Fama y olvido, la tragedia del actor de 'El abrazo de la serpiente'

Fama y olvido, la tragedia del actor de 'El abrazo de la serpiente'

Su casa está a punto de derrumbarse y su comunidad piensa que la película le dejó mucho dinero.

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El actor que encarna a Karamakate, en los Óscar 2016, donde 'El abrazo...' fue nominada como mejor película de habla no inglesa.

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Reuters

23 de agosto 2016 , 10:53 a.m.

En el puerto civil de Leticia, justo antes de abordar una embarcación colmada de turistas que se enfilará río arriba por el Amazonas, y esperando su turno como cualquier otro, aparece Antonio Bolívar, el actor de la primera película colombiana nominada a un Óscar. Sostiene en su mano izquierda una bolsa de tela, viste un pantalón de dril gris, una camisa azul del cielo y una gorra desteñida.

El protagonista de El abrazo de la serpiente –quien dio vida a un envejecido personaje llamado Karamatake, encargado de guiar a través de la selva al etnobotánico Richard Evans en busca de la yakruna, planta que le devolvería la capacidad de soñar– hoy se confunde entre tanto leticiano.

Después de ser aclamado en diferentes países de Europa y América, y de ser portada de decenas de periódicos y revistas, este indígena ocaina de 72 años siente que el país al que hizo vibrar con la posibilidad de ganar su primer premio de la Academia lo abandonó. Las palmas de sus manos, arrugadas y callosas, son como un mapa de la selva y sus ojos, tan profundos y caudalosos como el río Amazonas.

Se lo ve en Leticia porque tiene su casa en un resguardo indígena, a 7 kilómetros de allí, también por Puerto Nariño (el segundo municipio del departamento del Amazonas), donde vive uno de sus cuatro hijos.

Con timidez, sonríe, observa con cautela, siempre dispuesto a una foto, a un saludo o a una calurosa charla sobre cómo es codearse en la alfombra roja con la crema y nata del cine mundial.

Contó, por ejemplo, en conversación con EL TIEMPO, que en Hollywood, tras la ceremonia en la que El abrazo de la serpiente por poco se consagra como la primera película colombiana en ganar un Óscar, fue fotografiado con Sofía Vergara y Leonardo DiCaprio. En medio de la confusión, sin embargo, no se enteró de en qué momento sucedió esto.
“Cuando yo hablaba frente a una cámara, ya venía la otra; no me di cuenta de a qué horas vino Sofía Vergara.

También vino el señor grande este, ¿Caprio? Ese estaba conmigo y tampoco me enteré”; encajó en sus labios anidados de arrugas una sonrisa reticente. (Vea también: La pinta de Antonio Bolívar en los Óscar)

Luego de su papel, en el que tuvo que abrir su corazón hasta los límites, según contó, los reconocimientos, las entrevistas, los aplausos, los abrazos e invitaciones a almorzar fueron tan recurrentes como los apocalípticos aguaceros de la Amazonia. Antonio, incluso, fue requerido para una superproducción hollywoodense.

Después de dar vida a Karamakate, tenía que desplegar su talento frente a actores como Robert Pattinson y Tom Holland en Lost City of Z, filme dirigido por James Gray que verá la luz el 15 de octubre próximo en el cierre del Festival de Cine de Nueva York.

Bolívar sostiene que para ser buen actor es necesario explorar, como en una travesía por la selva, lo más profundo y desconocido del corazón.

Con esto en mente, se embarcó en su nuevo trabajo; sin embargo, su aparición se limitó a los últimos instantes del filme en el que, según contó, tuvo que hablar en huitoto “unos 4 minutos nada más”.

De vuelta a la realidad

Al cabo de su reconocimiento y de destacadas apariciones en los más encumbrados escenarios del séptimo arte, hoy su casa está a punto de caer y él vive de la solidaridad de los turistas que se toman fotos con él.

“Tras la película vivo con esto que estoy haciendo con usted, con la fama, con las fotos; algunos me botan un billetico de 5.000, 10.000, 20.000 pesitos”, relató Bolívar días antes de embarcarse a Punta del Este (Uruguay), donde el elenco de la película se alzó hace algunas semanas con siete reconocimientos en los premios Platino.

