Museo de Bogotá presenta selección inédita de dibujos de Germán Samper

Museo de Bogotá presenta selección inédita de dibujos de Germán Samper

El renombrado arquitecto bogotano muestra parte de su trabajo hecho durante seis décadas.

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Cuando llega el momento de dibujar, Samper no escatima en el tamaño del papel ni en quitar e incorporar elementos propios, lo cual realiza con trazos rápidos.

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Claudia Rubio

12 de septiembre 2016 , 10:52 p.m.

“Puedo ver mucho más con el dibujo que lo que podemos ver con nuestros propios ojos”, dice Germán Samper Gnecco (Bogotá, 1924), al observar un dibujo de Nueva York que sostiene en sus manos e hizo el año pasado. Realmente es un boceto, uno de los más de 5.000 que ha realizado desde 1949, cuando empezó a explorar su faceta de dibujante. Este es uno de los que tienen mayor longitud, y surgió luego de ir al MoMa a ver la exposición ‘Latinoamérica en construcción: arquitectura de 1955 a 1980’. En ese importante museo se expusieron los desarrollos más importantes de la región en ese lapso, en el cual ineludiblemente estuvo presente su trabajo.

Son seis décadas de plasmar en papeles de todo tipo sus viajes y de apropiarse de esos imponentes puentes, catedrales o pequeñas casas que ha visto en México, Japón, Europa y, claro está, Colombia. Algunos de estos primeros dibujos y los más recientes se pueden ver hasta noviembre en el Museo de Bogotá (cra. 4.ª n.° 10-18) en la exposición ‘Germán Samper-A dibujar se aprende dibujando’. Allí aparecen repartidos los croquis de sus viajes, “bocetos que no se terminan o se luchan en uno o dos días en una casa, con equipos o pinceles especiales, sino que son rápidos, con lo que uno está viendo”.

Su faceta como dibujante se muestra por primera vez al público en esa magnitud tras un trabajo de curaduría que realizó a cuatro manos con Catalina, una de sus hijas.

Su interés por dibujar de manera libre, alejado de la precisión del dibujo arquitectónico, empezó cuando llegó al taller de quien se convirtió en uno de sus maestros: el arquitecto de origen suizo Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Cuando se graduó como arquitecto en la Universidad Nacional, se fue con una beca y el firme propósito de trabajar con él. Lo hizo desde 1948 hasta 1954, con su colega Rogelio Salmona. Estuvieron en proyectos como el edificio de la Corte de Justicia, el Palacio de los Ministerios y el plano urbanístico de Chandigarh (India) y el Plan Piloto de Bogotá, en el que también participó el colombiano Reinaldo Valencia.

Le Corbusier le enseñó sobre urbanismo y arquitectura y le dejó un gran amor por el dibujo, que comenzó cuando le dijo en Italia: “No tome fotografías. Llévese un cuaderno y cuando vea algo interesante, dibújelo. Esa la única manera de entender la arquitectura”, le insistía Le Corbusier. A Samper le quedó gustando el ejercicio. Empezó con trazos tímidos en pequeñas libretas argolladas que hoy lucen añejadas por el paso del tiempo, y luego cambió a papeles más grandes y resistentes. “Me di cuenta de que estaba haciendo algo importante, que era dibujar”, dice con humildad quien estuvo, con Esguerra Sáenz Urdaneta Suárez, al frente del diseño de edificaciones emblemáticas como la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Museo del Oro, el edificio Avianca (en Bogotá) y el edificio Coltejer, en Medellín, por nombrar algunas.

En esta exposición, apta para niños, jóvenes, adultos, arquitectos, artistas y en general para todo aquel que disfruta recorrer y observar la ciudad, se muestran sus recorridos por Japón, Europa, Nueva York, México y en su país.

“La palabra ‘viaje’ es fundamental. Uno no hace esos croquis en la oficina sino cuando le dicen, por ejemplo, ‘vamos a llevarlo a dar una vuelta al Perú, a Machu Picchu. El viaje es muy importante porque allí hay un diálogo con los edificios”, sostiene.

Hoy, sus dibujos pueden tener varios metros de largo y marcan la evolución que ha tenido su trazo a raíz del ejercicio constante de dibujar cada lugar que ha visitado. Reposan en un mueble de madera, separados por piezas de cartón en las que se especifican el año, los lugares a los que fue o las ciudades y edificios que lo deslumbraron. Numerados en su totalidad, como si fueran las cajas de evidencias de todo lo que ha vivido.

Los guarda como tesoros porque, dice, cuando se empieza a dibujar surge un cariño por los dibujos, que son una forma de apropiación de los edificios que tienen un valor arquitectónico. “Una iglesia gótica o un palacio renacentista se vuelven de uno”, comenta el arquitecto, de 92 años.

Desde joven, Samper ha sabido aprovechar las oportunidades que le ha dado la vida. En cada evento sobre arquitectura al que asiste, no deja a un lado su libreta ni su marcador negro para sentarse, en cualquier rato libre, a dibujar en un parque o en la calle. “Los arquitectos somos adictos a los congresos y a las bienales de arquitectura. Entonces, o me iba dos días antes de que empezaran o me quedaba dos o tres días después, porque cuando uno está en el congreso está es pensando en las tarifas o en que la gente no las paga, cosas de esas”, recuerda sentado en su escritorio en su casa en el norte de Bogotá, donde está la oficina de GX Arquitectos, de la cual es socio desde 1995 con otra de sus hijas, Ximena.

