El discreto coautor del descubrimiento de América

El discreto coautor del descubrimiento de América

Retrato del empresario Luis de Santángel y de su determinante rol en la llegada de Colón a América.

Óleo de Ricardo Balaca sobre Cristóbal Colón

Cristóbal Colón les rinde cuentas a los reyes católicos tras regresar de su primer viaje a América. Óleo de Ricardo Balaca, 1874.

Foto:

Cortesía Museo Histórico Nacional de Buenos Aires

07 de octubre 2017 , 10:41 p.m.

La historia tiene héroes indirectos y personajes que por razones propias de su tiempo decidieron pasar desapercibidos, aunque hubieran sido pilares de su decurso natural.

Tal es el caso del valenciano Luis de Santángel, tesorero converso y hombre de confianza del rey Fernando de Aragón y, luego, de la reina Isabel de Castilla, quien no solo contribuyó de modo crucial a la entonces quimérica empresa de Cristóbal Colón como financiador y propiciador, sino que fue fundamental en la estabilidad económica de los recién unidos reinos de las Españas, en la hora gloriosa de finales del siglo XV, de la que dependería en buena medida la historia posterior del mundo hispánico –y, a la sazón, la de América, por supuesto–.

Hijo de Luis de Santángel II El Viejo y de doña Brianda, una judía aragonesa devota, había nacido en Vilamarchante en 1435 de una familia conversa mallorquina, trasladada luego al Turia, heredera del primer ‘Luis de Santángel’, don Azarías Ginillo –audaz comerciante de sal en La Mata, y hombre de gran valía para la corte de Aragón–, y se formó en ella para moverse con habilidad en las empresas que marcaron el rumbo del siglo, como la construcción naval para expediciones marítimas, la financiación de portulanos (cartas de navegación) para rutas de comercio, o el tráfico de sal, especias, aceite de oliva y otros productos importantes de su tiempo.

Su padre había sido conocido y respetado como fiel tesorero y financiador de empresas guerreras para los reyes de Aragón Alfonso V el magnánimo y Juan II, padre de Fernando el Católico. En efecto, andando el tiempo, el joven rey Fernando se convertiría en su mentor –y en su mayor deudor– desde 1478, cuando entró a su corte como “Escribano de ración”, una suerte de administrador general de la hacienda aragonesa, para ya no salir del puesto hasta su muerte en 1498.

No solo el dinero de Santángel contó en esta relación, sino su valioso consejo financiero, necesarios ambos para el entonces inexperto rey –y para su esposa Isabel Reina de Castilla, poseedora de riquezas mucho mayores que las de su marido–. De ello quedan numerosos testimonios y documentos, y en especial de su alianza con otro gran hombre de negocios y Tesorero Real de las Españas, Gabriel Sánchez, comerciando en toda Europa con indudable éxito.

La labor de Santángel fue incesante para lograr que los unidos reinos de las Españas tuviesen forma de ahorrar e invertir en forma venturosa,
pero también para buscar destinos seguros para cientos –y quizás miles– de conversos que, como cristianos nuevos, “humillados y ofendidos” (para usar la expresión de Dostoievski), atravesaban duros tiempos de exclusión y opresión en la península. Más de media España habría de sufrir durante dos siglos más la constante y perentoria presión de las autoridades, a la orden de los cristianos viejos, que les quitaron sus bienes a descendientes de antiguos judíos y moros, y los expulsaron sin remedio de sus tierras y negocios.

Un ‘Schindler’ de su tiempo

Así, el gran tesorero hizo lo que pudo –aliado con Gabriel Sánchez– para lograr abrir puertos y nuevos rutas a sus amigos y relacionados, alternativas o complementarias a las de los portugueses, o refugios temporales para trasladar a sus hermanos de antigua religión, donde esconder o relocalizar, como precursor de Oscar Schindler o de los hermanos Bielski en el siglo XX, a miles de antiguos judíos perseguidos y de quienes que no se creía auténtica la conversión al catolicismo.

Todo esto se hizo con cierto consentimiento y tolerancia por parte de sus majestades los reyes católicos, que sabían que era una suerte de deber –discreto, pero necesario– el permitir que tales escaramuzas de escape y rescate de conversos, por riesgosas que fuesen, tuviesen buen destino.

En vista de la “probada fidelidad, industria y moderación” de Santángel, se le concedieron privilegios extraordinarios, como el Estatuto de Sangre de 1507., que lo puso a él, a su familia y descendientes al abrigo de las persecuciones y presiones del implacable tribunal de la Inquisición. Como era de esperarse, su ascendencia lo puso en problemas muchas veces, aun siendo tan cercano a la corona, pero logró salir airoso en más de una ocasión, gracias a su conocimiento del entorno y de las empresas descubridoras, y por su habilidad para enterarse a la vez de todas las opciones que tenían sus amigos y aliados en su tiempo, y de las intenciones de sus perseguidores.

Relación con Colón

En ejercicio de esta complicada condición de mediador conoció a Cristóbal Colón en Córdoba, varios años antes de que fuera recibido oficialmente por la Reina. Trabaron estrecha amistad, que fue definitiva para atesar la suerte del futuro Almirante de la Mar Océana. Santángel fue quien convenció a los reyes de que la empresa podría tener utilidad para contener las ambiciones portuguesas en las Indias, para actuar en la misma dirección desde Occidente y para que confiasen en la ventaja que ofrecía el hallar nuevas tierras que conquistar y que evangelizar, ahora que los portugueses habían obtenido una clara ventaja al hallar una ruta segura por el cabo de las Tormentas.

