Cuatro días en la casa de Osho, el controvertido gurú indio

Cuatro días en la casa de Osho, el controvertido gurú indio

Gracias a un documental de Netflix, Bhagwan Shree Rajneesh vuelve al centro de la escena.

Casa de Osho

En esta pirámide, con capacidad para más de 300 personas, se proyectan los videos que el gurú grabó.

Foto:

Cortesía Osho International

16 de junio 2018 , 11:34 p.m.

Bhagwan Shree Rajneesh vuelve al centro de la escena. Pocos saben que este líder espiritual, fallecido en 1990, sigue predicando en su ‘ashram’.

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Llega la hora del encuentro con Osho. Todos tenemos que estar recién bañados, sin perfumes, sin collares que hagan ruido, y cubiertos solamente con una túnica blanca. La ceremonia se llama ‘evening meeting’ y ocurre dentro de una pirámide negra, grande, donde entran más de 300 personas. En la puerta, dos guardias de seguridad te pasan el detector de metales. Para muchos, parece lógico tomar estas precauciones antes de un encuentro con el Bhagwan Shree Rajneesh, también conocido como Osho. Ya han pasado 28 años de la muerte del gurú indio, y hasta hoy, seguidores de todo el mundo llegan a Pune para verlo predicar.

Esta tarde-noche somos unas 150 personas. Antes de entrar a la nave central del poliedro, hay que dejar los zapatos en una sala. Así, descalzos y con túnicas, empezamos a meditar y bailar. O meditar bailando. (...)

Abro un ojo y observo con ganas de registrar todo. Me descubro sorprendido con algo que parece normal: gente conectada con su espiritualidad. La mayoría son blancos, de Europa o Estados Unidos. Todos se ven jóvenes, aun esos que tienen más de 70 años. Hay varios indios, que parecen de castas altas, y asiáticos que llevan una vida meditando. Dos tercios son mujeres. Aquí, la mayoría son cuerpos y peinados bien cuidados.

Durante el tiempo que dura el ‘evening meeting’, las puertas del Centro de Meditación de Osho se cierran. Nadie puede entrar y nadie puede salir. (...).

Los tambores aumentan. Ahora comienza una ceremonia en que todos gritamos, movemos los brazos, nos tocamos con una mano. El delirio crece. La catarsis se hace colectiva y, por una vez, no abro el ojo y me dejo llevar, y todos empezamos a gritar Osho, Osho, Osho. Después de eso, un ruido, un golpe que detiene la música, detiene el baile, y nos tira a todos al suelo.

¡Gooooooongggggg!

Como nos habían dicho: después del gong hay que soltarse, caer y quedar un tiempo en la posición que llegaste al suelo. Me toca quedar con los brazos abiertos y la cabeza a la derecha, como si en vez del gong me hubieran metido una 9 milímetros. Si en la punta más alta de la pirámide hubiera un dron, mostraría a más de cien personas en túnica blanca, pegadas al suelo como insectos en el vidrio del auto en un viaje a la playa. Así estamos, cuando aparece Osho.

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Cuando llegas al Osho International Meditation Resort, te hacen el examen del VIH/sida. Ya buscaron tu reserva en el computador, ya escanearon tu pasaporte, ya te pidieron la tarjeta de crédito. Entonces vas a una pequeña sala, pegada a la recepción. Estás en un limbo. Hacia adentro se ven árboles, flores y gente con túnicas color vino tinto que caminan por jardines. Hacia fuera, hacia la calle 1st Lane en Koregaon Park, se ven los guardias con radiotransmisores, vigilando que no pase nada en las afueras de la fortaleza.

—¿De dónde vienes? –me pregunta un tipo mientras se pone guantes de goma.

—Ahora vengo de Bombay. Pero, en realidad, vengo de Chile.

—¡Chile! –y abre una caja esterilizada y me dice que a veces viene gente de América Latina.

Luego me pide el dedo índice, lo limpia con alcohol, lo pincha, me saca sangre, me dice que espere unos minutos y se la lleva.

