Los festivales y el teatro colombiano

Los festivales y el teatro colombiano

Directora del Festival Alternativo habla sobre la polémica generada por el Iberoamericano de Teatro.

Festival Alternativo

El Teatro La Candelaria es uno de los anfitriones del Festival Alternativo, en el que presentó su obra ‘Camilo’ en el 2016.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

04 de enero 2018 , 05:14 p.m.

En este país los festivales de teatro han sido verdaderos acontecimientos culturales. Su trascendencia se ha debido a la existencia de un movimiento teatral diverso, regional y distrital.

En Colombia, además de los grupos reconocidos, existen decenas de agrupaciones en las regiones apartadas y en los territorios. Mirar solo el teatro de Bogotá y los festivales solo desde el Iberoamericano es una actitud de franca exclusión.

No solo existe el Iberoamericano, existen otros festivales regionales y locales, y algunos especializados, como el de Mujeres. Existen festivales de calle, de títeres. Y el Festival Alternativo, heredero de los festivales del Nuevo Teatro que antecedieron al Iberoamericano.

Algunos de estos son muy costosos y los precios de la boletería, muy elevados; otros son eminentemente populares, tanto en la selección como en los costos de las entradas. Eso no los hace menores en elaboración artística. Por esa razón, en la Semana Santa decenas de artistas de teatro y de jóvenes de todo el país y de América Latina viajan a Bogotá para colmar las salas, las universidades y los espectáculos de calle.

Aunque el Iberoamericano en tiempos de Fanny Mikey trajo algunos grupos excelentes, poco a poco fue primando la ‘espectacularidad’ sobre el teatro de arte, y el trato con los grupos nacionales empezó a ser francamente discriminatorio.

La publicidad hace sentir que solo hay teatro cuando llega el Iberoamericano, y la verdad es otra. En este país hay salas abiertas y grupos de dedicación sistemática que son verdaderos laboratorios de creación. Y cientos de funciones en barrios y universidades todo el tiempo.

Los festivales surgieron de la entraña misma de los movimientos teatrales, tanto del universitario como de los grupos de teatro independientes. Así se crearon dos grandes festivales, uno nacional y otro latinoamericano, ambos con un impacto internacional de la mayor importancia: el del Nuevo Teatro y el de Manizales.

Eva Perón

En el 2018, el Festival Iberoamericano tendrá como invitado de honor a Argentina, con obras como ‘Eva Perón’.

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Cortesía Festival Iberoamericano

Estos se volvieron importantes no solo porque eran la expresión de los movimientos emergentes de Colombia y América Latina, sino porque tenían el carácter de encuentro. En ellos el debate era un asunto fundamental. No solo se debatía sobre las obras, sino sobre la estética y sobre la política.

Los dos fueron cerrados, aunque el de Manizales logró restaurarse, por fortuna, después de diez años en el gobierno de Belisario Betancur. Pero el del Nuevo Teatro fue excluido de todos los presupuestos, acusado de ser un festival político y condenado al ostracismo.

Fueron tiempos duros para el teatro y la política. Fue la década de los años 80. Algunos movimientos políticos fueron perseguidos y asesinados sus líderes, léase genocidio contra la Unión Patriótica, y salas independientes como La Candelaria y la Seki Sano fueron allanadas.

Surge entonces, por iniciativa de Ramiro Osorio y Fanny Mikey, el Festival Iberoamericano de Teatro, como un intento válido de juntar el teatro colombiano con los teatros del mundo. Y tanto el Estado como la empresa privada le apuestan todo a esa iniciativa.

Fanny, que venía del TEC y del TPB, y Ramiro, con la experiencia en la organización de grandes festivales y eventos, se lanzan juntos a esta empresa, y, hay que decirlo, lo logran. Hacen un festival con grandes recursos y una publicidad nunca vista para un evento de este tipo. Luego, Ramiro Osorio se retira y regresa a México y Fanny Mikey asume la dirección.

Al principio, casi todos los grupos independientes participaron (participamos), pero luego, debido al trato discriminatorio que recibían los colombianos en relación con las compañías internacionales, una parte liderada por el TEC y La Candelaria se retira (nos retiramos) del Iberoamericano.

Las cosas parecen haber empeorado; hoy, el Iberoamericano se encuentra en manos impersonales, algunas de carácter privado no sin ánimo de lucro, y sus cabezas no son muy visibles. No parece haber gente de teatro allí.

Y que quede claro que, a pesar de todo, nadie está en contra del Festival Iberoamericano, ni siquiera nosotros, que hace años, antes de la crisis actual, hicimos rancho aparte y lanzamos el Alternativo, el Festa. Creemos que es bueno que el Iberoamericano exista, pero no sobre la negación de los grupos colombianos ni del movimiento teatral; no sobre la carencia de presupuestos para los otros festivales y no sobre la historia y la memoria del teatro colombiano.

A partir del tercer Festival Iberoamericano, la Corporación Colombiana de Teatro organiza el Festa, con carácter popular y una amplia convocatoria nacional e internacional. Y, hay que decirlo, permanece y crece. Las funciones se llenan todo el tiempo, todos los años. Al Festa asisten grupos y público de Ciudad Bolívar, de Suba y de Bosa, de España y de Noruega, de Estados Unidos y de Argentina, entre muchos otros lugares.

Hemos estado en contra de la discriminación no solo en el teatro, sino en todas las expresiones de la cultura y de la vida. En contra de la asignación tan desigual por el Estado en los presupuestos para los grupos.

Es que la desgracia de este país es que solo visibiliza lo que reconocen las élites como cultura. Y esto no es solo en la cultura, es en todo. Hasta hace muy poco, en Colombia existe el otro país, el de los territorios, ese país emergente que fue invisibilizado y negado durante décadas. Y el que ahora el Estado se ha visto obligado a reconocer, antes de que este país se vuelva para todos inviable.

No se da cuenta el país centralizado y elitizado de que el teatro en Colombia ha sido muy importante, que ha creado tantas obras necesarias, que ha sido tan reconocido en el mundo, que ha creado tantas salas, que hace tantas funciones y que ha pulido la joya de la corona, que es el público. Por eso se puede hacer el Festival Iberoamericano y todos los otros festivales. Si esa base no se cuida, tanto los grupos como los festivales se derrumban.

Ojalá esta polémica tardía sobre el Iberoamericano sirva para reconocer de una vez por todas el teatro colombiano y los festivales, todos. El panorama de las artes escénicas y de las artes en general en Colombia es amplio y diverso. No cabe en ningún festival, en ninguna institución.

Las artes son como el agua: difíciles de abarcar. Y, aunque no lo quieran ver, aquí están sucediendo transformaciones culturales asombrosas. Algunos siguen aferrados al pasado, pero el nuevo país emerge de las cenizas como el ave fénix. Estamos pasando de la cultura de la guerra a la cultura de la paz. Y ese paso se está dando también en el arte con nuevas creaciones, basta ver el teatro que se hace con las víctimas y el movimiento de teatro campesino que emerge, los performances, el nuevo cine y la escritura, incluidas, por supuesto, las mujeres escritoras. Mejor dicho, basta ver la Colombia profunda para ver la luz.

PATRICIA ARIZA
Especial para EL TIEMPO

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