“A medida que va pasando el tiempo, uno se va soltando y dibuja con más facilidad. Y puede hacer trucos”. No se trata solo de dibujar lo que tiene enfrente, sino de imaginarse cosas, de cambiar edificios o casas que tapan la vista para reinterpretar lo que ve. “Muchas veces uno hace un dibujo de una esquina y ya no ve más, pero yo puedo imaginarme cuál es el parámetro del frente y trazar unas líneas que indiquen que ahí hay unos edificios que yo quité. Puedo ver mucho más con el dibujo que lo que podemos ver con nuestros ojos”, señala.

Mientras recorre su casa, que construyó para vivir con su esposa, Yolanda Martínez, y sus cinco hijos, Samper –quien también fue docente universitario– se detiene a mirar una ampliación de uno de sus dibujos que está colgada en la pared. “Este es uno de los más importantes de la exposición”, asegura. Es un dibujo que hizo en Florencia (Italia) en el que aparece el famoso Ponte Vecchio. Con una memoria prodigiosa, reconstruye el momento en que lo dibujó: “Fuimos a Italia con Rogelio Salmona en 1949 por un mes, y yo hice un dibujo de esto. Este puente es muy interesante porque pasa por encima de una galería. Me llamó la atención la idea de construir sobre los puentes”.

Como buen lector e investigador (su casa está llena de libros y recortes de prensa), empezó a recopilar información sobre el tema. Tuvieron que pasar varias décadas para poder hacer realidad esa idea, claro está, de forma sutil. Cuando se empezó a construir la Ciudadela Colsubsidio, en el noroccidente de Bogotá, a fines de los 80, Samper planteó el diseño urbano de este lugar, que tiene 12.000 viviendas. En el espacio pensado para el centro comercial –que luego construyó la firma de arquitectos de Pedro Gómez (Unicentro de Occidente)– se halla la idea que se le vino a la cabeza una tarde de 1949 en Florencia: construir algo similar al Ponte Vecchio. “Nadie se había dado cuenta, yo era el único que sabía lo que estaba haciendo. Tuve la obsesión de hacerlo”, señala, refiriéndose a la vía que pasa por debajo del centro comercial, tal y como se aprovechó el espacio en el caso del puente italiano.

“Para eso sirven los dibujos”, dice este dibujante de ciudades, que ve a estas creaciones como la memoria del arquitecto: “La memoria es frágil y se va difuminando, se hace cada vez más etérea. Quien no dibuja no recuerda”.

Un visionario urbano

Samper es un creyente de la transformación de la sociedad desde el hogar. Un ejemplo vivo de ello es Martiniano Vergara, uno de los adjudicatarios del barrio La Fragua, en Bogotá, que Samper y su esposa, Yolanda Martínez, construyeron a finales de la década de los 50. “Es lo más divino que hay en el planeta Tierra”, dice Catalina Samper, hija del arquitecto, y añade: “Tiene 90 años y viene a ayudarnos a la casa”.

Como le contó a EL TIEMPO hace unos años, todo fue obra y gracia de ella, luego de recibir la llamada de un hombre que quería que le ayudara a cumplir el sueño de tener su casa. Para resumir la historia, no fue solo el plano para una vivienda, fueron cien, construidas por quienes luego fueron sus habitantes y propietarios.

Samper y Martínez, con el apoyo de amigos y colegas, buscaron el lote y se consiguieron el cemento y el buldócer, entre otros elementos. Al ser un proyecto de autoconstrucción dirigida y colectiva, solo al final los participantes supieron qué casa les iban a dar. Así, trabajaron con el mismo entusiasmo y manteniendo la calidad de la casa, cuenta Samper.

Otras personas que agradecen el gesto de estos esposos son Miguel Garzón y su hijo Daniel. Ellos vivieron en La Fragua y hoy tienen empresa propia. “La casa mejora las familias, y con Yolanda nos dimos cuenta de que la gente tiene mucha imaginación cuando se pasan a una casa. Por eso las llamamos viviendas productivas y de desarrollo progresivo”.

La casa en donde vive cumple estas características. Porque la hizo por etapas y porque allí funciona su oficina. Como pasó con algunas casas en el barrio La Fragua, en las que las personas adaptaron sus talleres y espacios de trabajo para mejorar sus ingresos.

Más allá de los edificios construidos, los múltiples premios y sus miles de dibujos, está la satisfacción de saber que ha aportado a mejorar la calidad de vida de varios de los que hoy en día son sus amigos. “Cuando le haces una casa a una persona acomodada no se siente la misma satisfacción que cuando llegas a encontrar soluciones interesantes. Hay que hacer un servicio social, y la construcción de vivienda económica es la oportunidad para hacerlo”, concluye el arquitecto, ganador del Premio Gonzalo Jiménez de Quesada, que le dio la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá (2015), de la Gran Orden del Ministerio de Cultura (2010), consultor de la Unesco en 1993 y nominado por Colombia para obtener el título de Arquitecto de América en 1992, entre muchos otros más.

MARÍA ALEJANDRA TORO VESGA
EL TIEMPO

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