Así sobreviví tras la imprevista muerte de mi hijo de 14 años

Así sobreviví tras la imprevista muerte de mi hijo de 14 años

Nuestro querido Eduardo falleció por una malformación cerebral. Este es un homenaje a su memoria. 

#CómoSalíDe

Espero con mi testimonio lograr ayudar a otras personas que saben lo que es pasar por esta situación.

Foto:

Cortesía Familia Del Río Maldonado

10 de julio 2018 , 09:08 a.m.

Mi hijo era la alegría de la casa, una luz que nos contagiaba a todos. Era muy deportista, jugaba golf, era campeón de salto a caballo, hacía karate, montaba en bicicleta, de todo. Por eso fue tan duro para nosotros cuando murió repentinamente el 15 de octubre de 1993. Una herida profunda para todos.

Eduardo Rafael estuvo con nosotros 14 años y medio y por eso, por ese tiempo de amor y alegría y por la gracia de haberlo tenido con nosotros, puedo decir que doy gracias. Claramente también fue muy triste para todos su partida.

Recuerdo que ese jueves 14 de octubre él estaba en la casa, se estaba terminando de arreglar porque a las 6 de la tarde se inauguraba el Campeonato Nacional de Golf y él estaba invitado, venían personas de diferentes ciudades al evento y me pidió que fuera a recibir a sus amigos, que llegaban de otras partes del país.

Lo hice. Y al llegar a la inauguración lo encontramos caído en el baño. No sabíamos qué pasaba. Lo llevamos al hospital enseguida, ahí lo sacaron del paro y le hicieron todos los exámenes. Pero luego del TAC conceptuaron que había sufrido la pérdida de sentido por una malformación arteriovenosa en el cerebro. No había nada por hacer.

En el hospital estuvimos todo un día a su lado. Agradezco mucho a los médicos que nos regalaron 24 horas para asumir esa realidad tan dolorosa. En ese tiempo estuvieron las puertas abiertas para que toda la familia fuera y se pudiera despedir de Eduardo Rafael.

Fue un regalo, la mayor bendición en medio de la tragedia, porque en ese tiempo pudimos asumir y enfrentar la realidad y entregarlo en manos de Dios. Pasado el día nos preguntaron si lo desconectábamos y, aunque yo pensaba que se debía hacer la voluntad de Dios, ni siquiera tuvimos la oportunidad de decidir porque Eduardo se fue antes de tomar una decisión.

Recuerdo que esa noche del 14 fue muy dura, de no dormir, de todo el mundo llamando. Uno tiene una cantidad de sensaciones físicas y emocionales, el choque es bastante grande, sobre todo porque su condición era irreversible. Aunque lo operaron, sabíamos que no habría ningún beneficio más que la tranquilidad de haber hecho el 100 por ciento.

Pero también teníamos angustia porque no sabíamos si el mal podía estar en nuestra otra hija o en los sobrinos. Los médicos nos confirmaron después que era algo congénito y no hereditario.

Aunque lo operaron, sabíamos que no habría ningún beneficio más que la tranquilidad de haber hecho el 100 por ciento

Nunca notamos nada malo. De hecho, en mi familia los hombres crecen más lentamente y él quería crecer rápido y unos mesecitos antes habíamos ido a hacerle la prueba de la hormona del crecimiento En ese momento le hicieron un TAC para la hipófisis. Llegamos hasta las cejas, pero el problema lo tenía un poco más arribita, en el lóbulo frontal derecho. Por eso no nos dimos cuenta.

Su muerte nos llenó de desconcierto. Fue un shock muy grande. Pero también pudimos aceptarlo. Debíamos pensar en nuestra otra hija y en el resto de la familia. Nos unimos mucho y tomamos la decisión de seguir adelante en honor a mi hijo, porque era un muchacho supremamente alegre, muy positivo.

Cuando se pierde un hijo se invierte el orden biológico

Lo más duro que le puede pasar a un ser humano es la pérdida de un hijo porque se trastoca la lógica biológica. Las madres no deben enterrar a sus hijos, no es lógico ni normal, aunque en la situación del país hemos visto a muchas hacerlo.