Si da positivo, no podré ingresar. Son las reglas que impuso Osho. La enfermedad apareció en los 80, cuando Bhagwan Shree Rajneesh era conocido como el gurú del sexo. Su muerte, rodeada de misterios, incluye el rumor de que se debió al sida. Él tenía otra teoría: había sido envenenado en Estados Unidos, en la cárcel. En Pune están sus cenizas y el famoso epitafio: “Osho nunca nació, nunca murió, solo visitó este planeta Tierra entre el 11 de diciembre de 1931 y el 19 de enero de 1990”.

—Estamos listos –me dice el voluntario. Y me pasa una credencial, con mi foto, para cruzar por los torniquetes (...).

Compré dos túnicas en una tienda del ‘resort’. Una vez uniformado, vino la inducción. Cada mediodía, los que ingresan al ‘ashram’ reciben una explicación sobre qué significa Osho y qué se puede hacer aquí. En el interior hay voluntarios que pagan su estadía trabajando para la organización. A cada recién llegado se le pone un voluntario del mismo país, o uno cercano.

Priya tiene otro nombre en Colombia, donde nació, donde estudió en la universidad y donde dejó una crisis personal que la tiene aquí. Vino por tres meses, en el sistema de media pensión. En un momento, el encargado de la inducción nos pide que digamos de dónde somos. Hay un DJ con túnica que elige música de cada país. Cuando llega mi turno y digo Chile, mira para todos lados y hace un gesto como de agarrarse los pelos. Después pone ‘La Bamba’ y la tengo que bailar con Priya, y nos sigue una pareja de japoneses, unos italianos, unos alemanes y vietnamitas. Terminamos haciendo un divertido trencito.

Me quedaré en el hotel dentro del ‘resort’, de 16 hectáreas. Los precios son muy altos (una habitación sencilla cuesta 55 dólares y una doble, 65), frente al promedio de hoteles y restaurantes de India. Dentro no se usa el dinero, solo tiquetes que se compran en la oficina financiera de Osho, en el mismo lugar.

La catarsis se hace colectiva y, por una vez, no abro el ojo y me dejo llevar, y todos empezamos a gritar Osho, Osho, Osho

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A principios de los 80, Osho ya era el controvertido líder espiritual que occidentalizó preceptos del hinduismo. Lo seguían millones y lo perseguía el Estado. Era tiempo de irse. Así nace el plan de abandonar este ‘ashram’ en Pune para construir una ciudad-comunidad en Antelope, Oregón (Estados Unidos).

En marzo, Netflix lanzó su documental ‘Wild Wild Country’, sobre esa aventura que terminó muy mal. La historia de una aldea perdida, que se aterra por la llegada de jóvenes de todo el mundo, vestidos de rojo y seguidores de un santón de la India. Un gurú con una flota de Rolls-Royce. Un grupo de tranquilos feligreses que pasa a portar metralletas y a protagonizar el primer ataque biológico en suelo estadounidense. Todo eso con cientos de periodistas estrujando el conflicto en horario prime durante el gobierno Reagan.

‘Wild Wild Country’ ha vuelto a poner en circulación a los ‘rajneeshes’, los seguidores de Osho, que peregrinan a Pune y agotan ediciones de sus libros y descargan sus videos. Y, de paso, ha llevado el debate de la espiritualidad a la sección de críticas de televisión de medio planeta. (...)

Llegué al ‘ashram de Osho’, en Pune, más de 25 años después de su muerte. Fue un viaje largo. Estaba persiguiendo una hebra espiritual, pero, además, estaba detrás de algo más concreto: comprarme un dios para escribir un libro.

La galería de opiniones entre mis conocidos iba desde los que te dicen ‘engrupido’ (engañado) a los que te pedían: ‘Por favor, ríete de todos ellos’. Pero creer está en alza, y parte del éxito del documental de Netflix es que te deja con más preguntas que verdades reveladas.

