Heridas de guerra / Séptimo arte

Heridas de guerra / Séptimo arte

La nueva cinta de Mel Gibson mezcla sus inquietudes religiosas y su visión del sufrimiento físico.

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12 de febrero 2017 , 01:21 a.m.

El quinto largometraje de Mel Gibson como director, ‘Hasta el último hombre’ (‘Hacksaw Ridge’, 2016), no lo traiciona como autor.

Es una mezcla de sus inquietudes religiosas –él es un católico tradicionalista y muy conservador– y de su particular abordaje del sufrimiento físico.

Una historia de guerra sobre un hombre que padece de la incomprensión y el abuso de sus semejantes por defender sus ideales religiosos y que luego demuestra su valía se antojaba perfecta para él. Y si ese relato se basaba en hechos reales ejemplarizantes, pues mejor aún.

No pretendo con esta introducción demeritar su película, por el contrario, resalto la coherencia artística de este director, sea que el público esté o no de acuerdo con ella.

Gibson pretende aquí aleccionarnos y lo hace directamente, sin rodeos ni metáforas. Nos recuerda lo que implica defender un credo hasta las últimas consecuencias personales y también nos ilustra sobre el sinsentido de la guerra, por si no lo teníamos claro.

El protagonista de ‘Hasta el último hombre’, Desmond Doss (interpretado por Andrew Garfield), es un objetor de conciencia enrolado en el ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial. No es un remiso ni un cobarde, desea servir a su patria pero no está de acuerdo con la violencia.

La primera parte de la película trata sobre el dilema moral que supone su posición personal frente a unas obligaciones castrenses que no admiten excepciones. Este segmento es el mejor manejado, el que permite apreciar las complejidades del drama que para este hombre implica el sostener una postura que a la vista de todos es incomprensible. De repente llega la guerra y nos vamos para la isla de Okinawa a librar una de las batallas más cruentas que la historia recuerde.

Las tropas aliadas se enfrentan a una geografía imposible y a un enemigo casi invisible, obstáculos ambos aparentemente infranqueables.

Los espectadores del filme también nos enfrentamos a algo difícil: la descripción extremadamente explícita, casi a niveles sádicos, que Gibson nos ofrece de los heridos, mutilados y muertos en esa batalla.

No hay piedad para esos caídos, no hay respiro para nosotros. El director quiere que suframos, que mínimamente padezcamos las consecuencias físicas y mentales de una guerra, que nos llevemos ese dolor a casa.

Me pregunto si ser tan gráfico es o no una buena medicina.

A veces siento que estas lecciones tan francas son contraproducentes, y que el rechazo que generan arrastran con cualquier otra cosa que la película quisiera decirnos. Pero así es Mel Gibson, y este es su cine.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Especial para EL TIEMPO

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