La vida de Carlos Jacanamijoy antes de vender su primer cuadro

La vida de Carlos Jacanamijoy antes de vender su primer cuadro

La serie 'El éxito fuera del resguardo' concluye con la historia del pintor indígena colombiano.

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Carlos Jacanamijoy creció en un resguardo inga del municipio de Santiago, en Putumayo.

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Archivo EL TIEMPO

28 de enero 2017 , 12:13 a.m.

“Cuando me iba a graduar en la Universidad Nacional, mi papá estaba muy mal, casi quedamos en la calle. Él tenía que llegar más encorbatado que en mi grado de bachillerato. Se me ocurrió que viniera con el traje que usamos para el carnaval, que hiciera de cuenta que era un día de fiesta. Vino con plumajes y fue maravilloso. Mis compañeros no me reconocían, todo el mundo quería tomarse foto conmigo. Ese día me quisieron más, me respetaron más. El rector me dio un sitio especial en el León de Greiff, nos trataron como reyes. Fui homenajeado. El coro de la universidad nos dedicó unas canciones. Sentía que el homenaje no era a mí, sino a los indígenas y a la historia de Colombia. Terminé graduándome de indio. Fui aplaudido y querido”. Habla Carlos Jacanamijoy, el pintor indígena colombiano más conocido en el mundo.

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El pintor Carlos Jacanamijoy junto a la modelo Claudia Lozano. Foto: Archivo / EL TIEMPO.

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Hace unos 50 años, siendo un niño, dibujaba con el carbón del fogón. Un tiempo después, a sus 13 años, creó su primer taller de dibujo; en ese momento ya leía sobre Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. “Mi abuela me regaló sacos de harina y en esos sacos pinté mis primeras telas. También lo hacía en sábanas viejas, de manera intuitiva y experimental. Mi abuelo era carpintero, entonces le decía, sin tener idea, cómo debía poner los bastidores, donde uno tensa las telas”. Esas escenas tuvieron lugar en un resguardo inga del municipio de Santiago, en Putumayo.

“Somos doce hermanos. De ellos, fui el único que seguí estudiando. En mi familia no había la tradición de hacer estudios académicos. Fui el primer bachiller, el primer graduado de la universidad, el primero que hizo posgrados”.

En su colegio, Carlos dibujó todo: la fuerza, en Física; los ríos, en Geografía; el cuerpo humano, en Biología; los cromosomas, en Química, y los pasajes bíblicos, en Religión. “Así lo entendía mejor, me acordaba más fácil. El dibujo me salvó de muchas cosas, incluso de perder años. Dibujando se puede llegar al conocimiento”. Esa gratitud trascendió y Carlos deseó la academia.

“Llegué a Bogotá buscando una universidad en las Páginas Amarillas. Nadie me daba razón de que existían las artes como profesión”, cuenta el artista, a quien no lo convencieron los dos semestres que cursó en la Universidad de La Sabana ─los exámenes de admisión de la Universidad Nacional se realizaban en tres fechas, lo cual le impidió presentarse─. Tampoco quiso continuar Pintura en la Universidad de Nariño.

Carlos quería la Nacional, así que perseveró hasta lograr ocupar una silla en el auditorio León de Greiff, donde recibió su título en Artes Plásticas. Luego llegaron nuevos logros académicos, como la maestría en Estudios Culturales en la Pontificia Universidad Javeriana, de Bogotá.

Un cheque soñado

El pintor financió sus estudios con “préstamos-beca para indígenas, que se condonaban con notas”, pero también con mucha pintura. “Hacía lo que no me gustaba”: paisajes, desnudos y bodegones. También escribió cartas de amor y decoró papeles a cambio de un almuerzo o dinero.

Además, el título no le garantizó ingresos. “Terminé de graduarme y fui un desempleado más, y más en artes, que era muy difícil (…). Dos años después, no tenía un peso ni para el arriendo de un cuarto”.

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Carlos Jacanamijoy se graduó en Artes Plásticas en la Universidad Nacional. / Foto: Archivo EL TIEMPO.

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Cuando sus finanzas le dieron un respiro, otra razón lo trasnochó. “Empecé a investigar, a leer muchísimo, escribía historias buscando mi lenguaje. Fui a museos, fui a la Biblioteca Nacional. Empecé a leer sobre artistas latinoamericanos. Era una búsqueda personal de mí mismo, una búsqueda de leer, aburrirse, frustrarse, amanecer sin dormir, buscar un amigo para tomar guaro… emborracharse. La vida bohemia y de lucha que uno ve mucho en los artistas”.

