: “¿cómo esta papá? ¿Deprimido, bien, regular?” A ellos lo que más les preocupaba era que se pusiera mal; era obvio que las negociaciones podían romperse en cualquier momento, pero su gran afán era el ánimo y estado de salud de Humberto.

La residencia del líder del Gobierno en La Habana era una casa en ‘El Laguito’, el conjunto que tiene el Estado para atender visitantes. En el mismo lugar se hospedaba la guerrilla. “Pasar cuatro años allí fue como si hubiéramos estado en un ‘reality’. Sobrellevamos una sana convivencia, pero a veces se generan tenciones y diferencias”.

Las jornadas de trabajo con las Farc comenzaban a las 8:30 de la mañana e iban hasta la 1:30 de la tarde, luego almorzaban y los de la delegación del Gobierno se reunían en casa del embajador Gustavo Bell para evaluar la sesión de la mañana y preparar la del día siguiente. “Con gran disciplina discutíamos internamente los puntos; a veces había diferencia de pensamientos, pero luego nos poníamos de acuerdo y a las Farc les presentábamos una sola posición. Eso ocurría por ahí hasta las ocho de la noche. Tratábamos de terminar a esa hora porque el general (Jorge Enrique) Mora, que tiene su disciplina militar, alguna vez nos dijo que uno no debe ir más allá, entonces la llamamos ‘La hora Mora’ y como yo era el jefe, el reloj anunciaba esta hora y yo señalaba que se acababa la reunión”.

Por fin llegaba el momento de descansar y pese a que en su habitación había televisor, jamás lo encendió. Su distracción fueron los libros y en la pantalla solo vio los partidos de la Selección Colombia. En la maleta de viaje que lo acompañó en los más de 125 vuelos que hizo en ese trayecto, además de lo obvio, el negociador llevaba arepitas. “Me hacía falta la comida. También me encantan las morcillas. La hospitalidad de Cuba fue maravillosa pero uno tiene otras costumbres desde la niñez”.

Ahora que nuevamente están juntos, Humberto emprenderá otro viaje, pero esta vez lo hará en compañía de su esposa. “Vamos a hacer un paseo corto apenas termine todo esto. Él tiene una oficina donde quiere estar unos días y esperaremos a ver qué más pasa”.

Empuñando la bandera blanca

Lo que tanto se esperó a lo largo de 1.460 días por fin se dio el pasado 24 de agosto cuando guerrilla y Gobierno concretaron por fin la paz, y aunque seguramente un colectivo imaginaría que lo que siguió a eso fue una gran celebración, sucedió todo lo contrario.

“En el momento que terminamos las conversaciones, antes de firmar, ambas delegaciones quedamos como perplejas. Era una sensación de esas en las que uno se pregunta: ¿qué fue lo que pasó aquí? Incluso, Jesús Santrich, miembro del Estado Mayor Central de las Farc, dijo: ¿cómo así que nos pusimos de acuerdo y ni siquiera hay un whisky para celebrar...? Pero realmente no lo hubo. Cada quien se fue a su casa como si todavía no creyéramos que habíamos logrado un acuerdo. Fue muy extraño. Dos días después el gobierno cubano nos invitó a un almuerzo y se dio algo de socialización”.

¿Qué tanta paz tuvo durante esos días?

Frente a la guerrilla había una situación de tensión. Al principio fue extremadamente complejo. En mi caso ya había estado en Caracas con alias ‘Iván Márquez’ y alias ‘Catatumbo’, y digamos que los conocía. Para los generales fue una cosa muy traumática, sobre todo para el general Mora, incluso cuando fuimos a Oslo él preguntaba cómo comportarse, cómo saludarlos, no sabía si darles la mano… finalmente con el paso de las semanas llegamos a un momento de diálogo franco; no de amistad porque realmente había poca socialización, pero lo que sí se logró fue generar, no confianza en las personas, pero sí en el proceso. Llegó el momento en que nos decíamos las verdades, hablábamos con franqueza, y a medida que se fue acabando el regateo entramos a una cosa más concreta.

¿Hubo algún momento en que quisiera recriminar a las Farc?

Hicimos un pacto más bien tácito, diría yo, pero se cumplió, y era no permitir que a la mesa ingresaran los temas de confrontación militar, del día a día, porque de lo contrario eso se convertiría en un proceso interminable de recriminaciones. No hubo esos reproches mutuos para mantener el ambiente de la mesa exclusivamente dirigido a agotar la agenda y lograr la terminación del conflicto.

¿Sintió miedo?

¡Claro! Esta es una actividad extremadamente riesgosa. Primero, honestamente lo sentí frente a las propias Farc, porque uno no sabía en qué condiciones se podía dar una ruptura. A veces hay fuerzas oscuras que quieren destruir el proceso, pero no voy a dármelas de valiente; lo que hice fue apartarme de esa idea porque si me ponía a pensar en eso no era capaz de negociar. Logré a través de un mecanismo mental expulsar el miedo de mi cerebro para poder obrar como lo hicimos: con naturalidad y tranquilidad frente a la guerrilla.

¿Cómo hacía para que no se le agotara la paciencia?

Soy impaciente y no sé cómo hice. No soy capaz de explicarlo. Quizás el compromiso me hizo siempre tener control de mí mismo, de no alterarme… Había momentos en que uno se expresaba fuerte en la mesa, incluso Iván Márquez me recriminaba y me decía que yo me ponía bravo y le explicaba que no, que era vehemente y hablaba con franqueza.

¿Qué descubrió de los guerrilleros?

Sinceramente uno cambia como ser humano. La vida en Bogotá es muy aislada de muchas realidades. Una vez un líder indígena me dijo que “Bogotá quedaba muy lejos de Colombia” y parece un chiste pero es real. No voy a ser simpatizante de las Farc, ¡en absoluto!, ni de sus ideas, que siempre me parecieron anacrónicas e inaceptables, pero sí empecé a mirar desde la perspectiva de las zonas más apartadas, de la gente que sufre.

¿Qué escena lo marcó del proceso?

En el aspecto muy lacerante, la visita de las víctimas. Recuerdo un gesto de un visitante a la mesa que puede ser un poco exagerado pero fue muy dramático porque estaba hablando y de pronto se quitó la prótesis y la puso sobre la mesa. No sabíamos que la tenía. Es un gesto un poco melodramático pero una cosa muy dura. Eso me marcó de manera definitiva y determinante. Por supuesto, hay recuerdos positivos, como por ejemplo cuando concluíamos cada punto y naturalmente el cierre final, que fue tan extraño.

¿Perdió el sueño en algún momento?

En general duermo bien pero sí, algunas veces me acostaba muy preocupado. Había días en que uno pensaba que todo estaba despejado y que se salía al otro lado, pero en la tarde, otra vez llegaban las dificultades, entonces era muy variable.

¿Cómo imagina la Colombia en paz?

Como dijo el maestro Darío Echandía: sueño una Colombia en la que se pueda pescar de noche, y agregaría: terminar el conflicto con las Farc va a permitir más recursos humanos y presupuestales. Sueño con que los niños puedan jugar en la calle y que no maten a un joven por robarle su celular. Eso me parece un elemento fundamental.

¿Qué les dice a sus nietos de este proceso?

Que realmente trabajamos para ellos. Nuestra generación de algún modo tiene la responsabilidad de no haber logrado la paz antes; ahora los beneficiarios de la paz tienen que ser los hijos y los nietos de los colombianos. ¡Esto fue realmente para ellos!

CRISTINA ESTUPIÑÁN CH.
REVISTA ¡HOLA! COLOMBIA

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