Así es el día a día de un ciego en Colombia

Así es el día a día de un ciego en Colombia

Alexánder Garzón Jiménez logró sobreponerse a la ceguera luego de una desafortunada cirugía.

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Alexánder lleva a las niñas a clases de patinaje en el parque de su conjunto residencial y a practicar el kung-fu.

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Archivo / EL TIEMPO

16 de enero 2017 , 10:47 p.m.

Faltan cinco minutos para las 6 de la mañana, y Bogotá amanece gélida y opaca. Alexánder Garzón Jiménez agarra su bastón y desciende con rapidez por las escaleras del edificio donde reside, situado en el barrio Favidi, localidad de Kennedy. Lleva de la mano a su hija Mariana (6 años) hacia la ruta escolar, que la espera en la portería para transportarla al colegio.

Esta rutina, que parece tan cotidiana e intrascendente para la mayoría de personas, es una evidencia de cómo con constancia y amor por la familia, Alexánder encontró la fórmula para sobreponerse a la ceguera. Porque desde hace un lustro, cuando perdió la vista como consecuencia de una desafortunada intervención quirúrgica –tenía un glaucoma–, aprendió a moverse con habilidad en el mundo de penumbras en que le tocó vivir.

Ser una persona ciega no ha sido impedimento para que este bogotano –de 39 años– cuide a sus hijas. Por el contrario, quienes lo conocen saben bien que es un padre de familia ejemplar. “No lo niego: al comienzo fue muy difícil quedar así, en este estado, pero yo no me podía morir en vida, porque al tener tres hijas estaba obligado a seguir en pie de lucha”, admite. Y ha sido un guerrero de la vida porque venció a sus propios demonios cuando se convenció de que ser invidente no es sinónimo de incapacidad.

Desde 1992, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora el 3 de diciembre el Día Internacional de las Personas con Discapacidades como una oportunidad de reconocer los derechos de la población mundial con algún tipo de discapacidad física o cognitiva. Según cifras del Dane (Departamento Nacional de Estadística), en el 2015 se contabilizaron en nuestro país 3’051.217 personas con limitaciones permanentes, mientras que en el mundo se habla de 1.000 millones.

En estos momentos, pese a hallarse desempleado, Alexánder asume con orgullo su rol de amo de casa, y argumenta que ser papá es un trabajo de tiempo completo. “Viéndolo desde otra perspectiva, la falta de empleo ha sido una bendición para mí, porque así he podido dedicarles tiempo de calidad a mis hijas, para cuidarlas cuando llegan del colegio, prepararles sus comidas y ayudarles con las tareas escolares”, dice.

Todas las mañanas les cucharea amorosamente el desayuno a Mariana y Lucía (su otra hija, de 5 años). Eso sí, cuando advierte que alguna se demora en comer o está inapetente, les replica con tono enérgico pero cariñoso: “Qué pasa, que no las veo comer”. La reacción de ellas, en un derroche de inocencia y puerilidad, es contestarle: “Papi, no digas mentiras, recuerda que tú no puedes ver”. Entonces, Alexánder suelta una carcajada y les estampa un beso sonoro en los cachetes. Ellas se toman su ceguera como una anécdota más de la cotidianidad.

“Lo mejor de ser papá es gozarse esos pequeños detalles del día a día”, piensa cada vez que sus chicas le leen un cuento o lo invitan a ver películas, que le van relatando conforme avanzan las escenas. Para él, ellas son sus ojos.

Otras veces, las niñas juegan a las escondidas con su papá, en instantes fugaces que se convierten para Alexánder en un reto a su percepción. De manera sigilosa se camuflan en cualquier rincón del apartamento, mientras él deambula por todas las habitaciones preguntando: “¿Qué están haciendo? ¿Pero dónde están?”. Con su agudeza olfativa y sus desarrollados oídos, descubre siempre el escondrijo de las niñas.