Por su papel protagónico en El abrazo de la serpiente, Bolívar suscribió un contrato por tres meses y 10 millones de pesos de los cuales, según contó, le fueron descontados 3 millones por salud y pensión (obligaciones que desconocía y que considera injustas). No obstante, su gente cree que el dinero llueve cada vez que un medio de comunicación anuncia un nuevo galardón para la película.

“Por la televisión, todo el mundo se da cuenta de los premios, pero lo triste es que se me acercan niños pobres -que hormiguean en el Amazonas- y me dicen: ‘Don Antonio, regáleme para mi pan que no he comido’, y yo no tengo; la gente piensa que estoy lleno de plata”, solloza Bolívar.

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Juan Diego Buitrago

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“Su patrón ganó tantos millones y sigue ganando, y a usted le tiene que mandar mensualmente con qué vivir y mantenerse. Ya a su edad no es para que se esté asoleando por ahí”, le comentan a diario a Bolívar muchos de sus paisanos.

Sin embargo, no es cierto que le deban enviar mensualmente dinero por su participación en el filme. Este hombre, que en su cabeza sostiene un incipiente pero blanquísimo cabello, ha recorrido el mundo.

En Mar del Plata (Argentina), Antonio fue a recibir, en reemplazo de Ciro Guerra, el Golden Astor a la mejor película.

En este lugar le dieron una copa, según sus descripciones, de dos kilos de oro. Al llegar a Bogotá, con el trofeo entre sus manos, un enviado de Ciro lo esperaba para que le enviara la encomienda gaucha.

Bolívar dice que era lo correcto entregársela, “tenía el nombre de él”, soltó. Pero en su corazón se atravesó una incertidumbre.

En Hollywood le dieron una réplica del Óscar que atesoró con pasión. La llevó hasta su casa y la guardó celosamente como un recuerdo de la gloria que besó y porque consideraba que podría tener algún valor que lo sacara de alguna futura aflija.

Un día, inundado de una curiosidad infinita, tomó el pequeño Óscar y con delicadeza quirúrgica empezó a quitarle un protector de plástico que lo arropaba, sin embargo, contó con la mala fortuna de que se desnucó.

Relata que del cuello brotaba un ‘aserrín’. Asustado, acomodó como pudo la desdichada cabeza y volvió a guardarla. Tras unos días una amiga quiso ver la réplica: “¡esto es chocolate!”, sentenció.

“Yo me siento engañado y le voy a mostrar a Ciro para decirle que esto es un engaño, mientras él se ganó una copa de oro, que yo la recibí, sentí el peso, a mí me dan esto”, anotó con decepción Bolívar.

La producción responde

Ciro Guerra se pronunció, advirtió que ningún trabajo de tres meses, aunque sea bien remunerado, es suficiente para sacar a alguien de la pobreza.

“Lo único que quiero decir es que mi aprecio y agradecimiento hacia don Antonio son infinitos y estaré ahí para ayudarle en todo lo que pueda. De ninguna manera lo hemos engañado ni maltratado”, explicó el director.

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Ciro Guerra, Cristina Gallego, Antonio Bolívar y Brionne David, en la ceremonia de los Premios Óscar. Foto: Lucy Nicholson / REUTERS.

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También argumentó que la situación de Bolívar, que es el reflejo de lo que viven los indígenas del país, se sale de sus manos. “Es cierto que la pobreza y el abandono son parte de la vida de nuestras comunidades indígenas y de nuestros adultos mayores. Ese es un problema social, y ninguna película puede solucionarlo. Es responsabilidad del Estado”, explicó un Guerra que cada que puede envía mensajes de solidaridad a las comunidades con las que trabajó en la película.

Cristina Gallego, productora de El abrazo, esposa de Guerra, comentó sobre los premios que mencionó Antonio Bolívar. Sobre el trofeo, que según él era de dos kilos de oro, dijo que desconoce si es de bronce o plata, pero que no tiene, como la mayoría de los reconocimientos que han recibido, valor comercial.

