‘Hijo de tigre sale pintando’: Alfonso Ariza

‘Hijo de tigre sale pintando’: Alfonso Ariza

El artista, hijo de Gonzalo Ariza, asegura que aprendió de su padre la fascinación por el arte. 

Artista Alfonso Ariza

Más conocido en el ámbito internacional que en Colombia, Ariza hizo en Japón una maestría en pintura tradicional japonesa.

Foto:

Olga Lucía Jordán

27 de junio 2017 , 11:25 p.m.

¿Qué es realmente el llamado arte contemporáneo? Hasta hace poco tiempo, la corriente que usurpaba este nombre estaba presente en siete festivales anuales y tenía una acogida privilegiada en numerosas galerías y museos tanto en Bogotá como en las principales ciudades del país. Presentada como una nueva tendencia universal que dejaba atrás la pintura para buscar otras formas de expresión, nuestros pintores empezaban a sentirse como autores de una obra extemporánea para la cual el mercado del arte era cada vez más esquivo.

Recorriendo hace un par de años los vastos salones de una Feria del Arte en Bogotá, encontré en todos lados muestras propias de esa curiosa tendencia. No podía asumir tranquilamente lo que iba viendo: botellas, serpentinas y copas rotas regadas por el suelo, ropa colgada en una cuerda, instalaciones sonoras con imágenes de la calle, bolsas de basura, prendas de mujer en una silla, etc. Nada de esto buscaba una composición estética. Prevalecía un caótico desorden asociado con la vida cotidiana.

Movido por una viva curiosidad, quise saber cuál era el propósito de estas exhibiciones y qué razones albergaban para identificarse con el último y revolucionario grito del arte. De manera confusa algunos textos me ayudaron a examinar dogmas y teorías sobre el arte contemporáneo. El crítico norteamericano Arthur Danto sostiene que el arte es una creencia aplicable a cualquier objeto; de su lado, el artista francés Marcel Duchamp defendía un orinal como una obra de arte, pues al ser expuesto tal artículo ordinario de la vida puede sufrir una mágica transformación. Exhibido en el ámbito de un museo, un objeto puede carecer de valor estético, pero adquirir un valor filosófico, según el curador que lo presenta, de modo que la transustanciación puede convertirlo en arte.

La conocida crítica mexicana Avelina Lésper sostiene que esta tendencia se reduce solo a pensar. Es decir, el concepto lo gobierna. En cambio para el pintor, pensar y trabajar dirigen su quehacer artístico hacia búsquedas estéticas.

La mejor réplica a todas estas aseveraciones del arte contemporáneo la obtuve gracias al pintor Alfonso Ariza, a cuyo taller llegué un día por indicación del crítico de arte Eduardo Serrano. Fue como confirmar los valores de la mejor pintura colombiana. Más conocido y apreciado en el ámbito internacional que en su propio país, Ariza es un extraordinario paisajista que sabe captar en sus obras el alma secreta y profunda de la naturaleza. Hijo del célebre pintor Gonzalo Ariza que dejó en sus telas una visión única e inolvidable del paisaje colombiano, algunos críticos lo ven equivocadamente como un dócil continuador de la obra de su padre. Alfonso, con humor, se apresura a responder “a mí me gusta decir que yo nunca he vivido bajo la sombra de Gonzalo Ariza, sino que he vivido bajo su luz”.
Me pareció oportuno conocer más a fondo su trabajo y los pormenores de su carrera.

¿Cómo ve usted el arte contemporáneo? ¿No teme usted que galerías, museos y coleccionistas vean hoy su obra extemporánea?

Esta misma pregunta me la hizo Eduardo Serrano y yo le contesté que nunca me he ocupado de una tendencia o moda para cuestionarla. He hecho un trabajo serio desde pequeño. Me parece que el arte contemporáneo tuvo algunas cosas excelentes en el sentido del concepto, porque se necesita un concepto en la obra, pero se quedó ahí, desconociendo el trabajo, el oficio y la introspección de un real artista para convertirse simplemente en moda y mercado. Me parece que el trabajo real de un artista tiene como sustento la introspección, la exploración de su mundo interior. De modo que para mí el arte y lo que quiero expresar es poscontemporáneo. Es un arte más ecléctico que tiene que ver con el uso y el redescubrimiento de todas las técnicas y oficios, más el concepto.

