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Más de 200 personas quedaron discapacitadas tras avalancha de Armero

Por: FABIO ARENAS | 10:50 p.m. | 12 de Noviembre del 2010

Entierro de Omaira Sánchez

Entierro de Omaira Sánchez, la niña que se convirtió en símbolo de las víctimas de la tragedia.

Foto: Archivo / EL TIEMPO

Tras 25 años de la tragedia, en Lérida (Tolima) viven 8.000 damnificados.

Dando gritos, Omaira Medina llegó hasta la puerta de su casa para correr hacia la calle, pero quedó paralizada al escuchar el estruendo que provenía de la parte alta de Armero, por donde desciende el río Lagunilla.

Se santiguó y con su esposo, Fernando Cifuentes, dieron marcha atrás para buscar protección en su humilde casa que con sacrificio habían construido.

"Yo escuchaba un ruido terrible: eran como de miles de piedras rodando, dando botes: parecía un terremoto", afirma Omaira, al recordar la avalancha del Lagunilla, el río que, con piedra, lodo y azufre bajó del nevado del Ruiz y acabó con Armero.

El reloj marcaba las 11 de la noche de aquel fatídico 13 de noviembre de 1985, cuando su casa comenzó a desplomarse.
Entonces, sin dejar de implorar la protección de Dios, se abrazó con su esposo.

"Los muros se vinieron al piso, quedamos atrapados hasta más arriba de la cintura y así permanecimos 3 días. Fernando no soportó tanto dolor: murió junto a mí. Fue un momento muy duro, que no sé cómo he podido superar", asegura Omaira, quien para la época de la tragedia, cuando tenía 22 años de edad, llevaba 3 meses de embarazo.

Ella pasó tres días y tres noches llorando, esperando el anhelado rescate, y por fin el 16 de noviembre las brigadas de socorristas de la Defensa Civil, Bomberos y Cruz Roja quitaron de encima de su cuerpo toneladas de tierra y concreto.

"Salí con vida, respiraba bien, pero no sentía mis piernas. No me podía apoyar en ellas y eso me generó una preocupación grande, pues pensé que las podía perder", señala. En helicóptero, fue trasladada al Hospital San Juan de Dios, en Bogotá, donde, por decisión médica, se las amputaron.

Desde ese entonces, se mueve con prótesis, o con 'patas de palo', como dice ella, en su humilde rancho del barrio Alemán, en Lérida, un municipio del Tolima pegado a Armero, donde esta mujer vende chance en las calles para sacar adelante a su hijo Jair Fernando, de 24 años, que milagrosamente se salvó de la avalancha.

Como Omaira Medina, cientos de personas viven con su discapacidad a cuestas, por culpa de la tragedia ocurrida hace 25 años, en una noche de intensa lluvia, cuando ancianos, jóvenes y niños, quedaron atrapados entre toneladas de lodo, palos, tierra y concreto, que dejaron consecuencias graves para la movilidad de sus extremidades.

"Existen más de 200 discapacitados, muchos perdieron sus piernas ese día o posteriormente por las secuelas de los golpes; otros no tienen manos, y es alto el número de los que resultaron quemados por el lodo y el azufre del volcán", afirma Gustavo Prada Fernández, presidente de la Corporación Casa Armerita, que agrupa a más de 10.000 damnificados.

"Los discapacitados, que se mueven con muletas o están en sillas de ruedas, viven abandonados, relegados, sin casa ni ninguna clase de ayuda del Gobierno", agrega Prada.

Y se pregunta: "¿Por qué nos han abandonado así y se han despilfarrado miles de millones de pesos en monumentos al cemento?".

Se refiere a construcciones abandonadas, como las sedes de Bomberos, Defensa Civil y Cruz Roja en Lérida, o la plaza de mercado, el mirador, el parque microempresarial y un teatro en Armero-Guayabal, levantadas después de la tragedia.

El Gobierno, ajeno a todos

La mayoría de quienes perdieron su movilidad viven en veredas y barrios de Armero-Guayabal, Honda, Lérida e Ibagué. Muchos prefieren no hablar de su suerte; dicen que no vale la pena porque el Gobierno nunca les ha ayudado.

Santos Salinas, de 78 años, es otro caso dramático. Él permanece a mañana y tarde en la esquina del Banco Agrario de Armero-Guayabal, a donde llega a buscar ayuda. Camina apoyado por un bastón.

