'El ser humano se ha banalizado'

'El ser humano se ha banalizado'

Fernando de Szyszlo, quien recibirá un homenaje de la Embajada del Perú, habla sobre el arte.

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De Szyszlo critica que los medios actualmente combinen ocio y cultura, pues considera que nada tiene que ver una actividad con otra.

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Claudia Rubio / ELTIEMPO

16 de diciembre 2016 , 01:31 a.m.

Fernando de Szyszlo (Lima, 1925) es uno de esos pintores que defienden a capa y espada el manejo de la técnica y ven a la pintura como medio para perdurar en el tiempo. Con sus pinturas abstractas, llenas de atmósferas que evocan la cultura de los incas, –desde rituales, ceremonias o paisajes de su país–, es uno de los artistas peruanos más renombrados y con mayor trayectoria en su país.

De Szyszlo, uno de los invitados al Hay Festival 2017, en Cartagena, presentará La vida sin dueño, como se titulan sus memorias, y conversará con su amigo y compatriota, el escritor Mario Vargas Llosa.

Actualmente, en Bogotá, se expone una serie de obras alusivas al acto de deambular, de estar perdido, tanto de las personas como de los animales, agrupadas en la muestra ‘Trashumantes’. A continuación, una entrevista con un artista con la sabiduría que dan los años y la libertad que le permite expresarse con autenticidad.

Hay algo que me conmueve e inquieta: cuando hablas de una motivación o soporte interior, de las circunstancias de tu vida y de cómo esa conjunción hace que aparezca tu obra, tu pintura...

Me doy cuenta ahora, al fin de mis años, que el pensamiento surrealista ha estado siempre detrás de mí. Hablo de la vinculación con Carl Jung y con la idea de que lo que está en lo más profundo, en el inconsciente, es el de todos. Si sacas algo del fondo de ti, logras expresar algo que los otros leen. El ejemplo que siempre pongo es Bach. Un músico cristiano protestante que escribía cantatas en alemán sobre la pasión de Cristo. En Argentina, en Tokio, en la India, en Japón, en China, donde no tienen nada que ver con esos pensamientos, la gente lee lo que Bach quería decir. O sea que sacó de sí una cosa que está en todos nosotros y que nos revela. Claro, no todos los artistas son tan universales, pero todos reflejan al mismo tiempo ese interior y la circunstancia en que lo han producido.

¿La posibilidad de que gente de otras geografías pueda leer a Bach se podría dar también por encima del tiempo? ¿Podría uno leer Altamira de la misma manera que lee a Bach?

En las cuevas de Altamira, el hombre ya había expresado un lenguaje que leemos. Carl Sagan, el astrónomo americano, que desgraciadamente murió muy joven, dijo: “Cuando se inventó la escritura, se inventó una manera de poner fuera de nuestro cuerpo experiencias y conocimientos”. Antes, la vivencia se transmitía por tradición; que no estaba escrita, no tenía nada objetivo y rápidamente se convertía en mito. La historia comienza cuando puedes fijar algo objetivamente fuera de tu cuerpo: “he visto tal cosa y ahí está y ahí queda para los otros”.

Me llevas a un tema que siempre has tocado: la relación o las diferencias entre el arte y la ciencia.

En la ciencia, que es maravillosa, todo es objetivo; en el arte entran lo subjetivo y lo inexplicable. En la ciencia, a no ser que llegues a la más refinada, todo es explicable, comprensible; en el arte, no. En el arte siempre hay un ingrediente que es inasible. La primera vez que fui a la catedral de Chartres, el párroco había clavado en la puerta un papel con una cita del Génesis: “Este lugar es terrible, Dios habita aquí”. Lo sagrado se mezcla con lo propio, con lo más profundo de uno.

André Breton llamaba a eso “lo sagrado laico, que no tiene religión ni dios”. Es la percepción de un mundo inasible que se nos escapa y que, sin duda, es el camino en el cual el arte explora y trata de arañar lo sagrado.

Esto también es un tema recurrente en tus conversaciones y en tus escritos: cómo, de alguna manera, lo religioso, la religión aparecen ligados en el principio al arte.

Aparece todo junto. Primero, el hombre se preocupa del mundo, de cómo explicar por qué llueve, por qué hay sol, por qué hay luna. Luego, el deseo de capturar la sensación de la mortalidad, que siempre ha existido. Entonces, inventa la religión para tratar de influir sobre las fuerzas que dominan, e inventa el arte para tratar de comprender, de asir la fugacidad del tiempo, la condición humana y, por lo tanto, concebir lo eterno. Hace años imaginé una definición de la pintura: “encuentro visible de lo sagrado con la materia, o sea, la sacralización de la materia, o la materialización de lo sagrado”. Nietzsche decía: “El hombre es un mono enfermo de conciencia que no tiene remedio porque sabe que va a morir” y sin embargo es capaz de conseguir lo inmortal, trata de fijar cosas antes de morir. El acto plástico más elemental es el de los enamorados que graban su nombre en la pared o en un tronco de árbol. Hacer durar el instante, sacarlo de la decadencia del tiempo. Decirle a ese instante –Goethe lo dice muy bien en el Fausto– “detente, ¡eres tan hermoso!”. Ese es todo el problema humano, retener lo que experimentamos.

