Los 70 años del ‘New Look’ de Christian Dior

Los 70 años del ‘New Look’ de Christian Dior

Un viaje por los momentos más emblemáticos de la vida artística del reconocido diseñador francés.

Desfile de Christian Dior

La influencia del 'New Look' ha sobrevivido a su creador, quien murió 10 años después de presentar su colección debut y de diseñar 22 colecciones.

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Francois Guillot / AFP

06 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

12 de febrero de 1947. Diez y media de la mañana. La lluvia y el viento golpean París. La ciudad se recupera de la Segunda Guerra Mundial. La escasez, las huelgas y el pesimismo definen su estado de ánimo y su paisaje. Los periódicos franceses llevan cerca de un mes en paro, pero un grupo de periodistas internacionales se agolpan en uno de los salones de un palacete de la avenida Montaigne. También hay compradores de grandes almacenes y damas de la aristocracia. Todos asisten al debut de Christian Dior, un modisto de 42 años que había trabajado como ilustrador en distintas casas de moda y que luego militó en los talleres de creadores como Robert Piguet y Lucien Lelong.

Los 94 diseños que desfilaron por la improvisada pasarela marcaron un antes y un después: cambiaron los códigos del vestuario de las mujeres elegantes de la posguerra y trazaron un nuevo boceto de la moda. La colección pasó a la historia con el nombre de ‘New Look’ gracias a la entonces editora de ‘Harper’s Bazaar’, Carmel Snow, quien, luego de ver los diseños del primer desfile de Dior felicitó al modisto diciendo: “¡Tus vestidos tienen un maravilloso ‘new look’ ”.

Bettina Ballard, quien era la editora de moda de Vogue París, escribió: “Hemos sido testigos de una revolución en la moda y, al mismo tiempo, de una revolución en la forma de mostrar la moda”.

En honor a la verdad, la delicada propuesta de Dior tenía poco de novedoso. Simplemente recuperó y reinventó, en clave contemporánea, el esplendor y la tradición de las lujosas vestimentas de las aristócratas de fines del siglo XIX: mujeres acicaladas y rimbombantes que aparentemente no tenían otra actividad que emperifollarse, entallarse el corsé y envolverse en aparatosos vestidos.

No es extraño que esta mirada a la postrimerías del siglo XIX surgiera en plena posguerra. La gente necesitaba una nueva realidad. Quería dejar atrás la miseria, las ruinas y la muerte provocadas por las dos guerras mundiales.

La gracia y la fragilidad que mostraban los diseños de Dior significaban esta renovación. El modisto estaba decidido a resucitar el esplendor femenino. Decía que Europa había sufrido demasiado con las bombas y que, tras la guerra, estaba urgida de “fuegos artificiales”.

Antes del esplendor

En sus memorias ‘Christian Dior et moi’, publicadas en 1956, el diseñador narra lo que ocurrió en su vida antes del esplendor.

Todo inició cuando era un niño de 10 años y estaba disfrazado de gitano para un evento de caridad que su pueblo realizaba en apoyo a los soldados franceses. Esa tarde, se le acercó una adivina que le ofreció leer las líneas de sus manos. “Se encontrará usted sin dinero, mas las mujeres le serán propicias y triunfará por ellas. Obtendrá grandes beneficios y se verá obligado a realizar numerosas travesías”, le dijo la quiromántica.

Dior no prestó atención ni se esforzó por comprender la predicción. Sin embargo, tiempo después, ese episodio se convirtió en una de sus anécdotas favoritas, y, además, lo condujo a convertirse en un adicto a las técnicas de adivinación, a las que siempre acudía antes de tomar decisiones.

Para los padres del modisto, que encarnaban casi al detalle a la burguesía francesa de comienzos del siglo XX, su futuro no tenía que ver ni con el arte ni con la moda. Querían que fuera abogado o diplomático. Cuando después de terminar el bachillerato, Dior expresó su deseo de estudiar Bellas Artes, la negativa fue rotunda y se matriculó en Ciencias Políticas en París.

En 1931, tras malas inversiones, la fortuna familiar colapsó.

El joven burgués, quien ya había abandonado los estudios y empezaba a sumergirse en la escena artística parisina, tuvo que buscar trabajo. Un amigo que conocía sus habilidades para el dibujo le ofreció vender bocetos a periódicos y a casas de moda.

Dos años después, Robert Piguet lo contrató como diseñador para su casa de modas. Estalló la Segunda Guerra y Dior se refugió con su familia en un pueblo costero. A su regreso, consiguió un espacio en el ‘atelier’ de Alta Costura de Lucien Lelong. Pero Dior quería ser Dior. A sus 40 años, ya se sentía incómodo tras el brillo de otro diseñador. Los amigos artistas que lo rodearon durante su juventud habían triunfado: Jean Cocteau era un nombre obligatorio en el arte, al igual que el pintor Christian Bérard. Pierre Balmain, quien fue uno de sus compañeros en el taller Lelong, ya tenía su propia casa de modas.

Un providencial encuentro con el millonario de la industria textil Marcel Boussac –conocido como ‘el rey del algodón’– redefinió su futuro. El inversionista buscaba revitalizar un antiguo salón de costura llamado ‘Gastón et Phillippe’, pero Dior lo convenció de la “inutilidad de resucitar un muerto” y le propuso crear una casa pequeña, con un atelier reducido, donde se respetara la tradición de la alta costura para vestir a mujeres “verdaderamente elegantes”.

