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Marzo 31 de 2008

El 'Tesoro de la Juventud' o la enciclopedia que marcó a una generación

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Daniel Samper recuerda la enciclopedia infantil más famosa de la lengua española. Evocación del mundo en veinte tomos.

Hacia 1930, cuando nadie era capaz de imaginar que un disco con aspecto de oblea llegaría a albergar una biblioteca entera, apareció la más famosa enciclopedia para niños del siglo XX. Se llamaba El Tesoro de la Juventud, y aún hoy la evocan con nostalgia muchos octogenarios que dedicaron largas horas a descubrir el mundo a través de sus 7.172 páginas. Pero no solo ellos. Como El Tesoro de la Juventud era parte fundamental de toda colección doméstica de libros que se respetara, también sus hijos y sus nietos leyeron, hurgaron u hojearon la enciclopedia. Es frecuente encontrar tomos que contienen garabatos a lápiz, trozos secos de mermelada o subrayados de tres generaciones.

(Siendo niño, yo pasé muchos ratos leyendo trozos de los ejemplares de ETJ que en 1934 le regaló mi abuelo a mi taita, cuando este cumplió 16 años. Aun hoy recuerdo versos que aprendí entre sus lomos, pequeños trucos de magia con los que engañaba a mis primos y cuentos fantásticos del Oriente. Al repasar las láminas, encuentro imágenes como la de dos osos polares en trance de atacar una morsa. Era una escena cruenta que me inquietaba a los ocho años y me aterroriza hoy).

ETJ estaba dividido en catorce secciones o 'libros' que se entremezclaban a lo largo de los veinte tomos; mis favoritos eran entonces Juegos y pasatiempos, 'Los Por qué', 'Narraciones interesantes' y 'Poesía'. Pienso que hoy dedicaría más tiempo a 'Los países y sus costumbres', 'Hechos heroicos', 'Historia de los libros célebres' y 'Cosas que debemos saber', sección dedicada a hechos interesantes y actualidades de la ciencia y la tecnología. Muchas de estas últimas cosas que debemos saber son ya tan sabidas o anacrónicas que solo conviene recordarlas en calidad de piezas históricas, como el capítulo admirativo dedicado a los aviones biplanos o las maravillas de un tren capaz de viajar a 96 kilómetros por hora.

A pesar de que en el curso de los años han surgido enciclopedias más modernas, más lujosas y más completas, hasta llegar a la Británica en cedé y la Wikipedia de Internet, ETJ ocupa un lugar muy especial en los conocimientos y los sentimientos de miles de latinoamericanos. Supongo que ocurre lo mismo con los estadounidenses, pues la versión original de El Tesoro fue un texto en inglés publicado por la empresa W. M. Jackson Inc. Tuvo el buen gusto esta editorial de abstenerse de realizar una mera traducción de contenidos, y dedicó amplio espacio propio a los países de América Latina. Sin embargo, en la nota sobre derechos de autor comete el exabrupto de darles un tratamiento colonial: "Esta obra no podrá sin su permiso ser reimpresa en España y sus posesiones de Ultramar".

(¿Cuáles posesiones de ultramar, si España había perdido las primeras en el primer tercio del siglo XIX y las últimas más de tres decenios antes de que circulara la enciclopedia?)

  ¿Por qué tantos del Cono Sur?
La versión en castellano contó con una comisión de sabios que seleccionó cuentos y poemas en nuestra lengua y preparó los capítulos especiales sobre el subcontinente. Lo malo es que la comisión no era propiamente milimétrica, pues adolecía de un fuerte componente del Cono Sur. De ocho miembros, cuatro eran argentinos o uruguayos (entre ellos el ilustre José Enrique Rodó) y uno más era chileno. Los otros tres procedían de Perú, México y Cuba. La desproporción se refleja en el espacio dedicado a cada país. Uruguay registra 123 ítems, Chile 116 y Argentina 81. Méjico solo 33, y Colombia apenas 12.

