‘Estamos en una cultura enferma, lo estamos destruyendo todo’

‘Estamos en una cultura enferma, lo estamos destruyendo todo’

Entrevista con el director del filme ‘Mondovino’, que desnudó el mundo del vino actual.

Industria del vino

Jonathan Nossiter ve el auge de los vinos naturales en el mundo como un acto político e insurreccional, y le da una connotación muy profunda.

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Archivo / EL TIEMPO - Patrick Bernard / AFP

10 de febrero 2018 , 11:22 p.m.

“Cuando un viñedo se convierte en un páramo tóxico, prefiero irme de vacaciones a Chernóbil”. Stefano Bellotti, agricultor del Piamonte, toma con gusto el rol de iconoclasta. Comparte la mesa con Giovanna Tiezzi, Stefano Borsa, Corrado Dottori, Valerio Bochi y Elena Pantaleoni, colegas de distintas regiones de Italia que forman parte del movimiento que reivindica el vino natural.

La fonética hipnotiza, la conversación fluye al ritmo de botellas sin etiqueta que se vacían, la casona luce manchones de humedad en las paredes, pero el paisaje de la Toscana presagia que no existirá tal cosa como el fin del mundo. La película se llama ‘Resistencia natural’. Detrás de cámara, inmerso en las conversaciones, el director Jonathan Nossiter lo hace de nuevo: dejar al desnudo el mundo del vino, para esta vez mostrar la piel que lo va a salvar.

Nacido en Washington y radicado en Roma desde el 2011 –junto con su mujer y productora, Paula Prandini, y sus tres hijos–, Nossiter, de 56 años, ha filmado con Charlotte Rampling, Stellan Skarsgård, Bill Pullman y John Hurt, y sus películas han ganado premios en Sundance y Berlín. Pero el documental ‘Mondovino’, donde desnuda lo peor del mundo del vino actual, y que fue nominado a la Palma de Oro de Cannes en el 2004, marcó el punto de inflexión en su carrera.

Némesis de ‘Entre copas’, en la que se glorificaba al Valle de Napa (California) a través del personaje neurótico e inolvidable de Paul Giamatti, ‘Mondovino’ lidia con casos reales en ocho países. Desde su estreno, Nossiter se ganó el desprecio del ‘establishment’ del vino, pues no tuvo problema en cuestionar a gurús de la talla del enólogo francés Michel Rolland y el crítico estadounidense Robert Parker Jr. Incluso se lo llegó a rotular como ‘el Michael Moore del vino’.

“La idea del vino como un acto industrial es la muerte en sí misma. Me gusta comer y beber, pero después de cierto punto es solo masturbación, el mundo estetizante del placer burgués. El vino es solo interesante en cuanto espejo de la cultura general y de lo que hace un agricultor cada día pensando en el mundo”, dice Nossiter vía Skype, desde Roma, antes de volar a Buenos Aires, donde proyectó su película en el marco del 7.º Encuentro Sudamericano de Viticultura Biodinámica.

‘Resistencia natural’ baja de escala respecto de ‘Mondovino’, pero redobla el espíritu en sintonía con un tendal de documentales que en la última década han buscado generar conciencia alimentaria: El mundo según Monsanto, ‘Fast Food Nation’ y ‘Super Size Me’, entre tantos otros. Buena parte de su postura se resume en que comer y beber hace rato dejaron de ser solo una necesidad o una búsqueda de placer, para transformarse –en muchos casos– en una toma de posición ante el planeta.

¿Cómo fue el proceso de sacudir el ambiente del vino con ‘Mondovino’ y pasar a una apuesta mucho más chica, como ‘Resistencia natural’?

Después de haber hecho la miniserie de ‘Mondovino’, con las 500 horas de material que no pude incluir en la película, pensé que mi pasión por plasmar el vino en el cine estaba agotada.

La idea de ‘Resistencia natural’ surgió de pasar tiempo con los viticultores y quedarme cautivado por su compromiso. Si los personajes de ‘Mondovino’ parecían un choque entre actores de Hollywood de los años 80 y del cine clásico francés de los años 30, los de ‘Resistencia natural’ mezclan el espíritu libre de los años 60 con las típicas comedias italianas de los años 70. Es una película mucho más simple, pero al mismo tiempo más madura.