Por fortuna, su incertidumbre la selló un par de becas, una lo invitaba a Europa; otra, a quedarse. “Decidí quedarme con la de acá. Me estaba volviendo escritor, humanista, antropólogo, menos pintor. Tenía que coger pinceles, dedicarme a pintar en cartón (…). Me empezaron a aceptar en salones nacionales. La crítica empezó a hablar, los expertos: que ‘un tal Jacanamijoy’... Lo de la plata no llegó todavía. Me seguía defendiendo con arte comercial”, recuerda.

Pero el tiempo le trajo un cheque significativo, el primer dinero que recibió por hacer lo que amaba. “La venta de un cuadro… Alguien desconocido, prestante, conocedor del arte visitó mi taller. Vivía en La Candelaria, ojos educados, una persona culta. Fue un incentivo muy grande. La sociedad sería diferente si cada uno pudiera vivir económicamente de lo que le gusta hacer”.

De la vergüenza al orgullo

Jacanamijoy asegura que su apellido le ha costado humillaciones. “Es como si el apellido fuera un trabalenguas. Somos muy orgullosos del pasado indígena, del Museo Nacional, hablamos maravillas de lo nuestro, pero a la hora de pronunciar una palabra en quechua, no hacemos el esfuerzo de pronunciarla bien. He visto que en España pronuncian muy bien mi apellido... En Colombia no amamos nuestro ADN. He vivido en Bogotá 30 años o más. Es una ciudad clasista y racista”.

El artista se muestra cansado del estigma del indígena. “El sucio, el malo, el que no es de mostrar, tiene que estar callado, siempre está en las marchas, siempre pidiendo limosna, arrastrado. Crecí así, eso me parece infame. ¿Por qué no podemos transformarnos como sociedad?”.

Confiesa que el peor rechazo lo sintió en su tierra natal. “En Santiago trataban muy mal a los indígenas. A mí me daba vergüenza ser indígena hasta los 15, 16 años, así amara a mi abuelita y a mis padres. Donde más sentí el racismo fue allá, en mi pueblo, con la misma gente con la que uno creció. Tuve que romper con eso a los 17. Pensé: ‘Voy a ser orgulloso de lo que soy, con mi apellido’”.

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Carlos Jacanamijoy es reconocido como el pintor indígena más internacional de Colombia. / Foto: Archivo EL TIEMPO.

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Años más tarde, en 1992, de la vergüenza pasó al orgullo: “Empecé a amar muchísimo lo mío”, dice. Tal fue su reconciliación que hace años, un 12 de octubre, exhibió su obra en la Casa de América, en Madrid, España, y al mismo tiempo lo hizo en el teatro parroquial de Santiago.

La última pincelada

Carlos quería ser un artista con lenguaje propio y lo consiguió. Tiene su estudio, trabaja independiente, ha vivido en Nueva York y Madrid, y ha viajado a Francia y Londres. También ha tenido que emprender procesos legales en la Fiscalía por la falsificación de su obra.

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El retrato que Carlos Jacanamijoy hizo del nobel Gabriel García Márquez. / Foto: Archivo EL TIEMPO.

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Hasta sus genes se enamoraron del arte: su hijo mayor estudió Arte en la Universidad de los Andes y hoy se especializa en Londres, y el menor se graduó como cineasta en París.

Solo le falta cumplir un sueño: que su arte se vuelva una herramienta de transformación social y humana.

***

Esta historia concluye la serie periodística 'El éxito fuera del resguardo', que cuenta las decisiones que tomaron cinco indígenas colombianos para triunfar en el cine, la academia, el fútbol, los negocios y el arte.

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*EL TIEMPO quiso indagar cuántos indígenas colombianos se han graduado como profesionales en el país, pero el Ministerio de Educación aclaró que esa información no está disponible debido a que el Sistema Nacional de Información de Educación Superior no exige a los estudiantes reconocerse como indígenas. Por su parte, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) y el Ministerio de Cultura remitieron la solicitud a la cartera de Educación.

MARÍA DEL PILAR CAMARGO CRUZ
Periodista de Especiales Multimedia de EL TIEMPO
pilcam@eltiempo.com
En Twitter: @PilarCCruz

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