"Desde hace 25 años no he vuelto a caminar bien; el lodo y la piedra me dañaron las piernas. Yo estuve atrapado 3 días en una calle del barrio Pueblo Nuevo", dice el hombre, que también tiene dificultades en la visión.

La tragedia, además, lo dejó sin su esposa, Carmen Lara, y tres hijos. Hoy, recuerda que lo rescataron en helicóptero, porque su barrio quedó totalmente sepultado.

"Esa fue una noche terrible. Yo podía escuchar los gritos de mucha gente atrapada en el lodo, que murió pidiendo ayuda", señala Santos Salinas.

Diferente fue la experiencia de Julia Garzón Barreto, quien perdió la pierna derecha en la tragedia. Ella sale adelante con tratamientos psicológicos pues, como lo reconoce, no es fácil olvidar que aquella noche la avalancha acabó con su pueblo y le arrebató a 30 de sus familiares.

En esa época, Julia vivía cómodamente con su madre, Ana Celmira Barreto, en el barrio Santander y cuando le dijeron que el volcán había explotado, con su hermana Leonor salió apresurada en un campero Nissan de la familia. Se había bajado del carro en el Colegio de la Sagrada Familia, con la intención de devolverse a buscar a su mamá. El segundo piso del centro educativo estaba repleto de gente atemorizada, que daba gritos y hablaba de la furia del nevado del Ruiz.

De un momento a otro, el lodo derrumbó la puerta y en un instante el techo del segundo piso del colegio se vino a tierra. Aunque Julia salvó su vida, el concreto y la tierra aprisionaron sus piernas.
"Perdí el sentido y quedé a merced del lodo, que me arrastró calles abajo. Tarde de la noche abrí los ojos y me sentí desconcertada, no entendía que pasaba ni dónde estaba -recuerda-. La verdad, creí que el mundo se había acabado, pero al amanecer del 14 de noviembre entendí que era Armero el que se nos había acabado", afirma Julia Garzón.

Considera que los problemas que sufría desde niña en sus extremidades inferiores, se agravaron y, por culpa de la avalancha, camina apoyada por muletas. Su soporte económico es un hermano que le brinda vivienda y comida. Y afirma que, después de largos años de sufrimiento, ninguna entidad o el Estado le ha ofrecido una mano de ayuda.

"Yo soy una persona optimista, echada pa' lante, que batallo, pero a veces me desilusiono al ver que el Estado nos tiene olvidados.
Por ejemplo, en Armero-Guayabal ni siquiera tenemos agua para el consumo de la comunidad: este es un pueblo pobre y abandonado", afirma. Se opone a la construcción de un parque temático en las ruinas de Armero y dice que "lo ideal sería que esa millonada se invirtiera en vivienda digna y en generación de empleo para miles de armeritas desamparados".
Cuatro días en el lodo

Su vecina Elvia Labrador, que se desplaza en silla de ruedas por culpa de la catástrofe, con palabras cortas recuerda que estuvo atrapada en el lodo durante 4 días.

"Yo no quisiera hablar porque cada año es la misma historia con los damnificados de Armero. Todo el mundo dice: pobrecitos, quedaron solos, son huérfanos, están desamparados, no tienen casa. Pero el Estado no hace nada por los que hoy sufrimos el vía crucis en silencio", señala.

En Lérida, municipio que alberga a unos 8.000 damnificados de la tragedia, Luz Marina Mora dice que ella misma rescató a su madre, Cleotilde Bernal, que estuvo 2 días atrapada en el lodo.

"Vivíamos en el barrio Vallecito y la casa se nos vino encima. Gracias a Dios tuve fuerzas para ayudar a mi madre, que ese día perdió una pierna", relata.

Jaime Millán también se suma a esta larga lista de personas afectadas por la tragedia. Este hombre, de 40 años, dice que el lodo y el azufre del volcán le ocasionaron quemaduras en las piernas y en la cintura. "Mi papá me cuenta que me rescató al segundo día y que mis piernas estaban quemadas", señala.

Dice que los tratamientos médicos le han ayudado a recuperarse físicamente.

"Uno puede sanar sus heridas del cuerpo, pero la cicatriz de esa
tragedia queda en el corazón, y esa no la quita ni la borra nadie", confiesa.

Fabio Arenas
Corresponsal de EL TIEMPO
Ibagué

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