La mujer que nos invita a marchar por la libertad de los secuestrados no quiere hablar de su primera Navidad en la selva. Un nudo se le forma en la garganta, la silencia y le es inevitable llorar.
Al otro lado de la línea telefónica, Íngrid Betancourt aguarda unos segundos en silencio y luego te suelta una excusa que es fácil de entender:
"Sabes, fue una Navidad con mucho dolor. Hay cosas de las que no quisiera hablar, porque me duelen muchísimo...".
Luego, con ese coraje irrefrenable tan propio de ella, admite que esa primera Navidad en la selva -el 24 de diciembre del 2002- su mente se acumuló de recuerdos: las fiestas en la casa de su tía Nancy, las canciones de su primo Danilo interpretando los temas de Jesucristo Superstar, la 'recocha' con los clásicos de los Beatles y de Génesis...
Pero, lejos de esos recuerdos, esa primera Navidad en la selva fue también el primer golpe seco al descubrir que para la guerrilla ese día es como cualquier otro.
"La Navidad es una fiesta religiosa, es una celebración del cristianismo y la guerrilla es atea. Es como un deber para ellos ignorar esa fecha".
Quizá, dice ella, eso explique la obstinada decisión de las Farc de hacerles la vida imposible a los secuestrados ese día.
"Es un día como cualquier otro: la comida es la misma, todo es lo mismo y lo realmente duro es la situación de tristeza en la que uno está...hasta se la bajan a uno las defensas", cuenta Clara Rojas, quien fue secuestrada con Íngrid el 23 de febrero del 2002.
"Yo procuraba irme a dormir temprano, para no acordarme de que estaba en Navidad. Apagaba el radio, porque toda esa música de que faltan cinco para las 12 lo derrumbaba a uno", añade Luis Eladio Pérez, compañero de cautiverio de Íngrid.
A la mayoría, dice Luis Eladio, se les bajaban las defensas y caían enfermos hasta después de la celebración de Año Nuevo.
Quince avemarías
Tal vez por eso, Íngrid se aferró aún más a rezar el Rosario a la Santísima Virgen, en medio de la incredulidad y el desánimo de sus compañeros.
"No les gustaba rezarlo. La única que lo rezaba feliz, junto a mí y cogidas de las manos, era Glorita Polanco. Ella me enseñó a hacerlo correctamente, porque antes yo decía 15 avemarías entre cada misterio", confiesa Íngrid.
La peor de las seis navidades que estuvo en la selva fue la quinta. Había fracasado en el intento de fugarse con Luis Eladio Pérez y las esperanzas de volver a compartir con sus hijos, Melanie y Lorenzo, otra Navidad se habían diluido completamente.
"Nos la cobraron duro. Fue muy fea. Estuvimos amarrados a un árbol, con cadenas en el cuello las 24 horas, aislados y sin permiso para hablar con los demás. ¡La crueldad llevada al máximo!", exclama.
Aun en medio de la adversidad hubo tiempo para los regalos, tan absurdos como significativos. Íngrid no olvida la bufanda que le obsequió uno de sus compañeros - un objeto inservible en la selva, pero un detalle conmovedor en esas circunstancias- ni tampoco un tarro de champú, "¡que es todo un lujo en la selva!".
Ella, a su vez, obsequió dos camisetas que había guardado y a las que les bordó las iniciales de sus compañeros. "Era la forma de no aceptar lo que querían que uno fuera: un animal".
Fueron seis navidades que se convirtieron en una tortura. "No puedo pensar en esas fechas sin que se me quiebre el corazón", admite. Por eso pide que a las fiestas de este fin de año nos acerquemos con generosidad y "sin ligereza de espíritu".
Una forma de ser generoso es marchar este 28 de noviembre para exigir la libertad de las tres mil personas que siguen cautivas en la selva. "Es una obligación moral para nosotros y ellos (las Farc) no podrán ser indiferentes al pronunciamiento de un todo un país".
Otra navidad en casa de tía Nancy
El principal motivo que tuvo Íngrid Betancourt para convocar la marcha del 28 de noviembre es que la Navidad es "la peor época para un secuestrado".
Ahora, cuando va a vivir su primera Navidad tras recobrar la libertad, Íngrid planea regresar a la casa de su tía Nancy para disfrutar con sus hijos, su mamá, sus primos y sus sobrinos.
Su primo Danilo le organizó un concierto con todos los sobrinos, quienes tienen una indiscutible vena musical. Fue Íngrid quien pidió esta reunión tan solo unos días después de la operación 'Jaque', que le permitió regresar a la libertad el 2 de julio de este año. Lo más probable es que Íngrid pida la canción 'Stairway to Heaven' -un tema que para ella es un himno y que su hijo Lorenzo ya sabe interpretar en la guitarra- y quince minutos de recogimiento para rezar el Rosario y pedirle a la Virgen por la libertad de los secuestrados.
JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ
EDITOR - REDACCIÓN EL TIEMPO
Con la colaboración de Álvaro Lesmes
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