Diego Arango, el artista que usó su voz recia contra los poderosos

Diego Arango, el artista que usó su voz recia contra los poderosos

Perfil del polifacético pintor, fundador del Taller 4 Rojo, agrupación de arte político.

Diego Arango

Diego Arango Ruiz, fundador del Taller 4 Rojo, en agosto del 2007.

Foto:

William Alfonso López Rosas. Taller ‘Historia crítica del arte’-Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional

11 de septiembre 2017 , 10:15 p.m.

SUM: Semblanza del polifacético artista Diego Arango Ruiz, fundador del Taller
4 Rojo, agrupación de arte político de la segunda mitad del siglo XX.

El trabajo del Taller 4 Rojo (T4R), que fundaron Diego Arango Ruiz, fallecido el pasado 17 de abril, y otros importantes artistas en los años 60 y 70 del siglo pasado, no tiene precedentes.

La reunión de importantes creadores, su estrecha conexión con los movimientos sociales y políticos, su valor, espíritu contestatario y de denuncia, la variedad y contundencia de sus obras y su corta pero vibrante existencia, no obstante su éxito, son algunos de los hitos que se estudian en las facultades de arte y sociología del país y del exterior. Y sus obras siguen produciendo admiración e interés.

Arango, uno de sus gestores, nació en Manizales, pero pronto su familia se trasladó a Cali. La Violencia de los años 50 los obligó a dejar su tierra natal.

Estudió en el Colegio Santa Librada y participó en la primera huelga estudiantil que se hacía en un colegio de secundaria del Valle del Cauca. Esa institución comenzó, desde esos años, a llamarse ‘Santa Pedrada’. No terminó su bachillerato allí porque lo expulsaron, como lo relató en varias oportunidades, pero no por motivos políticos.
Entró a estudiar Bellas Artes en Cali, pero decidió cambiar su rumbo y se matriculó en la Facultad de Filosofía en la Universidad Nacional, con un examen individual, porque era muy joven, 18 años.

En esas clases, en las que Arango se destacaba por la profunda reflexión que hacía de variados temas y por ser de las más politizadas, no se quedaría mucho tiempo.

Su inclinación artística pesó más. Se trasladó a la Facultad de Artes, de la que tampoco se graduó porque nunca presentó el proyecto de tesis. Eso sí, brilló como uno de sus alumnos más aventajados.

Desde muy pequeño, Diego supo que lo suyo no era solo la teoría, sino también la práctica. Trabajó como investigador de artes plásticas en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Se metió de lleno en el mundo artístico de la época. Conoció a la pintora abstracta Nirma Zárate, ganadora del segundo premio, en la edición quince, del Salón Anual de Artistas. Se hicieron pareja. Vivieron algunos años en el exterior y en 1970 se establecieron en el village bogotano: barrio La Macarena, en el centro de la ciudad.

Ahí, cada uno dejó sus intereses de lado y se volcaron hacia el trabajo político conjunto, casi que sin proponérselo, como los dos confesaban cada vez que se les preguntaba por esa asociación artística, inédita en la época y en el mundo artístico, donde cada quien quiere brillar con luz propia. Sus ideales revolucionarios y activismo político se reflejaban en grabados, serigrafías, carteles, afiches, propagandas políticas, que eran muy reconocidos por las organizaciones sociales y políticas y por un puñado de colegas que admiraban su entrega a causas sociales que no daban dinero ni reconocimiento, sino cantidades de problemas.

Contaba Diego que Marta Traba, amiga de Nirma, aseguraba que la unión con él le había hecho mucho daño a su carrera artística.
No sería una crítica duradera porque cuando reconoció la importancia de esa obra conjunta, muy en sintonía con lo que pasaba en otros países de América Latina en el desarrollo de las artes gráficas, lo expresó públicamente y llevó a su hijo Gustavo Zalamea a la escuela que la pareja había abierto en el tradicional barrio Palermo.

