Foto: Imagen Reina - cortesía Revista Jet Set
Margarita Vidal se despide de su amigo, unn hombre que vivió como un huracán.
Era el personaje perfecto para una buena entrevista: inteligente, culto, irreverente, directo, con cero agua en la boca, iconoclasta y provocador.
De gran agilidad mental, tenía la lengua acerada, un humor filoso lleno de ironía -y tantico veneno- y una malicia indígena -muy colombiana- que le permitía descubrir, de un solo golpe, los significados crípticos en que se especializan los verdaderos cachacos.
A veces se le iba la mano porque "sacrificaba un mundo para pulir un verso", pero no podía dominarse. Era una especie de reflejo condicionado y demoledor. Su mente alerta, su información sobre todos los temas y su dominio de la chismografía local, disparaban siempre el apunte oportuno, el sarcasmo rasposo, el comentario ácido, porque sabía perfectamente qué se cocinaba entre las bambalinas no sólo de la gastronomía, sino de la política, la 'sociafilia', la farándula y el periodismo.
Siempre a la expectativa de lograr, a su vez, quién le clavara picas, le asestara "un nocaut" o respondiera a su ingenio con más ingenio, estallaba en una risa totalizante. Cuando eso ocurría, su enorme cuerpo se estremecía de anticipado placer, sus ojos azules brillaban interesados y su cerebro se disponía a la liza.
El talante de Kendon levantaba roncha, sin duda. ¡Todavía no se ha inventado anestesia para la crítica! La misma que era, precisamente, la razón de ser de su oficio. Por eso tenía enemigos y malquerientes, pero también decenas de amigos y contertulios que apreciaban su rapidez mental, su gracejo, su generosidad sin fronteras, su genuino interés y su amor por todo aquello -malo o bueno- que representa Colombia, el país que escogió para vivir y morir.
Y donde dejó una huella importante porque aupó la buena gastronomía, las academias de cocina, la creación de restaurantes, la formación de chefs, y el rescate de las recetas locales, los grandes festivales culinarios, el reconocimiento y uso de los ingredientes vernáculos; y retó a los colombianos a aventurarse en la cata de vinos, no obstante recomendar a veces una buena pola.
Escribió libros de cocina e hizo una crítica de restaurantes tan implacable, que le generó algunos odios inevitables, pero le granjeó el reconocimiento de lectores y comensales por la mejora evidente no sólo de la calidad de la gastronomía nacional y de sus comederos de alto y bajo coturno, sino de su servicio profesional, sus ambientes, sus menús, su decoración y sus precios. Hizo, en suma, su oficio como debía.
Se sabía imbatible en temas culinarios y por eso dictó cátedra y pontificó, pero también rescató y le dio estatus a la comida colombiana -una especie de pobre vergonzante- antes de convertirse en el papa negro de los condumios.
Como buen escocés, Kendon se había deleitado con la carne del Aberdeene Angus, con jugosos platos de caza, tiernos salmones y ostras inigualables, antes de desembarcar en Macondo atraído por el enigma de Melquíades, las guerras interminables de Aureliano, las hazañas sexuales de José Arcadio y el universo desaforado y alucinante de los Buendía, con sus levitaciones, huevos prehistóricos y maldiciones ineluctables. En la placita de Aracataca decidió que se quedaba en Colombia. Lo demás es historia.
Kendon MacDonald vivió como un huracán, durmiendo apenas, viajando incansablemente, probando y calificando platos, inventando concursos, prestando su talento de cocinero mayor a entidades y eventos sociales para auxiliar ancianos, niños abandonados, comunidades en zonas de alto riesgo, soldados mutilados por la maldita guerra, viudas y huérfanos de esos soldados, porque el corazón no le cabía en su cuerpo de niño grande.
No creo que su viaje final lo haya sobresaltado. Él sabía que en cada uno se jugaba la vida, pero le gustaba gambetear al destino. En su adorada Cali apostó sus restos y se murió como seguramente hubiera querido: entre rumba y rumba y en la mano un gigantesco martini.
¡Abur! Amigo. Una margarita en tu tumba.
Margarita Vidal