El arte de la colombiana Beatriz González llega a Burdeos, Francia

El arte de la colombiana Beatriz González llega a Burdeos, Francia

Primera retrospectiva europea de una de las artistas más respetadas de la escena contemporánea.

Beatriz González: su vida artística llega a Burdeos

Exposición de Beatriz González en Burdeos, Francia.

Foto:

Cortesía de la artista

06 de diciembre 2017 , 08:23 p.m.

“…Tú, Beatriz, tú insistes en tu mundo colombiano hermético, con todo lo que eso implica de intención antiestética y ausencia de vocación internacional. Eres la única gran pintora colombiana. Nunca te valorarán fuera del país. A no ser, claro, que […]un día (muy, muy lejano) los eruditos de este mundo se interesen por Colombia y descubran su pintura”.

Son las palabras del artista colombiano Luis Caballero, en una carta que le escribió en 1971 a su amiga y también artista Beatriz González. Su última frase es profética, pues evidentemente tuvieron que pasar muchos años para que la obra de González fuera conocida y valorada por fuera de los márgenes del país.

Y si bien es cierto que su obra hace parte de las colecciones de prestigiosos museos y que desde hace varios años ha sido invitada a participar en bienales y exposiciones en todos los rincones del mundo, solo ahora se le consagró en el Viejo Continente una retrospectiva.

Ella misma lo confirma: “Siempre dije que mi obra no podría circular en Europa y que si lo hacía sería como una curiosidad. Pero estoy pintando desde el 65, entonces creo que ya pasó la época de la curiosidad y que tanto el público como yo estamos preparados para esta retrospectiva”, le dijo a EL TIEMPO el pasado miércoles 22 de noviembre durante la inauguración de este montaje titulado ‘Beatriz González, retrospectiva 1965-2017’, en el CAPC-Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), y que se presentará luego en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (España) y en el Instituto KW para el Arte Contemporáneo (Alemania).

Esta muestra se encuentra instalada en la nave central del CAPC, es decir que se puede empezar el recorrido como el visitante lo desee, sin seguir un orden establecido. Aun así, lo primero que aparece frente a los ojos del visitante son los muebles; es decir, esas obras que, como cuenta la misma artista, descubrió por un verdadero azar.

Siempre dije que mi obra no podría circular en Europa y que si lo hacía sería como una curiosidad

“Un día fui con mi marido, que es arquitecto, a comprar materiales de construcción, y la señora que los vendía tenía recostada en la puerta esta cama, esta misma cama –dice mientras señala la ‘Naturaleza casi muerta”–, y yo le pregunté qué era y me dijo que se llamaba ‘cama radio’, porque aquí (en la cabecera) se podía colocar un radio. Y yo le dije: “Comprémosla”.

Estábamos recién casados y teníamos un apartamento muy minimalista, de manera que dijimos: ‘¿para qué?’, pero la compramos y por una cosa del azar o milagrosa, la coloqué con esto, que se llama el cabecero, en la pared; y en esa misma pared tenía colgado este cuadro que ya estaba terminado. Lo bajé y lo coloqué, y era del mismo tamaño, del ancho de la cama, y le puse el piecero y quedó una cama radio: una cama especial, cortica”, narra la artista.

Fue ahí precisamente cuando inventó los muebles, algo que ella considera que fue “un milagro, el azar”, pues de ahí en adelante sus cuadros ya no fueron solamente cuadros, sino que “tenían unos grandes marcos que eran como de la Colonia”, asegura. Para ese momento, ella ya tenía un estilo definido, que cosechó y descubrió hacia 1964, cuando hizo su primera exposición en el Museo de Arte Moderno.

“Me trataron siempre de ‘fina e inteligente’. Esos adjetivos me fastidiaban. Por alguna razón, yo sí era realmente una buena artista, tenía buen color y era inteligente, pero eso me molestaba mucho de la prensa.

Un día decidí romper con eso e hice una exposición en 1967, en la cual todo lo que yo quería era que se viera mal pintado y que los colores correspondieran a los de una iglesia que había en mi ciudad natal, Bucaramanga, que tenía la cúpula pintada de anaranjado, de verde y de vino tinto.

Ese era mi color y encontré que yo debía pintar con mi color: color provinciano y pintar cosas que no parecieran hábiles, como las que había hecho hasta entonces”.

No contenta con ello, fue despojando a la pintura de todo lo que podía considerarse ‘fino’. Remplazó el bastidor del lienzo belga por las láminas de metal para vallas comerciales; dejó a un lado el óleo y empezó a usar Pintuco y, sobre todo, se olvidó de las temáticas a las que se había consagrado, que partían de pintores como Diego Velázquez y Vermeer de Delft.

Los temas

Todo ello le permitió, como ella dice, empezar “una nueva era”. Aun si desde 1965 ya había encontrado las temáticas de las que se ocuparía. El punto de partida no ha dejado desde entonces “una lectura diaria de la prensa. Algo muy cotidiano, a la vez que fortuito”, considera.