¿Qué lo llevó a seguir la misma vocación de su padre?


Yo creo que hijo de tigre sale pintando. Por supuesto, mi padre influyó en mí al facilitarme todos los materiales y crecer en un medio cultural muy rico. Mi madre, Susana Rubio de Ariza, escribía notas editoriales en EL TIEMPO y publicó varios libros, uno de ellos de poesía ilustrado por mí. Yo jugaba con colores y seguí jugando profesionalmente con ellos. Para mí, la pintura es un juego del alma.

¿Es verdad que a los cuatro años de edad expuso por primera vez sus pinturas?


Sí, fue en la Alianza Francesa. Yo no entendía muy bien lo que estaba haciendo, pero ahí fueron exhibidas todas mis acuarelas y grabados. Por cierto se vendían muy bien a quienes iban a la exposición, entre ellos funcionarios de la Embajada de Francia y de Estados Unidos. El Museo Nacional compró una obra. También desde los cuatro años hacía tarjetas de Navidad. Trabajaba medio año para venderlas en diciembre.

¿Cómo fue la relación con su padre?

Excelente. Me dejaba en completa libertad para pintar lo que yo quisiera. No intentaba corregirme nada. Cuando yo tenía seis años de edad, a él se le ocurrió enviar algunos cuadros míos a un concurso internacional infantil de pintura que tuvo lugar en India. Gané allí un premio, que me lo entregó Indira Gandhi cuando pasó por Colombia. De ahí que a mí me guste decir que he vivido bajo la luz de Gonzalo Ariza. Nunca bajo su sombra.

¿Dónde estudió?


En la Universidad de Los Andes estudié biología. Como se había acabado la carrera de Bellas Artes, decidí vincularme a los talleres artísticos que en su reemplazo surgieron.

Obra del artista Alfonso Ariza

Ariza considera que la pintura poscontemporánea no solo transmite un concepto de la mente, y por tanto no puede ser reduccionista.

Foto:

Olga Lucía Jordán

¿Por qué estudiar biología?

Porque me encanta la naturaleza que siempre está presente en mis cuadros. De modo que mi apreciación de la biología ha sido siempre desde la estética, desde el arte. Como biólogo yo no pinto solo un árbol, sino que conozco perfectamente su especie, como crece, el ambiente que lo rodea. La influencia de la pintura japonesa me permite captar su vida, su espíritu, el ambiente de humedad que lo rodea y todo lo que a su lado está sucediendo en la naturaleza.

En la verdadera obra de arte hay algo intangible, que podríamos llamarlo el espíritu de la obra en sí, que la hace trascendente.

Hablemos de Japón. ¿Qué lo llevó a ese país?

Fui a Japón a los treinta años para hacer una maestría que me permitiera especializarme en la pintura tradicional japonesa. Había conocido a través de libros una técnica que me llamaba mucho la atención por los colores y la textura que con ella se consiguen: la Nihonga. Yo llegué a pensar que dicha técnica era más fácil que el óleo, pero me equivocaba. En Nihonga se utilizan polvos de piedras trituradas y con ellos se pinta, por eso los cuadros adquieren mucho relieve. Mi papá estudió en Japón, pero no conoció esta técnica. Yo tuve la oportunidad de estudiarla con los mejores maestros japoneses. En mis cuadros se advierten reflejos nunca logrados con óleo porque se trabaja con láminas de oro, plata y platino. Cuando uno se mueve delante de un cuadro, tiene la impresión de encontrarse ante un bosque real. No hay un punto de perspectiva fijo, sino una superposición de planos. El cuadro cambia con la luz que reciba.

¿Cuánto tiempo duró allí su permanencia?

Cinco años. Mi papá murió cuando yo estaba allá. Enterado de que estaba muy mal de salud, decidí volver, pero él murió antes de que yo pudiera llegar. Tuvo conocimiento de mis exposiciones en Japón; vio los catálogos, pero no los originales. Él, por cierto, era un fan de mi pintura y siempre tuvo mis cuadros en su estudio.