En otro informe del Dane, en Colombia se registra un total de 1’134.085 personas con algún tipo de limitación visual, cuya situación laboral es complicada: la encuesta ‘Pertinencia de la formación y perspectivas laborales de la población con discapacidad visual’, elaborada por el Instituto Nacional para Ciegos (Inci), publicó un informe que revela que solo el 35 por ciento accede al mercado laboral. Carlos Parra, director de esta entidad y en su condición de invidente, opina que “los empresarios deben reconocer cada vez más las capacidades y talentos de las personas ciegas”.

Antes de perder la visión, Alexánder tuvo buenos empleos: primero, en una empresa aduanera con presencia en 14 ciudades del país; luego, en una compañía de telecomunicaciones con sede en Medellín. Allá conoció a su esposa, Mónica Aristizábal, que hoy lo acompaña en las buenas y las malas: “Cuando mi esposo quedó ciego, mi suegra me preguntó que íbamos a hacer. Le dije que, como esposa de él, siempre lo acompañaría. Si alguien espera o piensa que lo voy a abandonar, eso jamás sucederá”, explica.

No obstante, esta mujer antioqueña que ya tenía una hija de 5 años (Melanie) cuando conoció a Alexánder, reconoce que afrontar esta situación abrupta no fue fácil al principio. Recuerda que algunas mañanas él amanecía de mal genio y se irritaba fácilmente; sin embargo, ella le tuvo paciencia.

“La forma en que lo ayudé fue acompañándolo en sus momentos más difíciles, en especial cuando se llenaba de pesimismo y decía que no podía hacer nada. Entonces, yo lo motivaba a seguirlo intentando”, expresa.

Oficios de un padre

Mónica, que se vio obligada a tomar las riendas económicas del hogar, consiguió un trabajo en la división de recursos humanos y contabilidad de una empresa avícola. Entonces, Alexánder adoptó el rol de amo de casa, algo que en Colombia no es muy común.

Cuando toda la familia se va de casa a desempeñar sus actividades cotidianas, Garzón comienza su rutina de trabajo doméstico: barre, arregla las camas y prepara el almuerzo y la cena. ¿Cómo puede una persona ciega hacer todo eso?

Al contrario de lo que hacen muchos otros invidentes, él cambia constantemente la posición de los muebles: “No quiero que mi mente se vuelva perezosa. Al cambiar el orden de la cosas, mi cerebro se pone en alerta y me envía nuevos mensajes”, comenta. Al principio, como es natural, termina golpeándose con algún asiento, pero entonces, organiza un nuevo mapa mental para realizar su recorrido casero sin tropiezos.

En el caso de la comida, puede manipularla y transformarla en deliciosos platillos, porque acordó con su esposa ubicar todo en los lugares habituales: en las mismas divisiones dentro del refrigerador y en las gavetas y estantes de siempre; así, verduras, granos, cuchillos, ollas y todo tipo de elementos de cocina siempre están al alcance de Alexánder. En todo caso, todavía hay acciones que lo apabullan, como pelar una ahuyama. Pero en lo que sí demuestra experiencia es en preparar bandeja paisa, la comida favorita de su mujer: “Los fríjoles le quedan más ricos que los de mi mamá. Es un excelente amo de casa porque además de cocinar tiene el apartamento ordenado y está pendiente de las niñas”, indica Mónica.

Los fines de semana, mientras lleva a las pequeñas a clases de patinaje al parque de su conjunto residencial, aprovecha para practicar el kung-fu, que se ha convertido en su fórmula infalible para mejorar el equilibrio y adquirir más dominio del cuerpo. En un principio, cuando el profesor José Agustín Rodríguez llegó al barrio a promocionar su escuela de artes marciales, Alexánder pensó en inscribir a las niñas para que aprendieran a defenderse. Pero sin proponérselo, terminó en esta disciplina que, más allá de puños y patadas, le brinda un balance emocional.