¿En qué momento aparece eso que llamamos belleza relacionado con lo sagrado, con el arte? ¿Se necesita que exista un sentimiento de belleza para sacralizar algo?

Dirás que soy un almacenador de citas, pero he leído tanta poesía que todo lo he sentido muy profundamente. Rilke, en su primera elegía, dice una cosa que me fascinó siempre: “La belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que apenas somos capaces de soportar, lo que solo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible”. La belleza está para testimoniarnos que somos nada, que no es nuestra, que se nos escapa; aun la humana.

Al mencionar las ‘Elegías de Duino’ se me viene a la cabeza la ‘Elegía a la muerte de Atahualpa’.

La Elegía a la muerte de Atahualpa es muy interesante. Según Arguedas y otros especialistas, tiene que haber sido escrita en el siglo XVII y no en el XVI, porque el inca Atahualpa era del norte, un inca contra Cusco; el inca cusqueño era Guasca. Había una guerra civil, por lo cual tiene que haber pasado tiempo para que el poeta anónimo se dé cuenta de que con la muerte de Atahualpa muere el imperio. Por eso es un poema tan terrible: “Ese arcoíris negro que hoy se levanta”. Son versos contemporáneos: “Sus dientes crujidores ya estarán mordiendo la bárbara tristeza, se ha apagado el sol, el sol del Inca”. Ahí nace Latinoamérica. Para nosotros ha sido muy duro, porque durante la Colonia se produjo ese corte, esa discriminación, ese racismo entre los que se sentían criollos, medio españoles, y los indios, y ese corte en el Perú ha sobrevivido hasta hoy.

En México, con la revolución de 1911, desapareció, pero en el Perú es muy profundo. La superioridad que siente el costeño sobre el serrano es permanente, por lo cual recuperar esa grandeza es una cosa que ha estado en la mente de todos los peruanos bienpensantes. Ahora estoy combatiendo la idea que hay en el Perú de hacer el gran Museo de Arqueología Peruano en Pachacámac, unos 30 kilómetros al sur de Lima. Me parece monstruoso porque está hecho con la idea de que los turistas vayan en sus buses con aire acondicionado, a ensuciarse los zapatos con la arena de Pachacámac y ver el museo de lo que fue la grandeza peruana. Es fundamental hacerlo en Lima, para que la población pueda descubrir la Identidad del Hombre Peruano; para la Integración del Hombre Peruano.

Que el indígena, el nativo, sienta que no es inferior, sino que detrás de él hay mucha tradición y sabiduría. Los aztecas eran tan buenos astrónomos como los egipcios; los incas hicieron un camino en que se podía ir corriendo desde Cuzco hasta Popayán: el Quapaq Nan, que ahora están tratando de restaurar. No hay que olvidar que el inca Pachacútec construía Machu Picchu mientras Masaccio estaba pintando los frescos de la capilla Brancacci de la iglesia de Santa María del Camine y Uccello estaba pintando La batalla de San Romano.

Y si seguimos, te das cuenta de que cuando Homero estaba escribiendo la Ilíada, la cultura chavín estaba en su máximo apogeo, y de que cuando la batalla de Troya tuvo lugar, los huacos paracachavinoides eran espléndidos.

Es clara entonces la posibilidad de construir o afianzar una nación a partir de toda esa belleza, de todos esos versos, de toda esa grandeza que mencionas, y en eso tendrían un papel el arte y los museos...

Ha hecho más por la reivindicación del indígena peruano el poema Altura de Machu Picchu, de Neruda, que todo lo que han tratado infructuosamente de hacer los políticos. Pero no nos olvidemos de una cosa: nosotros los latinoamericanos somos hijos de dos culturas, no estamos por una y contra la otra; somos el producto de esa fusión, y lo mejor del arte latinoamericano será siempre tratar de conseguir eso que decía Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancias”. Ese peruano, ese colombiano, ese mexicano que está tratando de hacer arte, que no se olvide de que es él, con sus raíces, su circunstancia política, social, etc., el que está luchando por perseverar.

No podemos caer en el indigenismo abstruso; tenemos que estar pendientes de todo lo que sucede en nuestro mundo...