Cuando hice ‘Mondovino’, me parecía imposible que ocurriera algo así, y hoy lo estoy viendo. Por eso estoy convencido de que estos viticultores naturales son héroes de nuestro tiempo

En los últimos 10 o 15 años se dio el milagro de esta insurrección de los viticultores naturales, que entendieron que no basta con satisfacer las exigencias de lo orgánico que dicta el mercado. Son miles de personas, principalmente en Italia y en Francia, de izquierda, de derecha, pobres, ricos, burgueses o clase media, que a través del vino buscan recuperar la conexión con el campo, con la naturaleza y con lo que comemos. En definitiva, con la calidad de nuestra vida.

Cuando hice ‘Mondovino’, me parecía imposible que ocurriera algo así, y hoy lo estoy viendo. Por eso estoy convencido de que estos viticultores naturales son héroes de nuestro tiempo.

En los últimos años se multiplicó la información y la concientización sobre la alimentación y las prácticas saludables, y el mercado convencional tomó nota de eso. ¿Cómo encontrar el punto de acción verdadero?

Las industrias tienen la capacidad de apropiarse de estos movimientos auténticos, como las cadenas de hipermercados que dicen vender comida orgánica. Enfrentarlas es imposible, tienen el poder, pero eso no impide hacer cosas por el costado. El movimiento del vino natural es una revolución ética. Cuando estrené ‘Resistencia natural’, se calculaban unos 500 productores de vino natural en Italia, y ya existe el doble. Pero además hay un efecto contagioso hacia las ciudades, a través de los distribuidores, los restauranteros y los comunicadores. Así es que en París, por ejemplo, en 15 años los lugares para tomar vino natural pasaron de dos a 350, y eso se repite en otras capitales, como Tokio o Nueva York. Hay una red de personas con un deseo muy diferente a los sueños del neoliberalismo. Son jóvenes de entre 20 y 40 años que dejaron sus profesiones de banqueros, periodistas, fotógrafos, cineastas. Buscan compartir desde lo tangible y verdadero.

Una de las fuerzas más destructivas de nuestro mundo actual es la compartimentación, es el perfecto fascismo. Por suerte surgen personas con reflexión en 360 grados. La libertad existe cuando puedes mirar en todas las direcciones. Por todos estos motivos, a este movimiento lo veo como un acto político.

Al mismo tiempo, las tendencias se banalizan rápido por esnobs o elitistas, y eso se aprovecha para elevar los precios hasta casi lo inaccesible. ¿De qué manera vive esa contradicción?

El acceso al alimento de calidad es un problema enorme. Y los que más lo sufren son los más pobres y los menos educados. Solo en Italia los pobres comen mejor que los ricos, porque persiste una cultura de personas de las ciudades que se relacionan con el campo. Hay una posibilidad de comer lo mejor por nada. Pero el modelo en expansión en la gente con bajos recursos es uno de obesidad y mala nutrición. Una contradicción muy loca. Cuando hacía esta película, el agricultor Stefano Bellotti insistía en que el vino natural tenía que ser caro, y yo no estaba de acuerdo. Con el tiempo, fui entendiendo lo que quiso decir. Está relacionado con todo lo que hacemos como parte del mercado del consumo. Propiciamos que la gente con bajos recursos compre un teléfono nuevo por una fortuna, pero si se trata de comprar comida orgánica de verdad, el mensaje es que esta es ‘muy cara’. Stefano tiene razón. Lo que comemos es lo que somos como cultura. Estamos viviendo un momento de cultura enferma, tal vez el más grave de la historia. Tal vez no sobrevivamos, estamos destruyendo todo. Investigué para un libro que escribí, y hay datos asombrosos. Descubrí, por ejemplo, que para alcanzar el valor nutritivo de una manzana de 1950 hay que comer 100 manzanas de hoy.

Investigué para un libro que escribí, y hay datos asombrosos. Descubrí que para alcanzar el valor nutritivo de una manzana de 1950 hay que comer 100 manzanas de hoy

En ese contexto, pagar un poco más por una manzana auténtica no debería significar nada. Y lo mismo ocurre con la harina. Décadas atrás, se podía sobrevivir comiendo pan, pero la calidad de la harina hoy es otra. Lamentablemente, son cosas que solo la élite sabe. Pero, insisto, este tipo de movimientos me generan una pequeña esperanza.

