¿Cómo se celebra en lo profundo de la selva un gol de la Selección?

¿Cómo se celebra en lo profundo de la selva un gol de la Selección?

El fútbol también es alegría para los indígenas del Matavén, a casi tres horas en lancha de Inírida.

Así se canta un gol se la selección Colombia en la selva Así se canta un gol se la selección Colombia en la selva

Gol en la selva

15 de noviembre 2016 , 10:17 a.m.

Los indígenas de la comunidad de Pueblo Escondido, a unos 15 kilómetros de Inírida, en el extremo oriente del país, solo se enteraron de la formación titular de Colombia contra Uruguay faltando 15 minutos para el comienzo del partido del pasado 11 de octubre en Barranquilla. Y no la debatieron. No cuestionaron a Pékerman. Estar ahí, frente a la pantalla, ya era suficiente alivio.

Tenían otras preocupaciones. Que el televisor de marca Sankey, de 18 pulgadas y unos 10 años de uso, no fallara; que la torre de mesas de madera que suelen armar para darle altura a la imagen resistiera, y, fundamentalmente, que después de toda la lluvia que cayó ese martes en la mañana estuviera intacta la señal satelital del operador de televisión, la misma que los conecta con el resto del país.

(Además: La Selección Colombia ya tiene su '#mannequinchallenge')

Esta comunidad está inserta en el resguardo selva de Matavén, una zona de 1,8 millones de hectáreas. Se llega tras casi tres horas de recorrido por los ríos Inírida y Orinoco, y el Estado se hace notar por su ausencia. No hay señal de celular ni datos móviles. No hay infraestructura para servicios públicos, menos acueducto o baños. Hay muy pocas escuelas (30 para 13.000 habitantes) y tres centros de salud, sin médicos, solo con auxiliares de enfermería.

Por eso, podría causar extrañeza que la selección de fútbol –de un país que solo perciben por televisión o cuando los políticos de turno solo los buscan para ganar votos– genere tanto entusiasmo en los indígenas de las etnias guahibo, piaroa, puinave, curripaco, cubeo y piapoco, que conforman el resguardo.

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En esta casa, con planta eléctrica, los indígenas ven los partidos de la Selección. Foto: Mauricio Moreno / EL TIEMPO

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Alfonso García, de 36 años, es líder de la comunidad de Pueblo Escondido. Siempre presta su hogar para ver los partidos de la Selección Colombia por dos razones: ama el fútbol y es dueño de la planta eléctrica que hace aparecer a James, Cuadrado, Ospina y Bacca en esa pequeña caja de luz.

Cada encuentro de la Tricolor es ya como un ritual. Hay que asegurarse el galón de combustible para las horas adicionales de electricidad que les cuesta ver el juego de dos horas; ordenar, a modo de tribuna, las bancas de la choza con techo de hojas de palma de chiqui chiqui y, claro, lograr un buen puesto para lucir la camiseta amarilla.

Ese martes, a la casa de Alfonso llegaron cerca de 40 personas. Los niños ocuparon el suelo próximo a la pantalla, los hombres se sentaron en las bancas y algunas mujeres intentaron ubicarse en la zona más alejada, de pie. El equipo periodístico de EL TIEMPO que estaba en el lugar alcanzó a tomar también su ubicación en ese recinto.

Primer tiempo

Desde el Mundial de Brasil se exacerbó en las ciudades esa relación de la Selección con la fiesta y el licor; incluso con las riñas, los festejos desmedidos y la intolerancia. El 14 de junio del 2014, el día que el equipo nacional goleó 3-0 a Grecia en su debut en el torneo, 10 personas murieron. Celebrando, sí, y hubo que decretar ley seca para los partidos restantes.

En la selva, en cambio, el silencio reinó durante los 90 minutos del partido. Por lo menos en ese duelo contra Uruguay, los indígenas de Pueblo Escondido vivieron el fútbol en estado casi puro, sin la contaminación del ‘barrabravismo’ o el papel de técnico de sofá exacerbado que suelen adoptar los hinchas de ciudad. Fue una suerte de admiración por el juego, por disfrutar realmente la pelota.

El himno nacional lo cantaron muy pocos y tímidamente. De vez en cuando el silencio se interrumpía por pequeñas carcajadas que causaban los chistes del narrador de turno, que para ellos no eran tan flojos. Ni siquiera en el minuto 14, cuando Abel Aguilar embocó de cabeza la primera anotación para la Tricolor ese día, la tranquilidad se alteró. Los forasteros, como es costumbre, fuimos quienes nos hicimos notar por el salto de la silla y el grito histérico en el momento del gol.

