Deseo y maldad / Séptimo arte

Deseo y maldad / Séptimo arte

El director de teatro William Oldroyd debuta en el cine con la cinta ‘Lady Macbeth’.

Lady Macbeth

Escena de 'Lady Macbeth'.

Foto:

Cortesía

24 de septiembre 2017 , 01:21 a.m.

El director de teatro William Oldroyd debuta en el cine con ‘Lady Macbeth’ (2016), una potente adaptación de la novela de Nikolai Leskov, ‘Lady Macbeth of the Mtsensk District’, publicada en 1865 y convertida en una ópera por Dmitri Shostakóvich en los años treinta y en una película previa –‘Siberian Lady Macbeth’– por Andrzej Wajda en 1962.

Oldroyd y la guionista Alice Birch han trasladado la acción a la Inglaterra rural del siglo XIX para contarnos la historia de una mujer, Katherine, una joven recién casada, involucrada en un matrimonio que es, ante todo, una transacción comercial entre sus padres y su suegro.

El filme –seco y riguroso en su estructura formal– nos ahorra antecedentes y contexto. Empieza en la boda y de ahí a esa primera noche junto a un hombre que es un desconocido para ella y a quien debe tratar casi como su amo. La expectativa y la ilusión conyugal de esta mujer (interpretada con fiereza por la actriz inglesa Florence Pugh) se convierten en cansancio y odio, pues la palabra sumisión no existe en su vocabulario.

Habitante casi solitaria de una gran mansión que suena a cárcel, y que el director Oldroyd nos muestra en planos de estática belleza, Katherine da rienda suelta a su espíritu libre, a sus ganas de satisfacer sus deseos, sus necesidades como mujer y su curiosidad. Cueste lo que cueste. Pasando por encima de las normas sociales y la ley, si es del caso.

‘Lady Macbeth’ es un homenaje al cine negro, un género que hizo de la ‘femme fatale’ un símbolo de lujuria, caos y maldad. Katherine intuitivamente tiene claro como alcanzar sus fines, presa de un furor y de una falta de introspección y de remordimiento que alcanzan a ser patológicos.

La fuerza amoral de este drama pasional es posible que incomode, sobre todo porque Katherine no tiene límites. ¿Y qué busca esta mujer? Ni ella misma lo sabe ya, perdidos todos los frenos y cualquier asomo de dignidad. Tras saciar la sed, a veces lo único que queda es el hastío.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Especial para EL TIEMPO

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