Conexiones cósmicas

La inteligencia colectiva del movimiento del vino natural tiene una madrina, la periodista estadounidense Alice Feiring, quien plasmó su posición en un libro: ‘La batalla por el vino y el amor’ (2011). Y se nutre permanentemente de pequeñas células distribuidas en cada país en los que crece la vid.

El búnker en Argentina funciona detrás de la puerta de un garaje en Almagro. Desde allí, el francés Nicolas Ronceray (34 años) maneja una carta de 50 etiquetas de pequeños productores. “Hay gente que hace plata y no me interesa. Y hay gente que hace vino, y voy con ellos hasta el fin del mundo. El vino natural no tiene un manifiesto, todo pasa en la copa, es una reflexión constante, el disfrute en su máxima pureza”, enuncia, mientras huele los panes que servirá una hora después en Los Divinos, su restaurante a puerta cerrada.

Nossiter conoce a Ronceray de cuando el francés le servía queso y vino en el bistró La Vene Volé, uno de los pioneros en el movimiento, en el distrito 10 de París. Por eso, su agenda porteña incluye Los Divinos para introducirse en los vinos naturales argentinos. “No conozco nada, me llenan de curiosidad. Tomé muchos vinos argentinos de los años 60 y 70, cuando todavía mostraban una identidad de ‘terroir’. Eran increíbles. Pero volví a probarlos desde fines de los 80 y ahí ya noté cómo se había destruido su identidad para adaptarse al mercado. Parte de eso quedó reflejado cuando entrevisté a Arnaldo Etchart para ‘Mondovino’: sacrificó toda la expresión de un lugar al servicio de una homologación global”, recuerda.

Ahora bien, ¿cómo definir los vinos naturales? Para empezar, a diferencia de sus parientes más cercanos, los vinos orgánicos y biodinámicos (elaborados sin intervención sobre la naturaleza y con base en los principios de Rudolf Steiner, también creador de la pedagogía Waldorf), los vinos naturales le escapan a cualquier tipo de certificación. La premisa es transmitir la escala humana, la confianza y, por qué no, el riesgo.

Esto implica interpretar los ciclos de la naturaleza sin ningún tipo de intervención técnica ni química, el culto al manejo sustentable, pleitesía a las levaduras indígenas para la fermentación de la uva y, contra el posible prejuicio, una apertura mínima al anhídrido sulfuroso (sulfitos), avalada por el milenario sistema que usaban los romanos.

“Desde hace relativamente poco empecé a probar los vinos naturales con atención especial y la verdad estoy fascinado, así como varios ‘wine-writers’ en el mundo. Son vinos con acidez volátil, aromas terrosos y rusticidad de puro carácter. Quise encontrar a una oveja negra, pero hasta ahora no encontré ni un vino defectuoso, más allá de que las características de producción impliquen cierta irregularidad entre cosechas”, reflexiona el sommelier argentino Alejandro Iglesias.

Nossiter también es ‘sommelier’ profesional y durante años diseñó las cartas de vino de restaurantes reputados en Nueva York y París, pero hace rato no habla como tal.

En sus películas se propicia en cierto modo una desobediencia civil hacia la modernidad. ¿Cómo se inserta esa mirada en su visión sobre la era Trump en Estados Unidos, su país natal?

Es una lástima, pero lo merecen. Estados Unidos es un país muy enfermo, antes o después de Trump. Y, ya que hablamos de vinos, lo que se produce allí es un fiel reflejo de todo esto, le hacen muy mal al mundo. Claro, si estás acostumbrado a las películas de Bruce Willis, cuando ves una de Fassbinder o Pasolini te parece imposible de seguir. Es cuestión de estar abierto a una revelación de un mundo radical, pleno de vida, sin miedo al sufrimiento. La síntesis de lo que reivindica esta desobediencia joven rural: el símbolo de una revolución posible, pacifista, amorosa y anticonceptual.

ARIEL CUKIERKORN
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @LANACION

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