Pero cuando sucede, uno no sabe qué hacer, todo se va patas arriba, porque no solamente perdemos todo el afecto que un hijo nos da, sino que se pierde también el que uno quería darle, el tiempo que uno tenía destinado para amarlo y cuidarlo. Al final, uno no sabe dónde poner o qué hacer con el tiempo que le quería dedicar.

Creo que eso es lo más difícil del proceso de duelo. Se trata de un reacomodamiento, en todos los sentidos, de la vida familiar y personal. No es fácil. Se sufre muchísimo. Guardando las proporciones, un hijo es alguien que te encomiendan cuidar y de pronto te dicen “ya no lo cuides más, mira a ver qué haces con tu tiempo, con tu afecto”.

Seguir adelante con lo que no perdimos
#CómoSalíDe

El despedir a mi hijo me ha llevado a trabajar para apoyar a las personas que sufren. 

Foto:

Cortesía Familia Del Río Maldonado

Una de las cosas que más me ayudó en ese momento fue una oración que alguien me compartió. Se titulaba ‘La gema prestada’. Básicamente, habla de que solo existe el día de hoy para el amor, que hay que dar todo lo que uno tiene a los hijos pero sabiendo que no somos eternos, que en algún momento van a dejar de estar con nosotros, sea porque se van de nuestro hogar o porque parten a la casa del Padre. No nos pertenecen. Los hijos no se pueden convertir en nuestro sentido de vida, porque ellos tienen sus propios sentidos de vida. Yo simplemente los estoy acompañando.

Para algunas mamás, y creo que somos muchas, la muerte de un hijo nos hace mejores personas, más compasivas. Ese amor que tú le dabas a esa persona, que es inmenso, ¿a cuántos más se los puedes dar? Esa es la opción que se debe trabajar.

Y es muy importante porque generalmente se olvidan los otros hijos, se vuelven como si no existieran, como si no valieran, y eso yo no lo quería para mi familia, yo conocí de casos de otras mamás que descuidaron a sus hijos durante años y años porque el que se fue “era más importante” y eso me hizo decir: “No, mi niña Julieta es importante, ella está viva”, y pude salir adelante.

En algún momento van a dejar de estar con nosotros, sea porque se van de nuestro hogar o porque parten a la casa del Padre

También me sobrepuse al hecho de que uno deja de ser ‘Patricia Maldonado’, para convertirse en ‘la mamá del niño que se murió’. Y pude lograrlo porque me convencí de que mi hijo no merecía que me recordaran como “la mamá que no hizo más desde que su hijo se murió”. Nuestro hijo era muy alegre, proactivo y positivo. Por eso decidí que mi dolor no iba a opacar la plenitud y alegría de su memoria.

Por otro lado, también pienso que me ayudó mucho lo que había ‘metido en mi bolsa’ con los años, mi experiencia de vida. Ya había vivido otras pérdidas, como cuando tenía 15 años y murió un hermanito mío de cuatro años. Recordar la forma en que mi mamá manejó eso fue muy importante, ella agradeció los cuatro años años de vida de mi hermanito y no nos centró en una tristeza total. Celebró la vida de nosotros.

Además, cuando pasó lo de Eduardo yo me había acabado de graduar de orientación familiar, tenía todas las herramientas que me daba el taller de oración y vida, y lo que hice fue ir reconociendo qué me estaba pasando, qué estaba sintiendo, sabiendo que el proceso era normal. Como familia entendimos que no podía haber sitios vedados, que podíamos hablar del tema, que él no iba a morir en nuestros recuerdos y que tampoco íbamos a ocultar su vida, como generalmente se hace y no se vuelve a mencionar a esa persona. En nuestra familia no hubo sitio ni temas vedados para compartir lo que sentíamos.

Lo importante fue que decidimos seguir adelante en homenaje a mi hijo, porque su historia la seguía escribiendo yo. La forma como enfrentara mi nueva realidad iba a ser la historia de Eduardo.

Algo que también pienso que es muy importante es aprender qué es un proceso de duelo y enseñarte de pequeñito a superarlo. Por ejemplo, con la pérdida de una muñeca o de un carrito, enseñarles a las personas a asumir actitudes positivas con lo que les queda y no han perdido.

¿Qué aprendí con los años?

Cuando los hijos se van...

Con la pérdida de Eduardo, además de la enorme tristeza, agradezco que descubrí casi desde el primer momento “para qué” había pasado.