Dos años después de mi estadía en el ‘ashram’ de Pune, estaba viviendo en Manhattan. Mi oficina era la 555 del Centro de Religión y Medios de la Universidad de Nueva York. Estaba ahí como ‘visiting scholar’ para desarrollar mi propio proyecto espiritual. No tiene nada que ver con Osho, pero está completamente ligado a ese viaje a la India. La tierra con más gurús del mundo, donde seguir a alguien es más que una cuestión de fe.

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La aparición de Osho es espectacular. Estamos tumbados con las túnicas blancas, en la nave central de la gran pirámide. En eso, otra vez el gong, como señal para sentarnos. Mientras nos levantamos, ocurre. Desde el cielo baja una pantalla gigante. Se apagan las luces y aparece Osho frente a nosotros.

Ahí está. Varios suspiran. Lleva una chaqueta con hombreras puntudas, tan modernas y futuristas como todo lo que estamos viviendo. Un sombrero, que parece corona, le tapa la calvicie. Nos mira en silencio.

Recibe una pregunta y se queda en silencio varios segundos. Nos mira fijo, como si nos contemplara. Sí, ya sé. En estricto rigor, no nos está mirando, sino que mira a una cámara, que sostuvo un camarógrafo hace unos 30 años. Y todo ocurrió en un set, aquí mismo, en este ‘ashram’. Ahí grabó cientos de videos, con distintas respuestas.

Tras la expulsión de Estados Unidos, que es la época que muestra el reportaje de Netflix, el Bhagwan Shree Rajneesh recorrió varios países. Incluso llegó a Suramérica, a Uruguay, a Punta del Este, pero a las pocas semanas fue expulsado. Regresó a Pune, y todas las tardes les hablaba a sus seguidores. Hablaba del ego, del trabajo, del sexo, de no poner la otra mejilla, de no temer a ganar dinero, de no glorificar la pobreza, hablaba lento, hablaba serio, hablaba con chistes, hablaba y hablaba. No escribió ninguna palabra, pero hay cientos de libros que transcriben lo que hablaba. Se estima que al año vende más de tres millones de ejemplares en todo el mundo, sin publicidad. Osho está en más de 50 idiomas.

La prédica de hoy es sobre la importancia de entender que los hijos no son de uno. A más de alguno, estas palabras le pueden sonar obvias. Pero cuando abro un ojo, en la mitad de la prédica, veo gente llorando, vibrando como si el maestro les estuviera tocando cuerdas que hace mucho nadie hacía sonar.

Estamos tumbados con las túnicas blancas (...) Mientras nos levantamos, ocurre. Desde el cielo baja una pantalla gigante. Se apagan las luces y aparece Osho frente a nosotros

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Los días que siguen serán una réplica de los anteriores. Despertar a las 5:30, ponerte la túnica y llegar a la meditación dinámica a las 6. Empezar el día sacudiendo la cabeza como una avestruz que se está secando. Gritar, como si hubiera un gol tras otro. Decir palabras inventadas y botar todo mientras está amaneciendo. De ahí al desayuno.

Según las cifras oficiales, 52% de los visitantes son mujeres y 48%, hombres. El promedio de edad es de 37 años.

Tras el almuerzo, donde la mayoría come vegetariano, vienen más meditaciones, o un taller de origami, o un tenis zen, o un rato en la piscina. Después, un descanso, antes de un nuevo ‘evening meeting’. (...) La noche se reparte entre los que van al bar, cantan en el karaoke y los que se quedan conversando. A la vista no hay drogas ni orgías, como fue la fama del pasado. De esa época queda un gigantesco Rolls-Royce plateado. La mayoría se acuesta temprano.

Luego de varias jornadas, es raro volver a usar ropa de calle. La agencia de viajes dentro del resort me consigue un taxi al aeropuerto. Saliendo de la fortaleza está la India, con niños jugando en basurales y vacas comiendo chatarra y monos saltando entre los techos y ruido, y mucho ruido y olor, y todo eso que es la India que no viste estos días porque estabas dentro de los dominios del Bhawan.

JUAN PABLO MENESES
EL MERCURIO (Chile) - GDA
En Twitter: @menesesportatil

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