Santiago Alarcón: en la piel de Jaime Garzón

Santiago Alarcón: en la piel de Jaime Garzón

Su interpretación en ‘Garzón Vive’ recrea al humorista político más importante que tuvo el país.

Santiago Alarcón, protagonista de ‘Garzón vive’

Alarcón, en el papel de Néstor Elí, portero del Edificio Colombia, creado por Garzón.

Foto:

Cortesía RCN Televisión

24 de abril 2018 , 11:35 p.m.

No hay persona que haya conocido a Jaime Garzón que no esté deslumbrada con la actuación que de él hace Santiago Alarcón. Y es que su interpretación va mucho más allá de imitarlo o remedarlo. “Se trató de asir su aliento, su esencia”, como dice el actor, que fue el punto sobre el que insistió reiteradamente el experimentado y lúcido director de cine y televisión Sergio Cabrera, quien no dudó en poner sobre sus hombros este tremendo reto.

Serie que puede gustar o no. Lo que nadie discute es el trabajo de un señor actor, comprometido con su profesión, que siempre quiso interpretar al hombre que les dio vida a tantos personajes y esperanza a una generación que vivió años de violencia cruda y, gracias a su ingenio, no perdió ni la sonrisa ni el buen humor. La serie tiene otras actuaciones sobresalientes, pero acá nos ocupamos de la de Alarcón.

“Muchos aspectos de la vida de Garzón fueron novelados, como ha repetido el director. El libretista recogió diversas versiones de casi todos los acontecimientos que protagonizó Jaime Garzón, por lo que se resolvió volver ficción los más controversiales. Lo que no fue negociable era que se trataba de un proyecto con el que se quería hacer homenaje a su memoria. Esa fue la idea que nos transmitió el director y el ambiente que se respiró durante seis meses de grabaciones de doce horas diarias”, asegura Santiago.

Cuando Sergio Cabrera llegaba al estudio, la guachafita paraba. El silencio y la mesura reinaban, porque la idea era que cada escena quedara convertida en un acto de nostalgia y aprecio hacia una persona que buscó, con la mayor parte de su trabajo, el bienestar de los más débiles, recalca el actor.

Santiago Alarcón, 38 años, emuló a Jaime Garzón con tal fuerza y convicción que su actuación hace creíble todo lo que dice y cómo lo dice. Y tal vez también a eso se deba que el actor encuentre notables diferencias entre sus admiradores de hoy con los del pasado.

Hay mucho de añoranza, de tristeza, de cariño profundo por el papel que hago

Distinto

Su papel del Man Germán ha sido, en su ya nutrida carrera actoral, por el que más se le reconoce. Reconocimiento que siempre se ha hecho a carcajadas, con alegría desbordante, con entusiasmo y gozo de quienes llegan a pedirle autógrafos. Hoy esa identificación es diferente. “Hay mucho de añoranza, de tristeza, de cariño profundo por el papel que hago. Muchas personas me hablan de la gratitud que sienten hacia mí, hacia el director, el libretista, en fin, todas las personas que hacen parte de este proyecto, por traer a la pantalla la vida privada de un Jaime Garzón tal como se lo imaginaban. Hace pocos minutos, tres jóvenes, muy emocionados, de no más de 20 años, me felicitaron porque estaban conociendo detalles íntimos de ese personaje público que han visto por algunos videos colgados en las redes que son virales cada cierto tiempo y siguen impactando como lo hicieron hace dos décadas”.

Llegar a personificar a Jaime Garzón fue un proceso largo porque el proyecto no era fácil. Primero lo tuvo la programadora RTI, que le vendió los derechos al canal RCN, y este canal entabló una larga negociación con sus familiares hasta que llegaron a un acuerdo.

Cuando corrió el rumor de que RCN haría la vida del humorista que vistió de frac la sátira política e impregnó el humor diario con dosis de refinamiento, inteligencia, ingenio, pocos creyeron en que el proyecto podía estar a la altura. Sin embargo, cuando se encargó de su dirección a Sergio Cabrera y se supo de la rigurosidad y disciplina en la escritura del guion, después de una investigación que no dejó arista de la vida de Garzón sin esculcar, hubo más confianza.

“Se trató de un proyecto muy diferente a los que había hecho hasta entonces”, cuenta Santiago Alarcón. Tenía que estudiar los parlamentos, aprenderme las imitaciones de los distintos personajes a los que Garzón dio vida, mirando una y otra vez los videos de sus programas. Ser él en su cotidiano sin tener ningún referente. Me acostaba con los audífonos escuchando su voz. Además tuvieron que intervenirme la boca y tuve que acostumbrarme a hablar y a comer con la prótesis que el odontólogo me hizo (ahí fue cuando me salió su voz). Durante seis meses fui cada día, durante veinte horas, Jaime Garzón”, remata Santiago.

También tuvo que leer todo lo que se ha escrito sobre este hombre que fue asesinado el 13 de agosto de 1999 y cuyo asesinato sigue en la impunidad.

La novela El Hombre del teléfono, de Margarita Rosa de Francisco, le dio una visión muy diferente a la que se había hecho, ya que en este relato se describe al genio, pero también al hombre que, como otro cualquiera, tiene defectos por montón y cuando se enamora o cree estar enamorado puede hacer las más grandes tonterías. La actriz y columnista es implacable en su juicio hacia quien la salvó de la tusa en la que vivía. También devoró los dos libros de la hermana de Jaime, Marisol, sobre todo por la posibilidad de ver una y muchas veces las fotografías familiares que lo hacían sentirse menos intruso. Casi se aprende de memoria los libros de Germán Izquierdo y el de María Teresa Ronderos y se devoró todos los reportajes y artículos que encontró. Vio todo el archivo audiovisual de RTI y el del Teatro Nacional.