Con el kung-fu ha podido desfogar distintos sentimientos negativos, como la rabia y desidia, ejecutando la danza sagrada del tai yu chin. La rutina, algo teatral y exagerada, arranca con un movimiento rígido de sus brazos, que sacude como aspas de un molino; luego cruza las piernas y ejecuta un paso deslizante, precedido por ágiles brincos que remata con una elegante pose de fiera: el tigre. Después entona su grito de batalla: “¡El tigre muestra su garra! ¡El tigre se lanza sobre su presa! ¡El tigre muestra su poder!”.

El kung-fu le ha proporcionado maneras para manejar el cuerpo como una extensión más del espíritu. Ahora puede controlarse, y ha aprendido a manejar diversas situaciones de la convulsionada vida urbana capitalina. De igual manera, sostener la misma postura corporal durante un determinado tiempo lo ayudó a desarrollar la fuerza de voluntad. “Como persona invidente, las artes marciales me beneficiaron porque antes ni siquiera podía caminar, por miedo a estrellarme con un poste o una pared, o a perder el equilibrio y caerme. El kung-fu me inyectó una buena dosis de motivación y confianza, habilidad en los movimientos, y fortaleza física y mental”, dice.
Memorias de una visión

Durante 35 años, Alexánder disfrutó de sus ojos plenamente. Ahora que ve su mundo en tonos blanquecinos y amarillosos, que forman más bien una luz resplandeciente y cegadora, le preocupa perder su cada vez menos numerosa colección de recuerdos. Su memoria naufraga en pasajes nebulosos, hasta el punto de que teme olvidar, un día cualquiera, las hermosas imágenes que escaneó con sus pupilas para archivar en la cabeza. “Para mí sería durísimo no volver a recordar nada”, confiesa.

Aun así, se conservan en su cabeza vívidas estampas de nostálgicos acontecimientos. Nunca olvidará, por ejemplo, las vacaciones en el parque Tayrona, donde acampó durante tres días, en los que caminó por las playas vírgenes y los senderos mágicos de este paraíso natural caribeño. Mirando el cielo, sucumbió al encanto de las constelaciones que custodian esta atractiva región colombiana, y lloró emocionado cuando fue sorprendido al amanecer por la grandeza infinita de ese mar verdeazulado y bravío.

Pero es enfático al puntualizar que la imagen más hermosa que atesora es el recuerdo del nacimiento de sus hijas y los primeros meses que las vio crecer. “Algo que le agradezco a la vida es haberme permitido alcanzar a ver a mis hijitas antes de quedar ciego”, indica, mientras su voz se estremece con la nostalgia.

Según datos de la ‘Encuesta nacional de salud’ del 2010, realizada por Profamilia, un 32 por ciento de niños y niñas en Colombia viven en hogares formados únicamente por la mamá, mientras el 3 por ciento, solo con el papá. Estas cifras evidencian que hace falta mucho para fortalecer la figura paterna y conferirle las responsabilidades que van más allá de trabajar y llevar el sustento. “Conozco a hombres irresponsables que, a pesar de contar con la plenitud de sus sentidos, no son capaces de mover un dedo para colaborar en el hogar. Son personas machistas que piensan que la mujer es para hacer los oficios domésticos y encargarse de la crianza de los hijos”, añade Alexánder.

A Melanie le pide que cuando decida irse a vivir su vida con alguien, tiene que haber adquirido primero “carro, casa, beca y hasta viajes”, y tener el carácter para no dejarse poner “la mano encima de ningún hombre”. Ella lo ve “como a un padre, porque papá no es el que engendra sino el que cría”, reflexiona.

La familia Garzón Aristizábal camina por el parque, con el apresuramiento de quienes planean visitar a los abuelos esa tarde: don José Ciro Garzón y doña María Alcira Jiménez los esperan para almorzar y disfrutar de un buen momento en familia. Alexánder mueve su bastón como una serpiente ondulante que se aferra al suelo por donde camina, mientras sus brazos se aferran a las niñas para protegerlas de todo mal y peligro.

RAFAEL CARO SUÁREZ
Especial para EL TIEMPO

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