Foto: Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO
En el cementerio San Bonifacio se tejen muchas historias de miedo y de espíritus que regresan a este mundo. (Ilustración de apariciones )
Camilo Torres Alzate, sacerdote y gerente del cementerio San Bonifacio de Ibagué, afirma que la caída ha sido vertiginosa y que se está perdiendo la costumbre de enterrar en bóvedas y lotes.
En más de una ocasión el sacerdote Camilo Torres Alzate ha llegado sólo y a altas horas de la noche a este sitio lleno de bóvedas y osarios ubicado entre los barrios América, Primero de Mayo y El Bosque.
El mes pasado lo hizo. Llegó sin ninguna compañía al campo santo que gerencia y administra desde hace 40 años. Después de la 1 de la madrugada volvió a salir como nada de allí sin el más asomo de miedo o preocupación.
En Ibagué abundan las historias de muertos y almas que regresan del más allá. Por eso este sacerdote se ha tomado en serio la difícil tarea de corroborar en la práctica si los que van al más allá duermen el sueño profundo, o regresan a este mundo. Y en más de una oportunidad ha podido establecer que los muertos no asustan, ni se aparecen en forma de espíritu, ni hablan como cualquier mortal.
"Voy al cementerio a hablar con ellos, a ver si es cierto que se levantan de las bóvedas y van de un lado a otro, pero el cementerio permanece en calma. De las bóvedas y lotes no se sale nadie, allí nadie asusta, ni las almas, ni los espíritus, todo eso que dicen es cuento, son agüeros y creencias de la gente", afirma.
La tarea de oficiar eucaristías y enterrar cuerpos sin vida la cumplen a cabalidad él y ocho sepultureros. Cuando se le pregunta a dónde van los muertos, este sacerdote de 60 años de edad, oriundo de Don Matías (Antioquia) responde que esa es una tarea o verdad que solo Dios sabe.
"El alma es un tema aparte, esa es tarea de Dios, solo Dios decide quienes van al cielo, al purgatorio, al infierno o al limbo", agrega.
Oficio muy duro
Su tarea no es nada fácil ya que enterrar muertos es un oficio que hoy pocos quieren desempeñar. "Yo no tengo reemplazo, a pocos les gusta esta tarea de enterrar", señala.
Afirma que su oficio de dirigir el campo santo de la ciudad lo tiene por pura vocación. Considera que para permanecer en el cementerio junto a miles de muertos, hay que tener disposición natural y buena dósis de vocación.
Disminuyen entierros
Torres está preocupado porque el número de entierros disminuye vertiginosamente desde que aparecieron los hornos crematorios, que reemplazan la costumbre de enterrar en bóvedas y lotes.
"Años atrás yo hacía 8 entierros por día, hoy las cosas son diferentes, hay días de 1 o 2 entierros, y eso afecta las finanzas del cementerio San Bonifacio", asegura.
Las cosas se complican toda vez que la nómina quincenal de sepultureros, conductores, secretarias y vigilantes, llega a los 7 millones de pesos.
"El trabajo aquí era mejor antes porque a diario se daban más de 6 entierros por día, el cementerio permanecía lleno de dolientes. Hoy es menos, ha mermado mucho todo", dice un sepulturero.
Cremación de cadáveres acaba con todo el negocio
Ancizar López Forero se gana la vida trabajando para los muertos. Este tolimense de 49 años no descansa haciendo lápidas en mármol en un pequeño local del frente del cementerio San Bonifacio.
El oficio lo aprendió solo, de tanto mirar hacer lápidas a su padre Pedro Gómez.
"Yo hago grabados de nombres en diferentes estilos y a pulso, mi estilo es serio y le cumplo a los clientes", señala.
También talla en el material la foto del fallecido. "A los familiares de los muertos les gusta mucho la foto en la lápida, dicen que así perdura el recuerdo y cuando visitan la tumba tienen su cara fresca ante sus ojos", agrega.
La muerte también tiene sus costos. Una lápida, si es sencilla, cuesta entre 80 y 100 mil pesos, pero si se fabrica en mármol fino el precio oscila entre 600 mil pesos y 2 millones de pesos.
"Todo depende del bolsillo, pero a la gente pudiente le gusta el material fino, el mármol Guatemala es el mejor, el más famoso, algunos comentan que lo bueno llegar bien presentado al cielo", dice.
Haciendo lápidas y tallados que solo él maneja, Ancizar Gómez ha pasado la mayor parte de su vida. Con lo que gana mantiene a su familia pero la aparición de los hornos crematorios ha reducido sus ganancias. "Años atrás las cosas eran mejores, semanalmente me ganaba hasta 400 mil pesos, hoy es menos, unos 150 mil cada semana", dice.
Considera que lentamente la cremación de cadáveres acaba con su negocio.
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