Exacto, pero lo peor es que siempre la balanza ha caído del otro lado, los que nos quieren colonizar siguen pujando. Desde Buenos Aires o desde donde sea, directores de museos o los críticos están empujando a que seamos un agregado más de las búsquedas que hacen europeos y norteamericanos.

En materia de arte, eso es fatal. Voy más lejos. Yo creo que lo que pasa con el arte, con las instalaciones, no es que solamente el arte esté en decadencia, lo que está en decadencia es el ser humano. El ser humano se ha desacralizado, ha perdido contacto con la montaña, con el paisaje, y se ha banalizado. El sexo y el amor se han banalizado. Para la gente de mi generación –y de la tuya seguramente también–, el amor era una cosa misteriosa y el baile tenía un contenido muy profundo, muy turbador, ¿no es cierto? Ahora la música es tan fuerte que está hecha para que no se hable, y además ya da lo mismo que se baile solo o acompañado.

Hemos banalizado la cultura, y el resultado en el arte es que llegamos a la Merda d’artista de la Bienal de Venecia. Hay un error en creer que el arte está al alcance de todos, que cualquiera es artista, que el que hace un grafiti en la pared lo es y que lo único que necesitamos es enmarcar eso o ponerlo más en evidencia.

Cuando viví en Francia, los domingos íbamos a los museos pues eran gratis, pero donde recibíamos la verdadera instrucción de lo que pasaba en el mundo era en las galerías. Ahora cuando voy a Francia, a lo único que voy es a los museos, porque lo que hay en las galerías no me interesa para nada. Hay excepciones, felizmente; puedo decirte que Joseph Beuys o Francis Bacon o Tapies son pintores muy importantes, pero están dentro de la tradición; de resto, son garabatos banales. Eso es el drama de nuestra época, que no tomamos en serio nada. Me indigna que en muchos periódicos del Perú y de otras partes la sección cultural se llama ‘ocio y cultura’, como si el ocio y la cultura tuvieran algo que ver, siendo la cultura una experiencia demoledora, turbadora, agobiante.

Algo de esta conversación me lleva a Jorge Zalamea, que ha sido una de tus lecturas.

Jorge Zalamea dijo: “Hay economía subdesarrollada, pero no poesía subdesarrollada. En la más humilde aldea de los Andes o de África hay poesía, y del más alto nivel”. Esa es una observación trascendental.

¿Y Proust?

Proust siempre es mi refugio cuando estoy angustiado. Proust escribe de la sociedad francesa porque es el mundo en que vivía, y de ahí saca sus consecuencias.

Es la manera más terrible de mirar a nuestra sociedad; al mismo tiempo, la manera mas hábil, más inteligente de darnos cuenta de dónde está el problema. Recuerdo un personaje: el duque de Guermantes. Le avisan que su íntimo amigo, su persona más querida, más admirada, Charles Swann, se está muriendo, y él dice: ¡No puede ser! Luego manda un mensajero a averiguar cómo está, para decidir, entre otras cosas, si se va a una fiesta: por supuesto que se va.

¿Y José María Arguedas?

En el centenario de su nacimiento, los sociólogos criticaron sus novelas. Se equivocaron en juzgarlo como sociólogo.Su obra es una obra maestra de la literatura, no tiene nada que ver con la sociología, que es importante, pero para Arguedas la sociedad indígena ha sido el sitio en que encontró el sentido de las cosas.

Tu exposición en Sextante la has titulado ‘Trashumantes’. ¿Podrías hablarnos de ella y de tu trabajo actual? ¿Encontraste el cuadro que has buscado toda la vida?

‘Trashumantes’ es la procesión de personas que están de paso, un poco perdidas. El ganado que pasa por la ciudad después de pastar en invierno. Las vicuñas que no pueden vivir en cautiverio y tienen que estar regadas por los campos. Por supuesto, en esta muestra sigo buscando el cuadro que he buscado toda la vida, pero me he dado cuenta de una cosa fundamental: el desafío era buscarlo, no encontrarlo. No es posible encontrarlo, está demasiado adentro.

A los 91 años he perdido la esperanza de encontrarlo, pero sigo en la brega. Por otra parte, tengo una muestra en Lima, en conjunto con fotografías inéditas de Chambi, y en enero presento mis memorias: La vida sin dueño.
Esto será primero en Arequipa y luego en Cartagena, durante el Hay Festival, junto con mi amigo Mario Vargas Llosa. Hablo en ellas de Arte Dos Gráfico, tu taller, donde he realizado los libros y los grabados que también hacen parte de ‘Trashumantes’.

LUIS ÁNGEL PARRA
Especial para EL TIEMPO
Director de Galería Sextante y Taller Arte Dos Gráfico

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