Pero estas son cuentas de viejo. A los niños les interesaban más los trucos de magia que enseñaban en sus páginas o las fábulas que protagonizaban diversos animales. 'El libro de los Por qué' (sic), sección planteada en forma de preguntas y respuestas, constituía un anzuelo especialmente atractivo donde quedaba ensartada la curiosidad infantil:

"¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?" (Porque el aceite es más liviano, y flota.)
"¿Por qué no se mojan los patos?" (Por su denso plumaje y porque tienen una glándula que produce un lubricante impermeable)
"¿Por qué tiene la abuelita el cabello blanco?" (Porque los años y ciertas enfermedades debilitan la pigmentación del pelo).
"¿Por qué no canta la gallina como el gallo?" (Porque la naturaleza decidió que, en general, el ave macho tiene el plumaje más vistoso y el canto más melodioso que la hembra).
"¿Por qué brilla el sol durante los aguaceros" (Respuesta de ETJ: "¿Por qué no ha de brillar?").

Hoy, yo agregaría una pregunta más: "¿Por qué no escriben 'los porqués' en plural, con inicial minúscula y como una sola palabra?"
Aunque la enciclopedia es extremadamente púdica -en el extenso índice simplemente no figura la palabra 'sexo'-, recuerdo que allí encontré uno de los primeros temas de meditación protoerótica. Se trata de la historia de Lady Godiva, esposa de Leofrico, señor feudal de Coventry que ahogaba al pueblo con tributos y gabelas.

La dama intercedió ante su marido a favor de los aldeanos y Leofrico aceptó rebajar las alcabalas a cambio de que Godiva recorriese el pueblo a caballo completamente desnuda. El texto no decía desnuda sino "sin más traje que los cabellos", pero a buen niño entendedor, pocas palabras bastan. La joven y atractiva matrona realizó el paseo, y los aldeanos, advertidos de la causa, "permanecieron encerrados todos en sus casas, a fin de evitar el más leve motivo de bochorno a su amada y generosa protectora".
(Conocida la historia en el tomo VI, era inevitable que al menos dos preguntas asaltaran la cabeza de los pequeños lectores: Primero, ¿qué clase de marido era Leofrico, que aceptaba que su esposa se pasease empelota por el pueblo? Segundo: si yo -el lector- hubiera sido habitante de Coventry, ¿habría resistido a la tentación de atisbar por las rendijas cuando pasara Lady Godiva?).

  Hablemos de nosotros (y nosotras)
La enciclopedia abarcaba toda clase de asuntos, desde la geografía hasta los enigmas matemáticos, pasando por el arte, la escala musical, la enseñanza de idiomas a través de historietas, la geografía pintoresca y la química, demasiado avanzada esta última para la edad de los lectores, a mi juicio. Algunos temas estaban pensados para el género femenino. Si bien empleaba un lenguaje genérico en plural de primera persona que permitía dirigirse a una audiencia común (por ejemplo: "Para fabricar una espada de madera necesitamos cortar una tabla" o "La manera más fácil como podemos bordar un pañuelo"), estaba claro que había temas exclusivamente para chicas. El pronombre lo revelaba: "Para trazar nosotras mismas las letras en la tela...".

Es posible que hoy las feministas objetaran esta discriminación que vuelve a sumergir a las mujeres en el costurero y la cocina, aunque es justo decir que las recetas para hacer dulces y galletas en casa, por ejemplo, incluyen a niños y niñas como reposteros. De todos modos, me refiero a los años treinta, cuando pocos países aceptaban el voto femenino y en América Latina, con escasas excepciones, las universidades solo matriculaban pantalones.

  Auge, decadencia y caída
Impreso en Boston por C. H. Simonds y exportado desde allí a otros países, El Tesoro de la Juventud constituyó un formidable éxito editorial en el mundo de habla hispana. No solo sirvió de consulta a cientos de miles de colegiales que lo encontraban en su escuela, sino que inició en la lectura al menos a dos generaciones de niños. Numerosos padres de familia hicieron el esfuerzo económico de adquirir los veinte tomos verdes a fin de alojar en casa esa colección que durante años cumplió un papel que luego asumieron, en parte, la radio y la televisión. Muchos microlectores se convirtieron más tarde en intelectuales famosos y la recuerdan con cariño. Julio Cortázar le rinde homenaje en el título de una de sus notas de Último round y el editor argentino Mario Mushnick dice que a ella le debe buena parte de su vocación bibliómana.

Todavía circulan miles de ejemplares de El Tesoro, aunque abundan los tomos cimarrones y las colecciones incompletas. (A la que fue propiedad de mi taita y heredé por razones de mayorazgo, le falta el tomo XIII. Alguno de mis hermanos, o yo mismo, lo prestó alguna vez a algún condiscípulo que pretendía extraer de allí los datos para una tarea, y, como suele ocurrir con los libros, jamás regresó a su lugar en la biblioteca).