Alejandro Camacho, indígena del resguardo, explica que el fútbol es una pasión que aún está en formación para las comunidades. “Ahora hay muchos más aficionados. Antes no era tan común que la gente se reuniera a ver el partido. El gusto por el fútbol está creciendo y hasta organizamos un torneo intercomunidades con más de 30 equipos”, puntualiza.

(Lea: En redes también se vivió la fiesta tricolor)

“Así nos sintamos olvidados por parte de los gobernantes y no tengamos ayuda de ellos, a la Selección Colombia la apoyamos al 100 por ciento. A pesar de que estemos en la selva, nos llena de satisfacción verla jugar. Hemos apoyado a nuestros deportistas no solo en fútbol, también en atletismo, en boxeo, en los Juegos Olímpicos”, trata de explicar a su turno Alfonso.

Y prosigue sobre esta devoción: “Con la Selección se borran los problemas de la juventud, es un ejemplo para nuestros jóvenes. Incluso acá en Pueblo Escondido tenemos nuestro equipo y tratamos de animar a los muchachos a que practiquen el deporte”.

Entretiempo
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Son cerca de 13.000 los habitantes del resguardo indígena de Matavén, donde se encuentra ubicada la comunidad de Pueblo Escondido. Foto: Mauricio Moreno / EL TIEMPO

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Se acaba el primer tiempo y, pronto, uno de los hombres sugiere un tinto para los asistentes. Todos aceptan. Claramente, suspirar por una cerveza. Es un delirio. El licor llega difícilmente a esas comunidades porque el espacio que puede ocupar en una encomienda es mejor usarlo para una cubeta de huevos, para productos de aseo… para elementos importantes.

A esa altura, Colombia empataba 1-1 por un gol del uruguayo Cristian Rodríguez, al minuto 27. Y no hubo análisis. La conversación del entretiempo, afuera de la choza, fue de todo menos de fútbol.

Al indagar por el origen del nombre de esta comunidad, Alfonso responde que los navegantes del río Orinoco la llamaban así por lo difícil que era divisarla desde la orilla. Hoy habitan allí 33 familias, unas 140 personas, de la etnia piapoco y subsisten de lo que les da la naturaleza: cazan, pescan y cultivan.

Segundo tiempo y final
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Foto: Mauricio Moreno / EL TIEMPO

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La defensa de la Selección no vive su mejor partido. Colombia pierde en el Metropolitano y cede terreno en las eliminatorias a Rusia luego de un error del central Óscar Murillo, quien le dejó el 1-2 servido al certero Luis Suárez. Mientras imagino la crucifixión del pobre jugador en redes sociales, a mi derecha Milton, indígena del lugar, suelta un inocente: “No importa, no todo el mundo es perfecto”. A su modo, los indígenas manifiestan el apoyo necesario para buscar el empate. Cierran puños. Gesticulan. Las opciones de gol que pierde Colombia los hace menos tímidos. Es claro que estar abajo en el marcador le inyecta tensión a la jornada.

Y entonces llega la igualdad en una jugada que salió de la nada. Yerry Mina, un muchacho de casi dos metros de estatura, la guarda de cabeza al ángulo del arquero uruguayo. Ahora sí, y por primera vez en toda la tarde, se rompe el protocolo de silencio y se deja oír en ese salón un “gol” al unísono. Corto, conciso, pero sincero. También suenan palmas. Pareciera que el esfuerzo hecho para ver el partido es recompensado.

(También: Colombia, a estrenar una pareja de centrales)

En la cancha no hubo tiempo para más. El 2-2 sentencia la desazón. Mientras en las ciudades los matemáticos repasan cuentas para saber en qué va la clasificación, en esa casa de Pueblo Escondido se apaga la planta eléctrica. Ya casi se oculta el sol. Algunos salen a cazar lapas, unos roedores del tamaño de un perro casero. Otros toman rumbo al río para pescar. Otros más a dormir temprano para empezar su rutina del día siguiente a las 4 de la mañana. Finalmente, vivir y sobrevivir es la prioridad.

RONNY SUÁREZ
@RonnySuarez_
Periodista de EL TIEMPO

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