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Opinión/Se viven nuestras fiestas

Carlos Orlando Pardo*

 En medio de todas las críticas que llueven alrededor de nuestras fiestas y que no dejan de ser preocupantes, lo claro es saber cómo nadamos entre las realidades de un río donde somos además de un pueblo fogoso un pueblo fiestero.

Cada año nos encontramos entre una atmósfera que se sufre o se goza con su ambiente particular cubriendo nuestro espacio puesto que las manifestaciones populares han tenido a lo largo de tres siglos un verdadero arraigo.

Pero conservan casi las mismas características sin las cuales se perdería su sentido.

El aire de la libertad pareciera el primero porque las personas de todos los estratos se sienten cómodas bailando o bebiendo en las calles.

Aquí, todos permiten que la música y la alegría cumplan su camino, que las carrozas con sus cortejos callejeros avancen lentamente en medio de risas y aplausos, que las bandas pueblerinas o los grupos folclóricos rindan su cuota festiva, que las tamboras resuenen mejor entre el ánimo que produce el aguardiente.

Pero no sólo está la tambora sino las cucharas de palo, la caña travesera o la guacharaca, la bandola y el tiple, instrumentos que sobreviven en mitad del sonido de las papayeras.

Lo mismo que la representación de nuestros mitos y leyendas. Por ahí pasan con las comparsas el mohan y la candileja o el muerto cargando al vivo, la patasola o la madremonte.

No faltan el licor, el tamal o la lechona, las cabalgatas y las corridas de toros, y durante las últimas décadas hasta las ferias agropecuarias. Frente al panorama, es fácil observar que una parte de la población luce los trajes típicos, por lo menos el poncho y el sombrero.

La concentración de las celebraciones populares en las ciudades le ha venido restando el encanto mágico con que los campesinos cubrían parte de los festejos. Se ha perdido el empuje de la tradición oral donde el lenguaje campesino en el que participaban personas de todas las edades, reflejaba creencias y agüeros, iluminaba remedios, comidas o bebidas, anécdotas e historias, conservadas después con más gracia por parte de los copleros y repentistas.

Ya se han perdido las vísperas para ir a los baños rituales donde rememoraban el bautismo y donde la tradición decía que San Juan se bañaba y bendecía todas las aguas del mundo.
Pero no sólo eso. Se necesitarían largos episodios para expresar cuánto se ha perdido.

Ahora, la aldea global parece tragarse cada día la aldea local. Por eso, las expresiones tradicionales quedan para los desfiles del 24 de junio o para algunos concursos que son pálido reflejo frente a grandes orquestas o artistas nacionales con cartel que atraen con más vigor la juventud.

Sin embargo los desfiles y los bailes populares, la presentación de artistas y la venta de comida típica, la costumbre del poncho y el sombrero, pareciera no dejarlos fuera. Se ven por centenares los jóvenes de ambos sexos participando de lo que para ellos es un carnaval. Inclusive los grupos de danzas integrados en vieja data por los veteranos, lo forman adolescentes orgullosos de bailar sin cansancio por largas avenidas y por horas mientras gozan con gran deleite su desfile.

Seguimos cumpliendo con representaciones y expresiones que nos unifican y alcanzamos alegría bajo un sentimiento que es parte del patrimonio regional. Ahí está el folclor y el folclorito como una manera de no dejar morir lo propio.

*Escritor

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