La joyería Cano quiere traspasar fronteras de la mano de Paula Mendoza

La joyería Cano quiere traspasar fronteras de la mano de Paula Mendoza

La diseñadora será la directora creativa para desarrollar dos colecciones al año.

Eduardo Cano y Paula Mendoza

Eduardo Cano y Paula Mendoza, sangre nueva para internacionalizar la joyería Cano.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

09 de febrero 2018 , 05:42 p.m.

Ser la quinta generación y asumir el reto de continuar con una tradición familiar con un siglo de historia encima es un reto muy grande para un joven de 27 años. Pero Eduardo Cano lo asumió: está al frente de la reconocida joyería Cano –antes Galería Cano, luego L. A. Cano–, atendiendo el deseo de su abuelo Guillermo, quien murió hace 3 meses, de continuar con el legado de reproducir fielmente la joyería precolombina original.

Pero la sangre nueva trae nuevos proyectos e ideas y los de él es lograr que la marca traspase fronteras. “He venido trabajando en cómo darle un aire nuevo a la marca y cómo internacionalizarla aprovechando todo este boom que está teniendo el país y también el éxito que están teniendo nuestros diseñadores por fuera, que se destacan por su talento”, dice este administrador de empresas que se ha criado entre Colombia y Estados Unidos.

Uno de esos diseñadores es la joyera Paula Mendoza, afincada hace más de diez años en Nueva York y cuyas piezas han sido usadas por famosos como Beyoncé y han aparecido en revistas como Vogue, a quien Cano invitó para ser la directora creativa de la marca. Juntos harán una primera colección para la temporada primavera-verano 2019, que presentarán en septiembre en las semanas de la moda de Nueva York y París.

“Con Paula estamos dando el siguiente paso en la evolución de la marca, para seguir presentes en un mercado que ha cambiado tanto por las redes sociales y el comercio electrónico. Ella conoce esa mujer internacional, esa mujer joven que a veces ve estas joyas y no cree que las puede usar, pero se las ven a ella y se enamoran de la piezas. Así es que queremos llegar a nuevos segmentos” explica Cano.

El reto también es para ella: “aunque trabajamos con un código común para los procesos creativos, debo crear dos universos distintos: lo mío y lo de la marca. Vamos a ver cómo funciona mi cabeza”, dice entusiasmada.

La ventaja que tiene es que cuenta con mucho material para inspirarse. “Ellos tienen moldes de 12 culturas precolombinas que estamos estudiando para entenderlas, interpretarlas y mostrarlas al público, aunque debo decir que estoy fascinada con la quimbaya”.

Un gusto que comparte con Eduardo, quien además admira el trabajo de los tayronas: “las aretas, por ejemplo, tienen mucho detalle, impresionante para esa época, que no sé cómo lo lograron”.

Ese es el legado cultural que conservan y no solo con las figuras, también con la técnica original empleada por los indígenas: piezas hechas a mano con cera perdida, que se funde para hacer los moldes, para las joyas elaboradas por 50 mujeres. En ellas utilizan brass, una aleación de materiales que se utiliza en joyería, con baño de oro de 24 y 18 quilates, acompañados de piedras semipreciosas y esmeraldas colombianas.

Toda esa historia y tradición detrás de cada prenda es la gran riqueza que respaldará el trabajo de Mendoza y la joyería Cano. “La gente está cansada del fast fashion, y quiere saber de dónde vienen las cosas, quién las hizo, con qué materiales, cuál es la historia detrás de cada pieza y nosotros tenemos mucha y muy interesante para contar”, dice Cano y agrega: “Afuera, el consumidor quiere tener una pieza más auténtica, única y eso es lo que venimos haciendo y vamos a aprovechar con Paula”.

De esta forma, Eduardo espera respetar lo que ha hecho su padre –Luis Alberto Cano– y su abuelo, “y al tiempo mantener la marca vigente y llegar a esas tiendas por departamentos de moda a nivel mundial”.

Larga tradición

La familia Cano lleva en la joyería 60 años, cuando Guillermo Cano (abuelo de Eduardo) fundó Galería Cano para reproducir las joyas precolombinas, pero la historia con estos tiene más de un siglo, cuando Nemesio Cano encontró un entierro indígena y la familia se dedicó a buscar este tipo de piezas que luego vendían al Banco de la República. “Al punto que en el Museo del Oro hay unas 30.000 piezas más o menos, de las cuales, entre las tres generaciones, llevaron más de 10.000”, cuenta Eduardo.

NATALIA DÍAZ
@ndiazbrochet
natdia@eltiempo.com

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