El ejecutivo que les dijo adiós a los lujos

El ejecutivo que les dijo adiós a los lujos

Pedro Medina trajo McDonald’s al país. Dejó su lujoso apartamento para vivir en una casa de barro.

Pedro Medina

“Me enamoré de todo. De su gente, de la geografía, de la energía”, dice Pedro Medina, quien vive ahora en La Minga, una casa rústica en Choachí. Allí cultiva sus propios alimentos.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

02 de julio 2017 , 12:33 a.m.

La casa donde vive Pedro Medina, el ejecutivo que grabó su nombre en la historia de los negocios porque trajo a Colombia la franquicia de McDonald’s, según la revista Forbes la sexta marca más valiosa del mundo, es rústica, de tapia pisada. Y tiene nombre. Se llama La Minga.

Está en Choachí, a 42 kilómetros de Bogotá, un entrañable poblado, bañado en frailejones, con abundantes nacimientos de agua transparente que puede beberse solo con inclinarse y recogiéndola con las manos. “Este es un pedacito del paraíso”, dice.

¿Y el resto del paraíso? ¿Dónde está? “En este espacio que va de Punta Gallinas, en la península de La Guajira hasta la quebrada San Antonio, en el río Amazonas y de cabo Manglares en la desembocadura del río Mira, en Nariño, hasta la isla de San José, en Guainía y desde esta tierra continental hasta el archipiélago de San Andrés”. El sinónimo del Edén, para él, es Colombia.

Y poner un granito de arena en la construcción de una mentalidad positiva para este país, a sus 57 años de edad, es su nueva causa. Pocos ejecutivos nacionales pueden mostrar un palmarés tan exitoso. Eso sí, reconoce, ha cambiado de estilo y de propósitos. Atrás quedó ese hombre ambicioso que militaba en ese grupo de 'yuppies' que gozaban del privilegio de haberse formado en Estados Unidos –estudió Relaciones Internacionales, Economía e Historia en la Universidad de Virginia, donde también obtuvo un MBA–, y que regresaban al país con el propósito de “abrirlo al mundo”.

Así, durante dos años continuos, se esforzó por traer la franquicia de McDonald’s, el Santo Grial del capitalismo universal. El 14 de julio de 1995, a los 35 años de edad, lo logró. Con la presencia del presidente de la República, Ernesto Samper Pizano, el Batallón Guardia Presidencial y la banda marcial del colegio Gimnasio Moderno, vio el desfile multitudinario, detrás de la sonrisa plástica del payaso Ronald McDonald, en la inauguración del primer restaurante de la cadena de hamburguesas más famosa del mundo, en el centro comercial Andino de Bogotá.

En un abrir y cerrar de ojos, abrió diez locales más. “En un lapso de doce meses, el crecimiento más rápido de la cadena en el mundo hasta ese momento”, lo felicitaron con orgullo sus superiores desde Chicago. El éxito le pasó factura. “Yo era un hombre que entregaba al trabajo hasta el último segundo de cada día, incluso en sacrificio de mi propia familia”.

Pedro Medina

Atrás quedó el mundo de las comodidades. “Ahora vivo solo con lo que necesito y soy feliz”, dice Pedro Medina en su nueva casa en el campo.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

La respuesta era difícil. Porque en la balanza estaba, en un lado, el hecho de haber dirigido 33 restaurantes de McDonald’s, pertenecer en simultánea a tres juntas directivas, vivir montado en un avión, mirando el día a día, por encima de las nubes, y, en la otra, haber llevado su organismo al límite. Dice que tuvo el buen juicio para dejar sobre el escritorio los informes financieros, las cifras, el ebitda y entregarse a una causa más altruista, la fundación Yo Creo en Colombia, un centro de pensamiento que, desde 1999, busca ser la organización privada líder en Colombia y modelo en América Latina “en construcción de confianza”. En efecto, a través de mas de 8.000 conferencias ante 847.000 personas en 166 ciudades y una treintena de países, se ha “creado una escuela de pensamiento sobre una Colombia capaz, recursiva”.

Sin embargo, aclara, él no es un solitario en este empeño sino uno más en un grupo en el que participan 2.600 personas, “algunos incansables”, que multiplican el mensaje de reivindicar, por encima de todo, lo bueno, lo mejor de Colombia. “Es gente muy activa que a esta hora está dando conferencias por todo el mundo”, sentencia.

Desde hace varios años, cada seis meses, agrega, Yo Creo en Colombia hace un curso, para entrenar personas que no solo recuperen la fe en el país sino que después vayan a contarlo a los cuatro vientos. En este proceso han participado desde presidentes de multinacionales hasta exguerrilleros, pasando por reinas de belleza.

En línea con este propósito, se dejo ir un día por una de las salidas de Bogotá, el 23 de marzo del año pasado. “La capital tiene once salidas, el 99 por ciento de la gente usa 10, yo cogí la otra”. Una vía que serpentea entre plantas de todas las gamas de verde, con olor a tierra fresca, con un volcán y tres páramos, y que llega a la cordial Choachí.

Y se quedó contemplando la catarata más alta del país, La Chorrera, tiene 590 metros de altura, y sintió, como en su adolescencia, el amor inocente. “Me enamoré de todo. De su gente, de la geografía, de la energía”. Y se declaró “proverde”. ¿Y usted cree que en la naturaleza está la solución de los problemas? “El colibrí con tres gramos de energía atraviesa todo el golfo de México. Es irónico que exista gente que lo mire con desdén”, argumenta.

