Alias Caracol / El otro lado

Alias Caracol / El otro lado

La historia de 'Alias J. J.' es la misma de siempre: narco-alucine, comemujeres, licor y billete.

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'Alias J. J.' cuenta la historia de alias Popeye, sicario de Pablo Escobar.

Foto:

Archivo particular

12 de febrero 2017 , 11:43 p.m.

Esta columna se ha escrito y repetido cuando hay una narconovela. Y podría durar un párrafo que diga que somos un país con alma de narcos, luego estas historias generan reconocimiento (¡somos así!) y escándalo (¡negar la realidad!). Y como generan identificación, producen ‘rating’; y como se hace escándalo, dan muchos clics a los medios. Y fin.

‘Alias J. J.’, que es alias Popeye, que es el sicario de Pablito, que es la ‘celebrity’ que los medios explotan, que es exactamente eso que no queremos ser pero somos… es Caracol. La historia es la misma de siempre: narco-alucine, duros para todo, comemujeres, licor, drogas y mucho billete. Ellos, feos pero frenteros; ellas, bellas pero sexis. No hace falta ‘casting’, de eso sabemos por aquí. Un relato fácil de seguir, es como mirarnos en la calle.

Su lado televisivo es muy bueno porque de ‘narcoestética’ sí sabemos por estas tierras. En lo visual está bien, se gusta el exceso, se goza la grasa, se saborea lo ‘kitsch’, se apasiona por ese mundo paisa hecho de excesos. El ritmo funciona. Los diálogos se entienden.

Todos los actores parecen naturales, lo hacen como si fuera de todos los días. Los modos del habla salen potentes porque reconocen esa práctica excesiva y brillante que tenemos en estas tierras. Los hombres tienen actitud; las mujeres, carnes-deseo.

Lo narco es una realidad que vivimos masivamente en las calles, los noticieros, los empresarios, los abogados, los políticos: billete matacabeza, todo por un escándalo, libros para qué leer si se pueden escribir testimonialmente, para qué amor si se puede comprar el sexo, el poder y los políticos.

Lo único que habría que agregar son tres apuntes:

‘Popeye’ es la celebridad que nos merecemos: sicario, faltón, sin modales, atarván, sapo, sin lecturas, narco. Y con esos valores y este kitsch, los medios nos han dado a conocer en forma de noticia todo sobre su vida, hasta que lo convirtieron en parte de la farsándula nacional. Reflexión: ¿a un personaje como estos no debería echárselo al olvido y negarle toda visibilidad y notoriedad?

Los colombianos llevamos un narquito en el corazón. Todos, pero sobre todo los políticos, los abogados, los expresidentes, los empresarios, los emprendedores, los críticos, los periodistas y, más aún, la farándula. Si no, mirémonos en el espejo cómo actuamos, hablamos, vestimos y expresamos. Si no, miremos cómo lo que importa es el billete, el sexo, las drogas y aparentar. Y esto es así porque llevamos toda la vida con los narcos como paisaje estético, político y moral.

Caracol es el que sabe de narcos. ‘El cartel’, ‘Sin tetas sí’ y ‘Sin tetas no’, ‘Escobar’, ‘J. J.’ Lo hace bien, le saca ‘rating’ y celebra esta cultura. Al narco hay que contarlo porque es nuestro karma, pero falta más criticidad y menos celebración en las historias, los personajes y las actuaciones, ¿o no?

Los narcos son tan mágicos que todo lo que tocan lo convierten en negocio, hasta en televisión. Y Caracol lo sabe.

ÓMAR RINCÓN
Crítico de televisión

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