Diego Arango

El tríptico ‘Agresión del imperialismo’, sobre la guerra del Vietnam, una de las obras de Arango con mayor reconocimiento.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Tropel y arte

La década de los setenta se inicia con el polémico triunfo electoral de Misael Pastrana Borrero, para muchos el fraude monumental a la Anapo y al desarrollo, y el nacimiento en varios países de talleres de artes gráficas ligados con movimientos populares locales. En México el Taller de Artes Populares de Guadalupe Posada, en Uruguay el de Joaquín García y en España el Equipo Crónica son algunos ejemplos de la reunión de destacados artistas con las causas populares.

Con el siguiente párrafo son presentadas las obras de este período en una de las salas del Museo de Arte Moderno Miguel Urrutia de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

“El florecimiento de la gráfica en el país durante el tránsito de los años 60 a los 70 puede asociarse al afianzamiento de las técnicas tradicionales del grabado como un medio plenamente artístico y al mismo tiempo a la difusión de otras tecnologías para la reproducción de la imagen, que vinieron de la mano con el diseño gráfico y el desarrollo de la publicidad y de los medios de comunicación masiva en una sociedad de consumo plenamente urbana”.

En Colombia, esta práctica artística venía a hacerles compañía a los grupos teatrales de Creación Colectiva, como La Candelaria.


Diego y Nirma se unieron a estas experiencias teatrales y a otras ligadas con grupos políticos de izquierda y crearon el Taller Escuela Causa Roja.

Comenzaron a trabajar con sindicatos como la Federación Nacional de Trabajadores al Servicio del Estado (Fenaltrase), el Instituto Nacional Sindical, con los campesinos de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc), Línea Sincelejo, con los indígenas de la Organización Indígena Campesina (Onic), con los estudiantes y con varios de los muchos grupos sociales que buscaban reivindicaciones sociales y eran perseguidos ferozmente por los distintos gobiernos.

Muy pronto se les unió el escritor Jorge Villegas Arango, autor del mítico libro Petróleo colombiano, ganancia gringa, quien jugaría un papel importante, señaló Diego Arango en entrevistas, al llevar a otros artistas e intelectuales a su grupo.

Villegas los acercó, también, a la naciente revista Alternativa. Diego y Nirma fueron autores de algunas de las portadas de la novel revista que eran agotadas por un público que, además de leer una información periodística inédita sobre la realidad nacional, se encontraba con una obra artística y de ñapa recibía un afiche, invaluable producto de arte contestatario, muy apreciado ayer y hoy.

No hubo obra, de las que crearon Nirma Zárate y Diego Arango, que no fuera considerada por los movimientos sociales y políticos como emblemática de su lucha o que pasara inadvertida en ese período de denuncia por el establecimiento de la tortura en cárceles y brigadas militares y por las desapariciones forzadas de decenas de dirigentes cívicos y populares.

Pero, sin lugar a dudas, sería su tríptico de afiches sobre la guerra del Vietnam, titulado Agresión del imperialismo, el que tuvo uno de los mayores reconocimientos.

No solo fue colgado en casas y apartamentos de toda una generación, sino que ha pasado como una de las producciones emblemáticas del arte comprometido,
tanto así que forma parte de la Colección Permanente de la Luis Ángel.

El otro taller

El Taller Escuela Causa Roja no tuvo larga vida. No se sabe si se disolvió para darle vida a otro o porque sus nuevos integrantes así lo pidieron.

Se conformó, entonces, el T4R, integrado por Nirma Zárate, Diego Arango, Carlos Granada, muerto en el 2015; Umberto Giangrandi, Jorge Mora y Fabio Rodríguez Amaya, residente en Milán.

