La nueva revolución del vino chileno

La nueva revolución del vino chileno

Pequeños viticultores transforman la imagen de ese país en el mercado mundial.

La nueva revolución del vino chileno

Parte del grupo que estuvo en Bogotá. Daniela Gillmore, Juan Acuña, Mauricio Mora, Alvin Miranda, Vicente Loyola,  Gustavo Riffo, y César Opazo. Arriba: Juan Maturana y José Muñoz.

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Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

15 de julio 2017 , 03:54 p.m.

Ninguna de sus etiquetas supera las 15.000 botellas por cosecha. Su supervivencia en un mundo de producciones industrializadas, de economías a escala y de comercio en grandes superficies parece de entrada un absoluto milagro.

Pero ahí están. Y están no solo rescatando y poniendo en valor tradiciones y vides centenarias, sino aportando identidad, variedad y riqueza a un mundo del vino cada vez más homogenizado, donde la diversidad de orígenes, estilos y acentos ha sido desplazada por el afán de seducir al promedio o por el anhelo de parecerse a los vinos con más éxito en ventas. El sueño de todo gerente de mercadeo, sin duda, pero la muerte misma del vino, que por lo que vale es precisamente por su capacidad de transportarnos a múltiples geografías, uvas, climas, tradiciones, añadas y personas a través de una copa.

Por décadas olvidados, los pequeños viñateros de Chile se han venido convirtiendo en una importante carta de presentación de los vinos de la nación austral. Su rescate de cepas como la país (la que trajeron los conquistadores españoles), de estilos y de terroirs le han dado a Chile una diversidad envidiable y cada vez más aplaudida a nivel mundial.

Por eso los pequeños de la industria vitivinícola de ese país ya no son unos actores de reparto en la gran foto del vino chileno, sino grandes protagonistas. Baste con señalar que ningún crítico de vinos de renombre se da hoy el lujo de visitar Chile sin darse una vuelta por los ‘chicos’ y sus cada vez más interesantes ‘movidas’.

Once de estos pequeños productores visitaron esta semana Bogotá para presentar sus vinos en una misión comercial organizada por ProChile. Todos provenientes de valles fundacionales del vino chileno, Itata, Bio Bio y Maule, donde se hacía vino 300 años antes de que el cabernet sauvignon aterrizara en ese país, a mediados del siglo XIX.

“No es algo nuevo, no es una invención, no es una innovación: lo que está pasando es un renacimiento”, dice con entusiasmo César Opazo, de la viña Erasmo, que produce en el Maule el que probablemente sea el mejor cosecha tardía que se hace en Chile hoy.

“Hablamos de valles que no fueron inventados ayer por la mañana, que ya llevan varios siglos haciendo vinos y con variedades patrimoniales, anteriores a las francesas”, agrega Daniela Gillmore, de la viña que lleva su apellido y cofundadora del proyecto Vigno, que rescató y puso en primer plano al carignan chileno.

Pero ¿qué pasó? ¿Por qué estas zonas, otrora consideradas de vinos sin mayor valor, ahora están en la mira de todos?

Los productores coinciden en que el consumidor ha jugado un papel decisivo. “En este mundo globalizado, la gente está harta de lo mismo y lo que nosotros ofrecemos no solo es auténtico y diferente, sino de calidad”, explica Gustavo Riffo, quien se unió con otros diez viticultores de Itata para fundar Cavas de Portezuelo y producir un espléndido 100 por ciento uva país llamado Chiquillanes.

Juan Ignacio Acuña, de viña Zaranda, cree que “esta vuelta al origen se debe en buena parte a un público cada vez más curioso y exigente, que quiere saber de dónde viene lo que consume; y eso ha hecho que estas nuevas propuestas vayan cobrando mucho valor”.

A lo que Alvin Miranda, que hace un carignan muy seductor llamado Fillo (viña Bowines), añade que si bien “la historia y la identidad son importantes, si no hubiera calidad no habría nada”.

Ayuda mucho que son vinos amables y fáciles de beber, con poca o ninguna madera. Lo cual no significa para nada que carezcan de personalidad y complejidad. Pero todo lo anterior, más su carácter de ‘diferentes’, los hace muy atractivos. Como explica Gillmore, “en la medida que un consumidor empieza a distinguir complejidades, deja de buscar esos vinos industriales, homogéneos, planos, y empieza a valorar y a buscar los matices, los acentos, las diferencias, la autenticidad… Y ahí empieza un camino mucho más rico”.

Otra clave de su éxito tiene que ver con la forma en que se hacen estos vinos, que no nacen de grandes fábricas computarizadas, sino que son hechos a pequeña escala y con conocimientos traspasados de generación en generación. “La gran diferencia con los vinos industriales es que en estos vinos la gente que está detrás tiene rostro, son familias de carne y hueso que trabajan todo el año sus viñedos y lo puedes comprobar. Eso es lo que le da identidad al vino”, dice Miranda.

Y todo esto se cubre con una bandera muy potente: la de producir a escala humana. “La escala humana es preocuparnos de que toda la producción sea sustentable: entender que si el agricultor gana, todos ganamos; entender que si hago agricultura sustentable, no solo garantizo el futuro de mi negocio, sino el de mi familia, mi comunidad y mi región. Y, claro, no producir nunca por encima de nuestras posibilidades, porque ahí se pierde origen y esencia”, dice Miranda.

José Ignacio Maturana (Maturana Wines) piensa que la suma de agricultura sustentable, tradición, rescate patrimonial y autenticidad “genera mucha empatía en el consumidor moderno”. Pero también hay innovación. Maturana, de hecho, hace un orange wine con uva torontel, Naranjo, que recibió 95 puntos en la guía Descorchados, del crítico y columnista de EL TIEMPO Patricio Tapia. “Porque se puede modernizar sin perder las tradiciones”, dice Vicente Loyola, de la viña Loyola’s, que hace un excelente vino de país en Cauquenes y cuenta con orgullo que de su zona acaba de salir un contenedor lleno de botellas de la variedad país con rumbo a Bélgica, lo que hasta hace poco era inimaginable.

¿Qué les hace pensar que hay un hueco para ellos en este mundo de grandes multinacionales del vino? “Nosotros trabajamos con volúmenes pequeños, que si bien serían insustentables para una compañía grande, a nosotros nos permite mantener nuestra identidad y nuestra propuesta. Y eso se conjuga con un público que anda buscando algo diferente, con una historia, con un sentido de origen y de responsabilidad social y medioambiental muy fuertes”, resume Mauricio Mora, de viña Mora Reyes, que produce un buen rosé de cinsault.

Además, agrega Maturana, “al ser pequeños podemos hacer vinos más jugados, que toman más riesgos, y eso nos da una mayor capacidad de propuesta y sorpresa, y nos vuelve más dinámicos e interesantes ante la gente”.

Todo indica que esta historia, que empezó a mediados del siglo XVI con la llegada a Chile de un fraile llamado Francisco de Carabantes, no ha hecho más que comenzar.

VÍCTOR MANUEL VARGAS SILVA
Editor de Domingo

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