Es muy común que uno se quede mucho tiempo en el “¿por qué me pasó a mí?”, pero yo también pensé: “¿por qué no a mí? ¿para qué me está pasando esto?”. Me di cuenta de que mucha gente se me acercaba con pánico de que a ellas también les pasara.

Desde entonces dije: “Mi mayor homenaje a mi hijo es ayudar a que la gente sufra menos, que vaya aprendiendo a asumir las pérdidas y a echar para adelante” y me dediqué a mi orientación familiar, a mis talleres de oración y vida, también como un camino para recuperar el sentido de la vida con Dios y en Dios.

Otro “para qué” que encontré tras la muerte de Eduardo fue con sus amigos. Cuando perdí a mi hijo yo nunca cerré mi casa ni su cuarto, sabía que no podía perder también los afectos de sus amigos, y les dije “yo siempre voy a estar aquí para ustedes, no tengan temor de que me van a herir porque me van a recordar a Eduardo”.

También los acompañé en el proceso de aceptar la situación y les pedí que me contaran lo que ellos sabían de mi hijo que yo no: cómo era, qué cuentos echaba, qué chistes hacía. Y así, a través de sus amigos, recuperé la memoria que no tenía de mi hijo.

Si él no hubiera muerto, nada habría cambiado, pero yo tendría que devolver todos los afectos que encontré a raíz de su muerte, todas las ayudas que me han dado y he dado, tendría que devolver lo que he crecido como persona, a nivel psicológico y emocional, incluso tendría que devolver a mi hija Daniela porque seguramente no hubiéramos tomado la decisión de volver a decirle sí a la vida. Pero en esta decisión es muy importante tomarse el tiempo para pensar que ese hijo o hija no es un reemplazo de nadie, no va a llenar el espacio de nadie sino que va a tener su propio lugar en nuestra vida.

Entonces es un balance entre lo que se pierde y se gana. Yo sé en dónde está mi hijo, está en mi memoria, en mi corazón, está en Dios, y yo creo firmemente en eso. Entonces yo no lo he perdido realmente.

A raíz de su muerte mi familia ha ganado en humanidad, en servicio a los otros, en sabiduría, en saber que el ahora es lo importante, que el amor que damos hoy y la ayuda que damos hoy aquí y ahora es importante. Comprender eso también ayudó a que yo no tuviera complejos de culpa, pensamientos de “si yo hubiera hecho esto o si no hubiera hecho esto”.

Miro atrás y no voy a decir que no lo recuerdo. Lo hago, pero ya sin dolor, sabiendo que él está conmigo porque el amor no se extingue.

Consejos para quiénes están pasando por esto...

Enfrentar la realidad de perder un hijo es supremamente duro. Lo primero es reconocer qué le está pasando, qué es lo normal y qué no es normal, pero también si cree que no puede pasar por eso y se siente muy ahogado, busque una ayuda adecuada, alguien con quien hablar, que la escuche.

#CómoSalí

Uno debe entender que solo existe el día de hoy para el amor.

Foto:

Cortesía Familia Del Río Maldonado

Digo esto porque la mayoría de las veces lo que hace la gente que está alrededor de uno es darle una anestesia emocional. “De eso no se habla, es mejor distraerla…”, pero lo que necesita una madre o padre que ha perdido un hijo, o cualquiera que haya tenido una pérdida significativa, es hablar de lo que siente, de sus temores, necesita un oído amoroso que la acompañe.

En los primeros momentos uno solo quiere hablar del hijo y de lo que pasó, así que no teman en buscar ayuda, y no tiene que ser profesional necesariamente, muchas personas de pronto no tienen cómo pagar un acompañamiento así, pero sí hay muchas instituciones y personas como yo que prestamos el oído con todo el respeto, conociendo el proceso y sabiendo no se puede ni adelantar ni atrasar, cada persona lleva su ritmo.

PATRICIA MALDONADO DE DEL RÍO
Especial para EL TIEMPO

*Este texto contó con la edición, construcción periodística e investigación de MARÍA ISABEL ORTIZ FONNEGRA, periodista de ELTIEMPO.COM.

Si quiere compartir su testimonio con nosotros en la sección #CómoSalíDe puede escribirnos al correo diarav@eltiempo.com. Todas las historias son valiosas para este espacio.

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