'Mampuján Entretejido', una muestra de cómo el arte purifica el dolor

'Mampuján Entretejido', una muestra de cómo el arte purifica el dolor

Esta exposición retrata lo que tuvieron que vivir las víctimas a causa del conflicto armado.

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Juana Alicia Ruiz, tejedora de Mampuján, enseña el tapiz titulado 'Llegada del cimarrón a la libertad'.

Foto:

Carolina Corredor Gutiérrez

21 de octubre 2016 , 03:15 p.m.

 "Yo lloré tanto el día de la firma de la paz, que ya no me quedan lágrimas". Estas fueron las palabras de Juana Alicia Ruiz, una de las tejedoras de Mampuján, al observar, desde el segundo piso de la Biblioteca de la Universidad Externado de Colombia, cinco de los tapices que llevaron a este grupo de mujeres a ser galardonadas con el Premio Nacional de Paz en 2015. Pero la emoción, que es evidente en la voz de Juana, la domina y no puede evitar que se asomen a sus ojos las lágrimas al ver que todo el trabajo emprendido durante más de un año para organizar la exposición finalmente ha dado frutos y están frente a ella y a su colega, Gledis López Maza.

Con ellas viajaron a Bogotá el pasado 28 de septiembre, Marta Posso García y Rafael Gustavo Posso Parra, un artista que narra, a través de dibujos, la masacre de la vereda de Las Brisas, en la que las que un grupo de unos 100 hombres armados que integraban el bloque denominado Héroes de Montes de María, de las Autodefensas Unidas de Colombia, torturaron y asesinaron a 12 campesinos el 11 de marzo de 2000, señalados de ser colaboradores de la guerrilla. Tres de ellos eran el tío de Posso y dos de sus primos.

Un día antes, el 10 de marzo, los paras llegaron a Mampuján con la orden de matar a varios hombres, torturarlos, decapitarlos y jugar fútbol con sus cabezas. Así se lo hicieron saber a sus habitantes, a quienes hicieron salir de sus casas en horas de la tarde para empezar algo así como una fiesta de la muerte. Pero los salvó una llamada hecha justo a tiempo, en la que les comunicaron a los paramilitares que los campesinos buscados no estaban en Mampuján sino en la vereda vecina de Las Brisas. Los paras procedieron a escoger a siete hombres locales para que les mostraran el camino hasta su verdadero destino. Pero antes, obligaron a todos los habitantes de Mampuján a que abandonaran la vereda y fueron prendiéndoles fuego a sus casas.

Al llegar a Las Brisas, los paras reunieron a varios de sus habitantes frente a un árbol de tamarindo, la zona donde hasta ese día los habitantes de la vereda solían salir a reunirse para socializar, jugar fútbol, bailar o simplemente tomarse unas cervezas. Los paras fueron identificando, uno a uno, a 12 hombres y empezaron a torturarlos delante de sus seres queridos.

"A una mujer la obligaron a ver cómo un perro se comía el rostro de su esposo, mientras le decían: esto es para que veas cómo un perro se come a otro perro", le relata Posso a un auditorio que jadea al unísono, para ahogar un grito. A otro campesino lo colgaron del árbol y le cortaron las piernas. Y así, uno a uno, fueron matando a los 12. El mismo número de los apóstoles de la Biblia, también el de un grupo paramilitar, conocido justamente, como los Doce Apóstoles, que operó en la década de los noventa en el norte de Antioquia.

Esta masacre no solo rompió el tejido social de la comunidad de Las Brisas y desintegró familias, sino que también rompió los lazos de esta con la de Mampuján. Eran comunidades cercanas y fraternas, hasta que la violencia cortó sus lazos de raíz, pues los siete hombres de Mampuján que guiaron a los asesinos de los campesinos de Las Brisas fueron acusados de traidores, de "sapos" que delataron a sus vecinos para salvar su pellejo. La muerte y la violencia sembraron odio y desconfianza donde antes hubo una estrecha relación de vecinos.

El arte como fuente de sanación

Con este contexto histórico, narrado por cuatro de sus protagonistas, se inauguró la exposición 'Mampuján Entretejido: un camino estético para la paz'. Son once tapices cosidos con retazos de telas, en los que las tejedoras plasman la vida de sus antepasados en África, como la imaginan, y los recuerdos de las dolorosas experiencias que ellas y otras 200 familias de esta comunidad vivieron el día en que les llegó la guerra, sembrando a su paso dolor y desolación. Cuando se vieron despojadas de todo y desterradas de la vereda donde habían vivido y echado raíces, las mujeres de la comunidad no sabían cómo canalizar su desespero, tristeza, y su miedo.

Transcurrieron algunos años hasta que, como por milagro, llegó a ellas Teresa Geiser, una sicóloga americana que les enseñó a coser a partir de la técnica del 'quilting', que consiste en ir armando una especie de colcha con retazos de diferentes telas. Pero las aprendices no le hallaron gracia a eso de "recortar figuritas geométricas para pegarlas en una tela". Se les ocurrió que en vez de hacer figuras abstractas podrían más bien contar historias con los retazos. Así, empezaron a recortar figuras humanas, casas, árboles y ríos, para, en medio de las lágrimas, plasmar en la tela sus memorias y su dolor.