Un día se encontró con el retrato de un par de místicos jóvenes enamorados –ella, una empleada de servicio y él, un jardinero– que se tomaron esa fotografía para dejársela a sus familias, antes de suicidarse, pues no querían consumar su amor porque se negaban a que ella perdiera su castidad.

Más que la historia, lo que capturó la atención de la artista fue la imagen, pues la foto salió publicada en el diario EL TIEMPO, con muy poca definición, así que las facciones del rostro de ambos, al igual que las flores que ella sostenía en sus manos, se veían como manchas, y la artista quiso pintarlos también. Luego hizo otras dos versiones; una de ellas está expuesta en esta retrospectiva, y fue de esa manera como Los suicidas del Sisga se convirtieron en un verdadero ícono del arte colombiano, pues por primera vez en la historia de la pintura del país, la vida común, lo prosaico y lo cotidiano, apareció en una obra de arte, mas no con ese anhelo costumbrista.

Luego inició una etapa en la que hizo una despiadada crítica a los gobiernos de turno, principalmente al de Julio César Turbay, a quien siempre ha considerado “de mal gusto” y que la llevó a crear otra de sus más célebres obras: Decoración de interiores (1981), una serigrafía sobre tela, colgada como cortina, en la que aparece el mandatario rodeado de mujeres, “bebiendo y cantando –dijo en Burdeos–. Entonces, volviendo a la filosofía de los muebles, hice 140 metros de nuestro presidente”.

‘No podía seguir burlándome’

Una Beatriz infatigable se revela a los ojos de los periodistas que han venido de toda Francia para ver esta muestra con visita guiada por ella misma. Así que toma el micrófono entre sus dos manos, cuenta pausadamente sus intereses en algunas de las principales obras expuestas y se lo pasa a un traductor.

Sin embargo, el gesto e incluso la postura de la artista cambia cuando se detiene en frente de la obra Los papagayos. Saca una mano de la chaqueta y la extiende a lo largo del cuerpo, sostiene el micrófono con una sola mano y se lo aprieta al pecho, en una postura más seria –podría decirse, incluso, más solemne– para hablar acerca de “este doble problema de guerrilla y narcos que queman el Palacio de Justicia para quemar los expedientes que les concernían. Entonces me dije desde ese momento que no podía seguir burlándome y abordando los temas con humor, y me consagré a trabajar”, afirma.

Luego conduce al grupo a otra sección de la muestra. “El pueblo se llama Las Delicias y la guerrilla cogió a 120 soldados, mató 60 y se llevó 60 a unos campos de concentración. Fue la primera vez que las madres protestaron por la muerte de sus hijos, y quise retratar el dolor. El gesto que encontré son las manos en la cara y las mujeres llorando todas. Inclusive me retrato yo misma, desnuda, llorando y hago esa denuncia de lo que es el estado de ánimo de todos los colombianos que pensábamos que el país no tenía vuelta. Ahora, todos los colombianos estamos muy optimistas porque pensamos que esta guerra llegó a su fin”, apunta González.

Precisamente en ese sentido se la considera “una incisiva y lúcida cronista de la historia reciente de Colombia, […]una artista histórica y política”, según se lee en el catálogo de la retrospectiva. Con esa obra termina la visita guiada que la artista les ofreció a los periodistas.

Una incisiva y lúcida cronista de la historia reciente de Colombia

Sin embargo, Beatriz no tiene reparos en responder a más preguntas y le cuenta a este diario la historia de una de sus obras más recientes, una serie de señales de tránsito que presentó en una de las pasabas bienales de Berlín.

“Me parecía que las señales de tránsito alemanas y las de todo el mundo no son comprendidas y que los accidentes y los crímenes que suceden es por falta de señales de tránsito comprensibles. Entonces dije: ‘Voy a crear imágenes que sean señales de tránsito colombianas para que la gente las entienda’, y me salieron muy trágicas. Pero fue muy lindo en Berlín, porque las pusieron en el jardín de la Bienal y los berlineses llegaban y amarraban las bicicletas ahí pensando que eran de verdad; entonces, para mí, esa obra es un éxito, aunque casi nadie la conoce, porque siempre está guardada”.

Maestra y discípula

Las piezas de esta retrospectiva fueron seleccionadas, organizadas y montadas bajo la lupa de la curadora bogotana María Inés Rodríguez, quien no solo es la directora del CAPC, sino además una discípula de la artista.

La historia entre ellas se remonta a los años ochenta, cuando Rodríguez terminaba sus estudios de arte en la Universidad de los Andes y se vinculó al grupo de la Biblioteca Luis Ángel Arango que se ocupaba de ofrecer las visitas guiadas de las exposiciones que tenían lugar allí y era liderado precisamente por la artista. Allí, González les proponía temas de investigación, desde los que podían aprender acerca de la historia del país y del arte.

Melissa Serrato Ramírez
ESPECIAL PARA EL TIEMPO (BURDEOS)
Twitter: @MelissaSerrato

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