El más difícil

Heriberto de la Calle, embolador de profesión, fue el personaje al que el actor le tenía más miedo, casi pavor, y el que más trabajo le costó. Era el reto tan grande que en algún momento Sergio Cabrera sugirió la posibilidad de contratar otro actor. Ahí Santiago se negó porque consideró que ya metido en Garzón no podía dejar de ser uno de sus personajes icónicos. Así que el odontólogo que intervino su dentadura para toda la serie consiguió hacerle otra prótesis para caracterizarlo como Heriberto de modo tal que no se le vieran sus dientes y pegársela al paladar, para que diera la sensación de que no tenía dientes, como hizo Garzón en una etapa de la vida.

“La máxima expresión del ingenio de Jaime se refleja en ese personaje, Heriberto, que habla de política, desde abajo, a sus entrevistados. Le sirve al rey, al poderoso, le lustra su calzado, pero le dice lo que le viene en gana y ahí se vuelve la voz de muchos, la voz del pueblo, al que representa”, dice el actor. Interpretación llena de humor y, a la vez, altanera y dolida. Pasa igual con la utilización permanente del su merced, o sumercé, que le sirvió no solo para conquistar a las mujeres sino para ponerse por debajo de esos altivos y orgullosos hombres a los que sedujo con su aparente docilidad y obediencia.

Hubo también para el actor momentos más fáciles con gratificación instantánea. Uno de esos fue el capítulo que hicieron con algunos miembros de la comunidad de los guambianos, del Cauca, después de que ellos revisaron el libreto y dieron su visto bueno. Al terminar, una joven se le acercó y le dijo que tenía una foto, de cuando era niña, con su mamá y con Jaime, vestido tal como apareció una de estas noches, y le mandó al correo la prueba, reiterándole la gratitud por mostrar esos retazos de vida que parecían perdidos y que gracias a la serie se recuperan para hoy y para la posteridad.

¿Quién es Santiago?

Nació en Medellín. Con veinte años llegó a Bogotá; por eso ya casi no tiene acento paisa. Encontró el teatro como terapia. Fue su salvación, porque el colegio le resultaba tedioso. Participó en una obra de teatro escolar y descubrió que esa era su profesión. Estuvo tres años en una escuela en Medellín y luego profundizó los estudios actorales con Victoria Hernández, actriz y profesora, y en la Casa del Teatro. Hace unos pocos años decidió con su esposa, la talentosa actriz Cecilia Navia, que hace el papel de Soledad –la primera novia de Garzón–, viajar a la Argentina, para “reinventarse”. Él estudió allá máscaras, y ella reforzó los de actuación. La pasaron muy bien. Pudieron vivir la tranquilidad de esa Buenos Aires menos áspera que esta Bogotá.

Con Cecilia pactaron, desde que se casaron hace muchos años, que si uno trabajaba en televisión, el otro descansaba o se dedicaba al teatro, porque las series absorben jornadas completas y no quieren dejar a sus hijos en manos de las cuidadoras, por más confianza que les tengan. Con Garzón rompieron el pacto porque el proyecto representaba mucho para ambos.

¿Cómo así, también matan a un hombre que hace reír?

Largo y culebrero

No fue fácil para Santiago quedarse con el papel. Las pruebas fueron agotadoras, y la primera que hizo por llegar muy caracterizado (gafas, mochila, pantalón ancho, zapatos de cuero) le salió mal. Por fortuna, Sergio Cabrera lo llamó para que la repitiera, y lo escogió. Trabajó con total libertad, pero el director le dio a su caracterización las últimas pinceladas, que hicieron que el retrato se viera casi como el original y sonara con el mismo acento.

“Cuando uno hace teatro sueña con poder interpretar personajes creados por autores emblemáticos, y eso mismo sucede con esos pocos héroes de la vida nacional. Cuando RCN comenzó su proyecto de las bionovelas, deseaba que hicieran Garzón y que me dieran el papel. Tenía 19 años cuando lo asesinaron. Estaba recién llegado de Medellín, vivía en una habitación alquilada. Me impactó la noticia que veía en la televisión. No sabía mucho de él ni había seguido su trayectoria, pero me preguntaba: ¿cómo así, también matan a un hombre que hace reír? No lo podía creer. La violencia no me era extraña ni lejana. Me quitó a mi papá y viví en varios barrios en donde día de por medio aparecía algún muerto en el vecindario”.

Volver a la realidad

Mucho trabajo le costó a Santiago desprenderse de ese Garzón. “Quería seguir siendo Garzón porque fue un ser bonito; su máscara era la de una persona que toma el pelo todo el tiempo, pero su interior era el de un ser en extremo sensible que se apenaba mucho por lo que pasara a su alrededor. Un ser que tenía poder con la palabra, con el humor. Con gran carisma. Por eso fue todo un ejercicio juicioso y dispendioso dejarlo ir. Me tenía que soltar de él: física, mental y espiritualmente”.

Se fue al mar, a La Guajira, con su esposa, para limpiarse. Viajó a Medellín, a buscar a su mamá, a sus hermanos, a los amigos de toda la vida. Necesitaba volver a sus orígenes. Conversar con los suyos sobre la vida, sobre el futuro, en fin, dejar en esas personas, en esos espacios, a ese hombre que habitó por 180 días. Y todo esto sin que la serie estuviera al aire. Era más fácil. No sabía si sería amado u odiado.

Regresó y trabajó en teatro, porque el teatro es sanador, afirma convencido. Mientras conversa, arregla con guapería sus crespos, en una charla que quisiéramos extender porque hablamos de un ser bueno y que él logró interpretar dentro del canon. Un hombre que balearon como a tantos y a tantas, en un país que sigue matando a los mejores, en medio de la impunidad y de la indolencia.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

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