Lo que visto rápidamente parece un cuadro primitivista, en realidad representa escenas dantescas de muerte y horror. Cinco tapices ilustran el desplazamiento, el hacinamiento, el secuestro y la masacre de los Montes de María. Me detengo en este último, en el que los retazos de color rojo contrastan con el blanco del tapiz. Es la sangre de cuerpos mutilados, asesinados o violados. Predominan figuras de hombres armados con fusiles: los paras. Uno de ellos carga a una persona hacia un cuerpo de agua, de donde emergen unos caimanes. El victimario le dice al que lleva en sus hombros "alimento para caimanes", mientras el que va cargado le grita "¡nooo, perdón!". Esto es algo que alguna de estas tejedoras vio, o que le oyó contar a alguien que lo presenció. Porque en estos tapices no hay historias inventadas. Solo recuerdos.

Tejer esos tapices fue, para Juana, Gledis y las otras tejedoras, una forma de construir paz. "Para nosotros era una forma de reconocer qué ha pasado... y pudimos conseguir la forma de romper ese ciclo, de romper esa impunidad". Este, quizás, es el mismo proceso, la misma catarsis que han hecho tejedoras alrededor del mundo para narrar el dolor de la guerra. Desde la Guerra Civil en Estados Unidos a la reciente guerra en Afganistán, o desde Laos y Camboya hasta Palestina. Tejer para exorcizar el dolor y los recuerdos del horror.

Mezclados con los tapices están los cuatro dibujos que Rafael Gustavo Posso, trajo para la muestra. Los paras mataron a su tío y a dos primos, los tres hombres de la casa. Son dibujos hechos a lápiz y carboncillo, con trazos muy suaves pero tan perfectamente detallados que invitan a ser observados con detenimiento. De lo contrario, el observador casi no notaría que hay hombre amarrado sobre un burro, tal vez ya muerto, o que hay otro colgado de la rama del árbol de tamarindo mientras le cortan las piernas, o que lo que podría ser una salida familiar es en realidad una escena del desplazamiento de un pueblo.

Rafael, Marta, Gledis y Juana han encontrado en el arte una manera de sanar su corazón, de perdonar y de encontrarse con sus victimarios, a quienes, para su propia sorpresa, fueron capaces no solo de saludar sino de abrazar en un acto de reconciliación. "Cuando nosotros perdonamos internamente sentimos paz", es lo que dice Marta, prima hermana de Rafael, y quien perdió a su padre y hermanos en la masacre de Las Brisas. Juana asiente y mira hacia el piso cuando escucha a Marta, pero luego levanta la cabeza y dice en tono muy firme "al perdonar volví a nacer y me permití romper esa cadena de odio, rompí el eslabón de la violencia".

Ellos sanaron pero insisten en que quieren saber la verdad como la máxima forma de reparación, quizás la única que realmente les importa. Rafael lo dice sin el mínimo titubeo: "Una verdad vale más que cien años de cárcel y mil millones de pesos. No permitirnos conocer qué pasó con nuestros familiares es condenarnos, como víctimas, de por vida".

La naturaleza sintió nuestra ausencia

Al lado de los dibujos de Rafael hay una foto del artista Juan Manuel Echavarría, el gestor de esta exposición y quien conoció a las tejedoras y sus tapices durante una travesía por los Montes de María. Es una fotografía digital en blanco y negro de 80 x 50, titulada 'Testigo vivo de la Masacre de las Brisas'. Es el árbol de tamarindo, el mismo que dibujó Rafael con un hombre colgado de una de sus ramas. Sin saberlo, Echavarría tomó la foto del mismo árbol, tres años después de que Rafael lo dibujara, desde el mismo ángulo y destacando la misma rama del dibujo de Posso. La fotografía, sin embargo, refleja el paso del tiempo, la soledad y la tristeza del árbol. Se pueden apreciar unos agujeros en su tronco y ramas; son heridas. El árbol no murió pero dejó de dar frutos y perdió sus hojas. Se enfermó. Gledis me cuenta que en Mampuján, cuando salieron todos desplazados de la vereda, los guayabos, que antes producían mucha fruta que luego sacaban para Barranquilla, dejaron de hacerlo. "Y el río más nunca volvió a tener crecientes. Es un hilito de agua".

Es otra forma de impacto que el conflicto tiene en la naturaleza. Uno más sutil y mucho menos agresivo que, por ejemplo, la voladura de un oleoducto o la deforestación de un bosque para la siembra de coca. Pero no por eso pasa a un segundo plano, pues es real. Tan real, que cuando volvieron algunos de los habitantes a Las Brisas y nació el hijo de Rafael, el tamarindo volvió a florecer. Volvió la vida.

El simbolismo de la exposición Mampuján Entretejido es fuerte y significativo. En palabras de Echavarría, "aquí se unieron de nuevo Las Brisas y Mampuján. Vuelven a ser comunidades hermanas". Ver a Marta y a Juana tomadas de la mano mientras hablan así lo comprueban.

Y si a Juana le sobraron lágrimas, seguramente terminó de derramarlas el pasado 2 de octubre.

Datos importantes

'Mampuján Entretejido: Un camino estético para la paz' estará en exhibición en la Biblioteca de la Universidad Externado de Colombia hasta el 29 de noviembre de 2016. Entrada libre.

Erika Ávila

Especial para EL TIEMPO

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