¿Cómo logró usted adaptarse a su nueva vida en ese país?

Ante todo tuve que ocuparme de aprender japonés. Lo hice en un pueblo llamado Mino que queda al lado de Osaka. Después me instalé en Tokio para estudiar en Tama Art University, la universidad privada más famosa de Japón. Iniciaba mi pintura a las nueve de la mañana y salía a las diez de la noche. Después de esta larga jornada de trabajo, me iba al gimnasio y llegaba a casa más o menos a las doce a dormir y a prepararme para el otro día. Hice muy buenos amigos en Japón. Tuve la oportunidad de viajar y conocer una cultura que admiro mucho. Me gustaba ir a Kioto, conocer sus templos, recorrer sus jardines; una tarea absolutamente extraordinaria porque en todo lado uno encuentra notables manifestaciones de la cultura japonesa. Estuve también en la India. Soy profesor de yoga y convertí la meditación en la base de mi pintura.

Cuando regresó a Colombia, ¿qué acogida tuvo su pintura?

Al principio me pareció que era una acogida muy alentadora, pues mi primera exposición en Bogotá, en la galería Deimos dirigida por Poli Mallarino, fue un gran éxito. Prácticamente se vendieron todas mis obras expuestas allí. Pero con el tiempo me di cuenta de que mi pintura era mejor comprendida en el exterior. Tuve la oportunidad de conocer a Oswaldo Guayasamín y exponer en su fundación. Más tarde expuse en el Museo del Banco de la República del Uruguay, en La Manzana Verde de Asunción, en galerías se Nueva York y Burdeos.

¿En dónde pinta hoy?

Seis meses en Bogotá y seis meses en Montreal, una ciudad pequeña y tranquila donde la cultura francesa está presente y donde vive mi orgullo, mi hija Alejandra, que es una gran artista. Montreal es una París de los años setenta, con museos y toda clase de eventos artísticos. En invierno viajo a Montreal. Me encanta ver caer la nieve, todo queda en silencio. Aquí, en Bogotá, hay mucho ruido, contaminación y agitación visual. Como decía Gabo, el trópico tiene demasiada información que debe ser decantada para poder crear.

¿Tuvo alguna vinculación con pintores como Botero?

Claro que sí, conozco a Fernando Botero y a su familia, aunque hace años no nos vemos. Es un paisa muy simpático. También conocí a Alejandro Obregón, una persona cálida y maravillosa, al igual que a Negret, Debora Arango y tantos otros grandes artistas. Entre los escritores seguí muy de cerca la obra de Gabo y poetas como Eduardo Carranza y Jorge Rojas, que frecuentaban la casa paterna. Creo que el piedracielismo me ha marcado mucho por su aproximación romántica a la naturaleza y a la idea del espíritu en ella.

¿Está por desaparecer el arte contemporáneo?

Como bien lo ha escrito Eduardo Serrano, en el arte cuenta ante todo la autoría. El artista, dice él, tiene que plasmar con sus manos conceptos estéticos para transmitir a la pintura una dimensión espiritual y trascendente.

La obra que yo llamo poscontemporánea no puede ser reduccionista. Como arte verdadero, la pintura no solo transmite un concepto de la mente. En todas las obras fantásticas de la historia, encontramos que desde la pintura rupestre hasta pintores como Monet, Van Gogh, Velázquez, Da Vinci, Picasso, etc., se utilizaron lenguajes mucho más complejos. Estaba la manifestación del cuerpo a través del oficio y del trazo, la técnica, las veladuras o cualquier expresión física que denotaba el estilo.

Estaban también la expresión emocional del artista, los sentimientos, su vida y experiencia personal, que la hacen única. Y finalmente, aparecían los conceptos frente a la sociedad o su experiencia individual. En la verdadera obra de arte hay algo intangible, que podríamos llamarlo el espíritu de la obra en sí, que la hace trascendente. Sin este espíritu, la obra está muerta. Valga la paradoja: la obra de arte es atemporal.

Plinio Apuleyo Mendoza
Especial para EL TIEMPO

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