El mar de las contradicciones / Séptimo arte

El mar de las contradicciones / Séptimo arte

La cinta colombiana ‘Una mujer’, es codirigida por Daniel Paeres y Camilo Medina.

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18 de junio 2017 , 02:29 a.m.

La película colombiana ‘Una mujer’ (2016), codirigida por Daniel Paeres y Camilo Medina, tiene el reto de superar la anécdota del bajo costo y la rapidez de su producción, que explica –pero no disculpa– sus errores evidentes (el desenfoque, los problemas de continuidad, el montaje a saltos, el movimiento de la cámara), para ponerse en pie por sus propios méritos, ya que los tiene.

Es llamativo el contraste entre los defectos formales y lo interesante de la narración, que nos habla de un triángulo afectivo que tiene un ángulo dominante claro: una joven llamada Gabriela que llega de nuevo al país tras una larga temporada en el exterior. Se fue huyendo de sí misma y de sus responsabilidades y compromisos, buscando algo cercano a una paz interior que solo ella podría definir. Ahora vuelve sin saber muy bien para qué.

Este personaje –hundido en su mar de contradicciones personales– está muy bien construido. Es una mujer contemporánea y, por ende, totalmente libre, sexualmente activa, muy consciente de su atractivo y de su poder sobre los hombres; pero igualmente Gabriela (interpretada por Diana Giraldo) es impulsiva, voluble, egoísta y sin un rumbo concreto. Lo suyo es sentir, experimentar, estar a toda hora libre de ataduras. El futuro y los planes a largo plazo no existen, es un presente continuo. Ella representa a muchas jóvenes de hoy, temerosas a asentarse en un hogar o un trabajo.

Gabriela –una mujer de clase media alta– regresa y busca a su expareja y a su ex-amante, con el fin de restablecer contacto con ellos, sin importar qué tanto desorganice sus vidas. Uno diría que una persona así no le conviene a nadie, pero la película es hábil al mostrarnos cuánto pesa el deseo que despierta ella en ese par de hombres: sentimientos y sensaciones inexplicables para quien las ve desde afuera, pero que obedecen a una mecánica del placer que ‘Una mujer’ no pretende explicar pero sí exhibir, incluso de manera explícita. La pasión interna que refleja Gabriela es algo absolutamente irresistible, por absurdos y etéreos que sean sus proyectos.

No es este un personaje empático que despierte el agrado o la solidaridad del público, sorprendido más bien por la agresividad y la falta de escrúpulos que ella muestra a fin de conseguir sus objetivos. De ahí que la película sea sólida al crear un conflicto dramático que le dé otra dimensión –más extrema– a su regreso. Lástima que los aspectos técnicos no le hicieran justicia a un material narrativo con tanto potencial como el de ‘Una mujer’.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Especial para EL TIEMPO

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