En un completo artículo escrito para la revista Errata, Rodríguez Amaya da cuenta de su vinculación a ese grupo:

“En noviembre de 1972 regresaba a Bogotá para presentar la serie Objetos alfa70-72, para una arquitectura de la soledad, que, complementada con dibujos, bocetos, y maquetas, equivalía a la tesis con que me graduaría en Artes de la Nacional. Eran varias decenas de esculturas de metal (hierro, chatarra, acero inoxidable, fundiciones en bronce, etc.), de muy variadas dimensiones, que había realizado en el curso de ese año en la planta de Acerías Paz del Río en Belencito... Mi estadía en Paz del Río la debía al premio que había recibido en el XXII Salón Nacional de Artistas Colombianos, en que, para sorpresa de todos, el jurado internacional decidió adjudicar por primera vez en la historia, y sin jerarquía alguna, siete galardones de idéntico valor. Entre los premiados estaban Pedro Alcántara, Diego Arango y Francisco Rocca, artistas con los que tenía y sigo teniendo afinidades. En Paz del Río, en el arco de casi dieciocho meses, había vivido la que sigo considerando como la experiencia formativa humana y profesionalmente más importante de mi vida, y me aprestaba a incorporarme al Taller 4 Rojo. Diego Arango me había hablado del proyecto de constitución de un grupo, y yo conocía bien a los artistas involucrados.
Sobre todo, a Carlos Granada, desde mi infancia; a Umberto Giangrandi, desde su llegada de Italia; a Nirma Zárate, de un Salón precedente en el que ella había recibido una mención, mientras que Jorge Mora era compañero mío de facultad. Los seis, en el año 69 o 70, habíamos coincidido entre los promotores del primer Comité contra la Tortura y pro Prisioneros Políticos en Colombia. En diciembre de 1972 me integré, pues, en su segunda fase, al T4R, el primer colectivo de artistas colombianos reconocido en toda Latinoamérica desde nuestra participación en el 1er. encuentro de la Plástica Latinoamericana, convocado por Casa de las Américas de La Habana”.

Enseñanzas y experiencias

En un documentado libro, titulado Arte y disidencia política, memoria del T4R, el colectivo interdisciplinario de investigación adscrito al Instituto de Investigación estética de la Nacional, compuesto por David Gutiérrez Castañeda, Luisa Fernanda Ordóñez Ortegón, Halim Badawi Quesada, María Clara Cortés Palomino, Silvia Julieta Suárez Segura y William López Rosas, plasma en 554 páginas las sendas entrevistas a los componentes del T4R, salvo con Nirma Zárate, fallecida en 1999 y de quien hacen especial mención por haber sido la única mujer del grupo y por ser la autora de icónicas piezas como Valla sobre problemática del campesinado de 1972, que recorrió el país y que William Alfonso López Rosas encontró cuando fue curador de la exposición ‘Arte crítico: historia y política en las colecciones de arte de la Universidad Nacional de Colombia’, en agosto del 2007.

Los investigadores trataron sobre las trayectorias vitales y profesionales de los artistas, sus versiones sobre los orígenes y fundación del T4R, los procesos creativos y pedagógicos desarrollados por el grupo, las relaciones del colectivo con los movimientos sociales y políticos y las causas de su disolución.

Artista militante

Arango fue un hombre de fuerte carácter y a la vez tierno y sensible. Amigo de los luchadores sociales, como doña Carmen, la famosa lideresa del barrio de La Perseverancia, a quien acompañó en varias oportunidades en su cruzada contra la construcción de la avenida de los Cerros y otras batallas. Dogmático, entregado a las causas sociales, no faltaba a ninguno de los actos de masas que se realizaron en contra de la represión y la tortura y por el respeto por los derechos humanos en esos convulsos años setenta.

En las últimas cuatro décadas se fue a vivir a Villa de Leyva con su esposa, la filósofa, escritora y correctora de estilo Isabel Trejos. Se alejó del grabado para hacer pintura digital y, en algunas ocasiones, combinó esas dos técnicas. Igualmente, mezcló su voz recia y su arte contra los abusos de los poderosos sobre los débiles, con la defensa obstinada del medioambiente.

Se integró de lleno a la región boyacense y se lo veía, con frecuencia, sentado en alguna de las tiendas de la plaza mayor de Villa de Leyva, tomando cerveza con sus vecinos y discutiendo sobre los problemas del pueblo y del país, sin alterarse. Le encantaba conversar con personas del campo que siempre lo vieron como un artista extraño que se interesaba en lo que pensaban y en sus problemas.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para EL TIEMPO

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