El placer de comer en un lugar a puerta cerrada

El placer de comer en un lugar a puerta cerrada

En una misma mesa, comensales que normalmente no se conocen entre sí, disfrutarán de una buena cena.

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Juliana Salazar y David Orozco, chef invitado, en la antesala de una cena.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

13 de agosto 2016 , 07:40 p.m.

Solo algunos días de la semana, y una vez cierra el local, el acogedor comedor interior de la pastelería Camila Marulanda se transforma en La Petite Table.

Cuando esto sucede, a partir de las 8 p.m., al sitio comienzan a llegar las personas que han reservado –a través de internet– un lugar en su larga y única mesa.

Todo está dispuesto para que un grupo de entre 16 y 21 comensales, que normalmente no se conocen entre sí, disfruten de una buena cena. En común solo tienen el amor por la gastronomía y el hecho de haber visto el anuncio del chef invitado de la noche y la descripción del menú que este ofrecerá.

El resto es simple: pedir las bebidas, que se cobran por aparte, y esperar la presentación del chef y el desfile de platos.

Juan David Gracia, chef de Kottbullar, una propuesta especializada en albóndigas de todos los sabores, es uno de los cocineros que ha pasado por el lugar.

Acudir a La Petite Table fue para él la oportunidad de hacer algo totalmente distinto de las albóndigas que hace a diario, e hizo una propuesta de varios pasos, con ingredientes locales.

El precio promedio de las cenas suele estar entre los 65.000 y los 75.000 pesos por persona.

En los cinco meses que lleva funcionando La Petite Table, el menú más costoso ha sido el de Nómada Pop Up: 120.000 pesos por persona. “Ellos son dos cocineros con experiencia en importantes restaurantes de América Latina, dice Juliana Salazar, chef coordinadora de La Petite Table. Están en Bogotá y no tienen restaurante. Buscaban dónde cocinar e hicimos una alianza”. Y añade que la cena fue realmente sorprendente.

Detrás esta nueva propuesta hay un trabajo de logística que se prepara hasta con dos meses de antelación. “Buscamos cocineros constantemente –explica Salazar–. Pueden ser aficionados o emergentes, de los que están surgiendo y no tienen un espacio propio, o cocineros que aunque tienen su restaurante, quieren mostrar algo diferente”.

Una vez ‘detectan’ un posible invitado, los socios del lugar le piden una propuesta de menú al cocinero. Se hace la prueba y se toma la decisión de fijar la fecha y empezar la venta con anticipación suficiente para que el público se programe.

La labor de Salazar está no solo en encontrar los invitados, sino en asegurarse de que no falte ningún ingrediente cuando el cocinero y su asistente lleguen a tomarse la cocina del lugar para comenzar a trabajar.

El resto es comenzar la velada a media luz, en un ambiente íntimo. “Lo mejor, dice Salazar, es cuando se rompe el hielo entre personas que no se conocen, gracias a la comida. Sucede más fácil cuando son menús en el centro de mesa y se dan según la propuesta; por ejemplo, en agosto vendrá un chef de comida árabe”.

Dónde y cuándo

La reserva de cenas en La Petite Table se hace en la página web lapetitetable.co. Informes: tel. 318-4703331; correo hola@lapetitetable.co.

Un taller íntimo y en un castillo

Rumihuaca significa ‘santuario de piedra’, por eso el escritor y dramaturgo Luis Enrique Osorio bautizó así el castillo que construyó en los años 40, con piedras gigantescas de la zona, sobre la carretera, a pocos minutos de Mesitas del Colegio.

Sus herederos han convertido en Santuario Gourmet este hermoso castillo, con su patio interior ideal para parrillas y asados y su amplio salón comedor, donde se pueden preparar desde pastas frescas hasta platos más complejos.

Beatriz Vila, al frente de Santuario Gourmet, dice que la idea de convertir el espacio en escenario de talleres de cocina de fin de semana tuvo como antecedente una experiencia que ella y su esposo, también llamado Luis Enrique Osorio, vivieron hace muchos años.

La pareja viajó a Italia, únicamente a recibir clases de cocina directamente de un chef prestigioso. El viaje consistía en eso: internarse varios días en un hermoso lugar; de día, estar en la cocina a órdenes del cocinero jefe, que les transmitía los secretos de su afamada tradición culinaria; probar sus elaboraciones y pasar noches alegres conociendo los restaurantes de los alrededores.

Solo hace un año, el castillo Rumihuaca comenzó a ofrecer una experiencia que evocaba aquel viaje de la pareja. A partir de redes sociales, página web y voz a voz, Vila va completando grupos, de entre 10 y 15 personas, que puedan coincidir en una fecha determinada (no se da todas las semanas).

Una vez listo el grupo, Santuario se encarga de recogerlos en Bogotá y llevarlos juntos al castillo. En ese primer recorrido suele romperse el hielo. Van con uno de los cocineros profesionales que ejercerán como maestros y anfitriones.

Alrededor del mediodía comienza el taller, que tiene la dinámica de un grupo de amigos que hacen el almuerzo. Mientras unos preparan chorizos hechos en casa –y aprenden sobre la marcha–, otros elaboran el cheesecake que se consumirá de postre, y los demás hacen el chimichurri o cualquier otra receta del repertorio del chef.

Juntos cocinan, aprenden secretos culinarios (por ejemplo, que la manera de quitarles el picor intenso a las cebollas picadas es sumergirlas un rato en jugo de naranja), prueban lo que aprendieron a cocinar y tienen tiempo para disfrutar del paisaje que los rodea.

Una experiencia similar ocurre con la cena y el brunch de los domingos.

Santuario Gourmet trabaja con varios chefs, que se alternan en cada taller: Luis Torres, Juanita Rodríguez Quijano, Martha Espinosa y Pilar Poveda. El costo por persona es de 460.000 pesos (incluye clases, comida, vino bebidas, transporte ida y vuelta desde Bogotá y una noche en el castillo).

Informes en santuariogourmet@gmail.com

Los clandestinos

Los restaurantes a puerta cerrada o ‘clandestinos’ apenas están floreciendo en el país. Aunque ya hay varias propuestas. Sin embargo, su manera de darse a conocer es el voz a voz, puesto que muchos tienen lugar en apartamentos o casas. “La Petite Table tiene la ventaja de no ser un apartamento, sino un comedor que se puede usar en cualquier momento –explica Juliana Salazar–. Podemos hacer más eventos que los ‘clandestinos’, que a veces abren una vez a la semana”.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y entretenimiento

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