ETJ conoció varias ediciones. La primera fue en 1915. Muchas de ellas carecían de fecha, supongo que por razones de mercadeo. (La que perteneció a Andrés Samper Gnecco data de 1930 a 1933, según pude deducirlo por una lección de historia de Argentina que termina en medio de la administración de cierto presidente cuyo periodo acaba en el 34). En 1954, al ver que decaían las ventas por el auge de otras fuentes de información y entretenimiento infantil, la editorial Jackson le cambió el nombre por el de Enciclopedia Práctica. Pero no era problema de nombres. El modelo estaba mandado a recoger.

En 1970, W. M. Jackson Inc. vendió los derechos de El Tesoro a la editorial mexicana Cumbre y cinco años después esta los negoció con Grolier Internacional, que en 1975 publicó, renovado, El Nuevo Tesoro de la Juventud. Ya no fue lo mismo, sin embargo. Abundaban para entonces las enciclopedias infantiles y juveniles a todo color, con dibujos modernos, recuadros y temas de actualidad. Además, el único rival que competía por el tiempo libre del niño no eran ya tan solo el aro y la muñeca, sino los absorbentes medios de comunicación modernos. La llegada de Internet representó un poderoso contrincante más, que añade a su versatilidad e inmediatez el bajo costo.

  El enigma del bufón
Pese a los computadores y los medios de almacenamiento con nanomemoria, El Tesoro de la Juventud sigue siendo, bueno, un tesoro. Ya no tanto por su contenido, naturalmente, sino por su carácter de joya bibliográfica. Existe en la red un mercado vasto y activo que vende y compra estas enciclopedias por piezas o completas. En los almacenes de libros de viejo, su precio se cotiza más que otras mucho más modernas.

Podría pensarse que, siete decenios y medio años después de su lanzamiento, ETJ solo ofrece ya el nostálgico olor pueril de las magdalenas de Proust. Pero no es así. Es posible pasar interesantísimas horas de lectura sumergido en páginas suyas que no han perdido vigencia. No niego que, en tiempos del MP3 y las videoconsolas, resulta ridículo fabricar un complicadísimo fonógrafo casero o una linterna de proyecciones como los que recomienda y explica la enciclopedia de W. M. Jackson Inc.
Pero es imposible sustraerse, por ejemplo, al suspenso de cierto pasatiempo titulado 'Cómo escapó de la muerte el bufón de un rey'. Relata el texto que un soberano de malas pulgas confinó su bufón a las mazmorras, situadas en lo más alto de una torre, de donde seguramente solo saldría para ser ejecutado. El bufón descubrió, allí encerrado, que su cuerpo cabía por entre los barrotes de la ventanilla y que en un rincón yacía olvidado un lazo capaz de resistir su peso.

"Desgraciadamente -agrega el texto- la cuerda era muy corta. ¿Qué hacer?"

El bufón recordó el chiste de un irlandés que quiso huir descolgándose de una sábana, y pretendió cortar un trozo de arriba para agregarlo abajo. "Esto es una chuscada, claro está; pero sugirió al bufón una idea, cuya realización lo condujo a la libertad. ¿Cómo lo hizo?, esto es, ¿cómo logró el bufón alargar la cuerda y escapar del castillo?" Con esta pregunta de suspenso termina el cuento.

Quizás se me habría ocurrido la solución al problema cuando tenía ocho o diez años y sabía cosas que olvidé luego. Pero, más de medio siglo después, acabo de leer el acertijo y me quedé mudo. Sí: ¿cómo lo hizo, el maldito bufón? Busqué entonces el desenlace en el lugar de El Tesoro donde indican remiten a la solución, y me indicó que la hallaría en la página 4.456. Pero ocurre -manes de la Ley de Murphy ¿que esa página corresponde, exactamente, al tomo XIII, el que falta en mi colección.

Así que si algún feliz propietario de un juego completo de El Tesoro de la Juventud se compadece de mí y encuentra la respuesta en el sitio indicado, le agradeceré que me lo haga saber (cambalache@mail.ddnet.es) para poner fin a esta duda insoportable que me desvela...
 

Daniel Samper Pizano

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