Boussac aceptó. Dior fue a visitar a una adivina a quien llamaban ‘la Abuela’, para saber si estaba tomando el camino correcto:

“¡Será extraordinario! ¡Esta casa revolucionará la moda!”, le dijo la mujer.

Y ese es el origen de la ‘maison’ Christian Dior, en 30 Avenue Montaigne.

Consagración y polémica

Antes de presentar su primera colección, Dior sabía que su propuesta inquietaría a sus competidores. La imaginó y dibujó durante 15 días. Estaba convencido de que sus diseños darían de que hablar.

El día del desfile, la seguridad de Dior se eclipsó por la preocupación ante la falta de interés de la prensa francesa, que no llegó al evento, pues los reporteros estaban en huelga. Lo recuerda en sus memorias: “Con los salones llenos a reventar, salió la primera maniquí, Marié-Thérèse; muerta de miedo tropezó y rompió a llorar. Fue incapaz de salir de nuevo. Sin embargo, muy pronto, cada nuevo conjunto fue recibido con aplausos. Me tapé los oídos, atemorizado por conformarme demasiado pronto, pero breves partes procedentes del campo de batalla confirmaron las noticias de que mis tropas –lideradas por mi maniquí favorita, Tania– habían triunfado”.

Pero el ‘New Look’ de Dior también provocó polémica. Sus diseños discrepaban con la austeridad que había impuesto la Segunda Guerra Mundial. Luego del conflicto, la incertidumbre había amedrentado a las casas de moda y al resto de los creadores franceses, en cuyas colecciones predominaban circunspectos ‘tailleurs’ con faldas a la rodilla y rígidas chaquetas de hombros cuadrados. Era el código de vestuario para un París en proceso de resurgimiento.

En ese contexto, el ‘New Look’ era un acto de provocación para las mujeres de las clases populares, quienes no comprendían cómo alguien podría gastar metros de tela en un vestido con aparatosas estructuras interiores.

Esta entrega colectiva a la frivolidad también despertó críticas en Inglaterra. De hecho, el Gobierno británico prohibió que se hablara del ‘New Look’ en la edición británica de ‘Vogue’ por miedo a que pudiera provocar una demanda de telas y confecciones para la que el país no estaba preparado.

El veto, sin embargo, no impidió que la firma realizara un desfile para la hermana de Isabel II, la princesa Margarita, en la embajada del R. Unido en París.

En EE. UU., las críticas tampoco se hicieron esperar. A nadie le cabía en la cabeza que, tras una guerra de semejantes dimensiones, la gente no estuviera ahorrando, sino “despilfarrando en faldas”. Aún así, en Nueva York la colección recibió el premio Neiman Marcus: el Óscar de la alta costura.

Cuatro años después de fundada, la casa de modas Dior tenía 900 empleados, 28 talleres y además del centro de operaciones, en la avenida Montaigne, otras 4 casas en la capital francesa. La firma era una marca cotizada en todo el mundo y entre sus clientes figuraban estrellas como Marlene Dietrich, Marylin Monroe, Ava Gardner, la princesa Soraya, la duquesa de Windsor y Eva Perón.

Una marca global

La idea inicial de crear una casa de modas pequeña, pero exclusiva, abrió paso a las ambiciones de consolidar un imperio que también firmaba perfumes y zapatos. En 1948, Dior partió a la conquista del mercado estadounidense, con una filial en la Quinta Avenida neoyorquina.

Luego, el diseñador diversificó su nombre con franquicias y abrió oficinas de relaciones públicas en numerosos países.

La influencia del ‘New Look’ ha sobrevivido a su creador, quien murió 10 años después de presentar su colección debut y de diseñar 22 colecciones.

Ni Yves Saint Laurent, el heredero de la marca, ni ninguno de sus sucesores, como Marc Bohan, Gianfranco Ferré, John Galliano, Raf Simons o recientemente María Grazia Churi, han podido abstraerse al influjo del gran genio que fue Christian Dior.

Reinventar la feminidad

Los 94 ‘looks’ de su primer desfile fueron como una ráfaga de coquetearía, una lección de costura fantástica que resucitó la feminidad perdida durante los años de guerra, con vestidos de cintura entallada y faldas amplias y largas que llegaban a la altura de la pantorrilla. Una colección que exaltó a la mujer con la línea del busto muy marcada, caderas acolchadas, colores vivos y detalles ostentosos.

El diseño emblemático fue el llamado traje con silueta ‘Bar’, compuesto por una chaqueta entallada con solapas y cuello en punta, en seda salvaje color marfil, almohadillas de espuma debajo de la cintura y una falda plisada en tafetán de algodón color negro. El conjunto se convirtió en el más icónico de la moda del siglo XX tras las instantáneas que le hizo el fotógrafo Willy Maywald en las calles de París.

La escritora Nancy Mitford –una de las seis hermanas Mitford, quienes pertenecían a una aristocrática familia británica– constató el fenómeno en su correspondencia. Cinco días después del desfile, Nancy escribió a su hermana Diana, famosa por su cercanía con los duques de Windsor: “La nueva casa Dior está hecha para nosotras. Cinturas estrechas y faldas tan largas y pesadas que apenas puedes levantarlas. Incluso con estos precios –no hay nada por menos de 100 libras– parece un sótano de saldos: ¡Tienes que pelearte para que te permitan hacer un pedido!”.

JUAN LUIS SALINAS T.
EL MERCURIO (Chile) - GDA
Santiago de Chile

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