Entonces dejó su exclusivo apartamento en el norte de Bogotá y levantó su nueva casa en la que aprovecha todo lo que le brinda la naturaleza. Así, por ejemplo, una roca de la montaña le sirvió de pared para su cocina, desenchufó la nevera “porque ya no guardamos lácteos ni carnes, todo lo tomamos de la tierra”. Y se fue a vivir allí.
De sus tres hijos –Felipe, de 27, años; Daniela, de 25, y Camila, de 19– comparte con el mayor, la compañera de este y sus dos nietos: uno de dos años y medio y una de nueve meses. “El niño es un privilegiado”, dice orgulloso. “Come ciento por ciento natural, sin abonos, ni preservativos. Él mismo, por ejemplo, arranca las plantas de nuestra huerta y ya sabe cuales se puede llevar a la boca y cuáles no. ¡Es un niño sano!”. Lo dice el hombre que trajo las hamburguesas que cada tanto está en el centro del debate por el uso de aditivos para sus productos.

Pero Medina no solo cambió su dieta y sus hábitos sino que convirtió este santuario en un experimento de paz. Porque ahora, insiste, sus metas ya son más modestas aunque, cree, en el balance le muestra mejores resultados. Ya no le interesa, como en septiembre del 2004, haber sido elegido El Colombiano Ejemplar, un galardón que le concedió el periódico El Colombiano y que se lo entregó el presidente Álvaro Uribe, en la categoría de Economía y Negocios, por la habilidad para multiplicar fortunas, sino que se desvela por hacer realidad ilusiones más sencillas. “Aquí puede venir quien quiera siempre y cuando venga a hablar de confianza, de reciprocidad. Porque todo podemos verlo desde la óptica de lo que funciona o desde lo que está roto. Yo elegí, lo primero”.

Pero, ¿su casa la presta para todo?, le dijo un día un amigo. “Claro, siempre y cuando sea para reforzar células, para construir un tejido distinto”. ¿Un concierto de rock, de heavy metal?, le preguntó su interlocutor. “Pues, eso sí que es raro, y desentona aquí…”, buscaba los argumentos para negarse. “Es para 16 niños ciegos”.

Entonces allí llegaron los músicos con sus guitarras, baterías, bajos. Y los niños ciegos los escucharon. Luego los niños pusieron atención al sonido de los insectos, el agua que corre diáfana por entre las montañas y el viento entre los árboles. Y dijeron que ellos también querían tocar, con los instrumentos, en compañía del coro que provenía de la naturaleza. “Y tocaron tan maravillosamente bien, que nos hicieron llorar a todos los presentes”.

En otra ocasión, llegaron 12 muchachos exguerrilleros –de 12 a 17 años– y cinco estudiantes de décimo grado del colegio Anglo Colombiano. Y los 17 –los que sabían usar las armas, los que eran bilingües– jugaron felices, conversaron, compartieron y soñaron un país en donde la gente pueda acostarse de noche a ver las estrellas. Y en una más fueron 20 niños con cáncer. Y con ellos recorrieron los senderos, les mostraron que todo en la vida tiene un propósito y que cada parte del universo puede comunicarse con los demás elementos para hacerse más fuerte y jamás desfallecer.

En estos momentos, en donde entonces, Medina pregunta: “¿Dónde le aporto más a mi país? ¿Dónde cree usted que soy más feliz?”. Y aclara: “Soy muy agradecido por todo lo que he vivido, por las oportunidades que he tenido y la gente con la que he compartido, pero ahora estoy en otra búsqueda”.

Una exploración que pasa por ir más a las raíces “de nuestra tierra”. Una tierra, que a él lo ha conmovido en todas sus fibras. Como aquel día caluroso del año 2004 cuando la guerra estaba en su etapa más sangrienta y los militares hicieron un alto en los combates y lo llevaron a Caño Cristales, en la sierra de La Macarena, con el convencimiento de que monte adentro estaba el infierno, pero también un lugar para embriagarse de tanta belleza.

Estar allí, con esos jóvenes que daban su vida por los demás, contemplar el paisaje, “el arco iris que se derritió en esas aguas”, le provocaron un llanto largo, sentido. “Colombia tiene algunos de los escenarios más bonitos del planeta”. Y no lo dice por hablar sino por conocimiento de causa. Medina nació en Bogotá el 11 de abril de 1960 en un hogar con las comodidades suficientes para tener una educación que le permitió viajar. “Conozco bien 33 países y créanme, Colombia es especial”.

Su invitación ahora pasa porque la gente permita expandir su conciencia para que cambie las preguntas y así encontrar nuevas respuestas. “Así el diálogo es más rico, más plural”, explica.

¿No habrá amigos suyos que piensan que usted se volvió loco? “No juzgo a nadie y espero que no lo hagan conmigo. Pero, el hombre lleva 300 millones de años y la naturaleza 3.800 millones de años de existencia. ¿No cree que podríamos ser un poquito más respetuosos con ella. Alguito nos tiene que enseñar”, responde.

¿Usted cree que puede iluminar a mucha gente para que salga de la, entre comillas, oscuridad? “Nada más pretencioso. Yo no quiero ni tengo la capacidad de cambiar a nadie. Solo me estoy cambiando a mí mismo. La idea es hacer un giro en lo local, encender una chispa, al menos en mi caso, le cuento que soy un privilegiado viviendo en este paraíso, en este pedacito del Edén”.

Pero, ¿no le hace falta ganar plata? “Rico no es el que más tiene sino el que menos necesita”, dice mientras anuncia que va a preparar una comida con quinua, diente de león, llantén y otros vegetales, todos cultivados en su huerta.

ARMANDO NEIRA
Redacción Domingo

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