En cuanto a su vínculo con Cristóbal Colón, era claro que quería ayudarlo, a pesar de las muy evidentes fantasías y contradicciones que el futuro descubridor llevaba consigo

En cuanto a su vínculo con Cristóbal Colón, era claro que quería ayudarlo, a pesar de las muy evidentes fantasías y contradicciones que el futuro descubridor llevaba consigo a todas partes. El mismo Santángel era algo escéptico respecto de los cálculos del genovés, porque tenía amplios conocimientos de náutica y, así también, conocía los riesgos financieros de la atrevida empresa. Lo ayudó a presentar las Capitulaciones de Santafé en abril de 1492, y se ofreció a aportar el dinero necesario, mediante un doble préstamo, procedente de su propia fortuna, a la Corona por 1’140.000 maravedíes, y al mismísimo rey Fernando, por 6’375.000 maravedíes. ¿Era un gesto de confianza o de desesperación? Nadie lo sabrá nunca con certeza.

El avezado tesorero real y escribano de ración fue precursor del improbable descubrimiento también en otro sentido. Se percató más pronto que nadie de que era necesario hallar cualquier recurso de mar para llevar poblaciones vulnerables, y sabiendo de antemano que la expulsión de los judíos iba a tener lugar desde el comienzo de agosto de 1492, se preparó para llevar en las naves adquiridas poblaciones comprometidas, al menos hasta Canarias y Cabo Verde, por rutas que ya estaban bien establecidas.

Resultó que el viaje inicial estuvo demasiado lanzado al oeste, por la obsesión de Colón, complicando el regreso eventual por la ruta de la costa africana.
Sin duda, Santángel debió estar muy preocupado por la suerte de los emigrados durante los meses en que las naos y la carabela se dirigieron hacia el oeste sin atenuantes. No obstante, conocía bien a los hermanos Yáñez Pinzón y, confiando en el carácter circular de los Vientos de Travesía (los Alisios de hoy), como los buenos marineros, presumió que avanzar varios miles de leguas en dirección suroeste los llevaría –con suerte– a algún tipo de cala bienhechora, o al menos les permitiría regresar tras un año de viaje.

Además, Gabriel Sánchez, también muy versado en este tipo de expediciones, lo apoyó firmemente en el empeño. Hay que tener en cuenta que los portugueses habían logrado, cinco años antes que Colón, alcanzar el sueño de una ruta abierta y bien dispuesta hacia las Indias. Por tanto, el espionaje naval estaba entonces a la orden del día, y los conversos tenían otras opciones distintas a las de Colón, si hubiese sido necesario acudir a ellas. Pero, por acción de la fortuna, no fue necesario.

Apuesta que se ganó

Tras el retorno del primer viaje, de seguro, no hubo nadie más contento que Santángel con el resultado afortunado del periplo. Había salvado su expedición, su dinero, y se habían abierto inmensas posibilidades a los viajeros del futuro. Es cierto que nadie supo hasta 1506 que se trataba de un inmenso continente lo que habían descubierto, pero con la sola certidumbre de la existencia de las islas les bastó a todos el resultado de la expedición, y en especial, a Santángel y Sánchez, para poner en marcha toda una red de soluciones para los cristianos nuevos en las promisorias tierras recién descubiertas.

En los siglos siguientes, cientos de miles de descendientes de conversos, moros y judíos, tomarían la ruta de América, y millones de otros europeos lo harían también, esperanzados, ofreciéndoseles una vida nueva y unas promesas de fortuna o de reposo que no podían obtenerse en una Europa marcada por la Reforma, y revuelta por innumerables guerras religiosas. Hacer la América se convirtió, a partir de entonces, en una posibilidad cierta, con ventajas y costos, que tuvo su agridulce comienzo.

La vida siguió entonces, dulce y llena de alternativas y promesas, y Santángel pudo volver al bajo perfil deseado, puesto que el mérito de los hallazgos fue adjudicado a los visionarios reyes, como era apenas previsible. Las coronas de Aragón y de Castilla celebraron esos años de aventuradas empresas con recuerdos de mucha gloria y augurios venturosos. Colón empezó a ver problemas en los viajes posteriores, en el abigarrado cumplimiento de las prebendas de las Capitulaciones, porque entonces crecieron los mitos y se desató la sórdida ambición de muchos. Pero ese ya no era problema del tesorero real Santángel, ni de sus exhaustos asociados en la empresa descubridora.

En efecto, el escribano de ración del rey Fernando tenía ahora muchas más posibilidades de negociar para el tozudo Almirante –y para los suyos– horizontes nuevos y felices combinatorias de destino.

Cuando murió Luis de Santángel, el Joven, en 1498, el mundo recién descubierto era una posibilidad real de enriquecimiento y refugio para miles y millones, si así se daban las cosas, y aunque aún habría de deparar muchas sorpresas a los adelantados y conquistadores, ya la obra estaba hecha, y solo restaba tener la fuerza –y la audacia– para comprometerse favorablemente con ella. Y, como producto de tamaños hechos y personajes, aquí estamos, por causa de todos esos desvelos, líos y entuertos.

ENRIQUE SERRANO *
Especial para EL TIEMPO
* Escritor y filósofo nacido en Barrancabermeja, Santander

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