Sobre el Óscar de dulce, al narrarle lo que le sucedió a Antonio, sonrió. “De esas réplicas recibimos treinta y tres en una cena que tuvimos tras la ceremonia de los premios. Cada uno se llevó una, nos faltó explicarle a Antonio de qué se trataba”, manifestó Gallego.

“Él tiene más de 70 años, hace un tiempo nos llamó a decirnos que se le estaba cayendo la casa y gestionamos con la Alcaldía de Leticia para que le den alguna ayuda, pero desconozco si hay algún tipo de pensión por su edad o beneficios por pertenecer a una comunidad indígena”, explica Cristina, quien se solidariza, como su esposo, con la situación de su actor estrella.

La entrevista que concedió Bolívar a EL TIEMPO fue en medio de la selva, pocos días de ir a Uruguay, a los premios Platino.

En ella Antonio contó que en este viaje hablaría con Ciro sobre su situación. “Quiero decirle: Ciro, póngase en mi lugar, si usted fuera Bolívar y yo Guerra, ¿usted aguantaría hambre? Necesitaría comer, vivir; usted tiene en este momento cómo vivir, en cambio, yo no”, dijo Bolívar, como practicando un guion.

En esta nueva aventura internacional, en Punta del Este, ‘Karamatake’ estuvo coronado por un racimo de plumas de mil colores y enganchado por su cuello con un collar de cinco colmillos de jabalí.

“Es un placer estar aquí. Con hermandad podemos hacer muchas cosas valiosas. Quiero mostrar lo que es ser iberoamericano, suramericano, latinoamericano e ¡indioamericano!”, gritó un orgulloso Bolívar frente a una multitud.
Un abrazo solidario

Y parece que lo de hermandad no se quedó en palabras. Tal como le contó a EL TIEMPO, en Uruguay, Antonio abordó a Ciro para comentarle sobre su situación.

“Diplomáticamente le dije lo que debe ser. Lo que me hizo entender es que por el trabajo de la película se me pagaron los tres meses y, por otro lado, que él no es quien mueve todo, es un empleado también”, contó un ilusionado Bolívar, quien ya fue inscrito en la sociedad de gestión para que recaude sus regalías por su participación en la película. Sin embargo, los frutos de esto no se verán en el corto plazo.

Hay dos cosas que no dejan dormir a este hombre que en su tierra es una estrella, pero también uno más. La primera, su casa, que está a punto de caer y para la cual ya recibió una ayuda, pero a medias. Le dieron ladrillos, cemento, tablas, pero olvidaron las varillas, la arena y la gravilla para las columnas.

“Estoy en la misma, nada se ha hecho ni allá ni acá. Ciro me dijo: ‘en el Amazonas el gobernador y el alcalde te tienen que ayudar a hacer una buena casita’, pero aquí dicen que es el director el que tiene que pagar”, lamentó Antonio, a quien además lo aqueja un dolor en la rodilla derecha que apacigua con plantas y rezos amazónicos.

Mientras espera que algo pase con su casa, tiene otro gran dolor de cabeza. Se trata de su hogar natural: su selva, sus árboles, sus creencias, su agua, sus caimanes, monos y mariposas.

Como hizo en su discurso en los premios de Cannes, en el 2015, cuando llamó la atención sobre el calentamiento global, eleva su voz para que el planeta proteja su único hogar. “Le pido al mundo, por favor, no más perforaciones de petróleo. Nosotros decimos que la madre Tierra nos da el alimento que consumimos, y nuestros hermanos menores –que son ustedes– van perforándola, sacándole la sangre. Dentro del corazón de la Tierra, según nuestra historia indígena, hay una inmensa boa que al sentirse atacada comienza a moverse; por eso los maremotos, los terremotos, los deslizamientos, los cambios del movimiento de la Tierra”, advierte, con enfado.

Abrigado en la sabiduría de sus dioses y embriagado con el aroma profundo de sus plantas, Antonio espera que, así como la milagrosa yakruna, la planta que en la película motivó a dos extranjeros a hundirse en el corazón de la selva, aparezca algo que aliente, de nuevo, su capacidad de vivir y soñar.

ÓSCAR MURILLO MOJICA
Redacción EL TIEMPO ZONA

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