Ángela de Pérez, la esposa de Luis Eladio, con María Isabel Rueda.
Yo a usted no la conocía, pero cuando leí el recién aparecido libro de los gringos en el que ventilan algunos episodios ocurridos en su secuestro, sentí el impulso, en nombre de otras muchas mujeres, de enviarle un mensaje de solidaridad.
Así lo recibí. Me recordó que la vida real de Luis Eladio no es la que vivió en la selva sino que es esta, la de ahora, la que ha recuperado al lado de su familia.
¿Cree que el libro no ha debido revivir capítulos que habría sido mejor dejar en la selva?
Le confieso que ese libro de los norteamericanos me obligó a dar un paso atrás, cuando yo venía caminando firmemente hacia delante. Pero lo retomé inmediatamente. No me molesta que Keith haya contado lo que contó. Él lo quería decir. Y si eso le sirve para su recuperación, pues que lo haga.
Pero Keith revela un gran fastidio hacia Íngrid Betancourt.
El ser humano tiende a odiar a las personas que considera que nacen con privilegios y que viven por cuenta de ellos.
Las relaciones entre los secuestrados ya se sabían. Pero venirlas a ventilar en público...
Le cuento que los gringos llamaron el 24 de diciembre a mi casa. Yo contesté, y era Marc. Fue muy cariñoso conmigo, me dio las gracias por los mensajes y por las gestiones de la liberación de los secuestrados. Dijo que quería mucho a Luis y que en ese día tan especial, los tres querían confesarle ese mensaje de amistad y de compañerismo. Por eso, esas menciones del libro sí me causaron sorpresa y ahí mismo me pregunté: ¿Qué pasó aquí? De pronto ellos también necesitaban contar su realidad, y en ese proceso era inevitable que hicieran esas revelaciones.
Cuando dice que con el libro retrocedió un paso, ¿significa que echó para atrás en el proceso de entender y perdonar lo que pasó en la selva?
Yo estaba preparada para un proceso muy largo. Así lo entendí apenas secuestraron a Luis, cuando fui a hablar con la guerrilla en el Caguán y me informaron que lo de él iba a ser un canje. Así mismo, todos estos años me fui preparando para el momento de su libertad, pero uno nunca está completamente preparado. Lo único que puedo decir es que durante todo este tiempo ese amor de familia, ese amor de pareja, crece en la adversidad. Y el mío creció.
¿Creció idealizándolo?
No. Siempre traté de que fuera dentro de la realidad. Y lo mismo les pedía a mis hijos: reclamen a su papá, extrañen a su papá, añoren el regreso de su papá, pero ámenlo con los defectos y virtudes que tiene. Yo estaba segura de que iba a regresar y que iba a ser difícil. El día del reencuentro se inicia la vivencia completa del secuestro. Es el día de la verdad. Hay que prepararse para ese momento en el que hay que volver a empatar dos historias que venían transcurriendo separadas. Para conjugar las dos realidades de esas vidas en un minuto.
Sé que usted supo, mucho antes de la libertad de su esposo, acerca de lo que estaba ocurriendo en la selva...
Oí ese rumor en una reunión en mi apartamento con familiares de secuestrados. Decían que entre ellos se habían conformado unas parejas. Yo reaccioné muy tranquila, tratando de asumir que era un simple rumor. Pero ahí mismo les dije a los demás familiares de secuestrados: ¿Si este rumor es cierto, quién podrá juzgarlos? Yo no podré jamás juzgar a Luis Eladio por cuenta del infierno en el que le tocó vivir. Para el ser humano, cuando tiene que pasar unas pruebas semejantes, una mano calurosa, una sonrisa, se convierten en cosas imprescindibles para sobrevivir. Así he intentado entender lo que pasó con mi esposo.
¿Sintió la tentación de abandonar la batalla por su liberación, quizás decepcionada por ese comportamiento?
No. Estaba rodeada del gran afecto de mis hijos, de mis amigos. Jamás pensé en rendirme. A mí no me pasó. Pero a una amiga mía sí, a la esposa de uno de los secuestrados, y los medios la convirtieron en la Magdalena que había que apedrear. Hasta hicieron encuestas sobre su conducta, si había actuado bien o mal, si había que entenderla o no, por haber optado por seguir su vida. Sufrí mucho por ella. Fue una infamia en medio de tantas infamias que pasamos aquellos a quienes en un segundo se nos interrumpe, y de qué forma, la relación de familia que teníamos.
O sea que usted jamás permitió que los rumores se interpusieran en la lucha por la libertad de su esposo...
Nunca. Antes que nada están los sentimientos y los compromisos emocionales con esa persona.
¿Cómo hace uno para sacar tanta generosidad, en una circunstancia en la que todo parece ser tan injusto?
Porque grande es el amor y el compromiso con la familia.
¿Llegó a temer que cuando se resolviera el secuestro de su esposo, él tuviera otros planes afectivos para su futuro, que no la incluyeran a usted?
Sí, claro. Lo pensé mucho y con cabeza fría. Pero jamás les expresé mis temores a mis hijos. Sí les conté que existía el rumor, e incluso mi hija, en su amor de hija, llegó a manifestarme que consideraba insuperable ese episodio. Por eso los invité a la comprensión. Pero manejando mis temores más profundos, yo me propuse esperar a que Luis regresara a la libertad para que pudiera expresarme personalmente qué quería y qué no. Cuando supe la noticia de la libertad de Luis, más allá de la alegría de que se había vuelto realidad, entré en pánico. Los pies se me pusieron helados. Y me dije: aquí lo que toca es actuar con cordura, esperar su reacción cuando llegue y hablar con sinceridad los dos. Pero me preparé para que cualquier manifestación que diera, cualquier expresión de un sentimiento que perdurara en el tiempo y que trascendiera las circunstancias, tenía que entenderlo y respetarlo.
Producida la libertad de su esposo, ¿cómo llegan a tocar el tema?
En los primeros días no pudimos, era muy poco el tiempo. Los periodistas se colaban por las puertas, por las ventanas, allá en Caracas, y no nos dejaban hablar en la intimidad.
Pero como comenzaban a aflorar todas las heridas que produjo el secuestro, era el momento de sentarnos para hablar. ¿En qué estábamos? ¿Qué había pasado atrás? ¿Qué venía adelante? Luego Darío Arismendi inició las entrevistas con Luis para publicar su libro y para él fueron como una terapia para expresar todas esas angustias que traía. Darío quiso que yo mirara los borradores, y todas las noches me los hacía leer. Lo que tiene ese libro de Luis de bueno es que huele a selva. Un libro sobre esa tragedia no se puede escribir un año y medio después, montando previamente estrategias que lo favorezcan a uno para contarlo. El libro tiene que ser veraz. Por eso en ese libro empecé a descubrir cuál era la dimensión de la solidaridad de Luis hacia Íngrid. La comencé a palpar. Pero también me empecé a cuestionar si ahí había algo más que solidaridad, y deseaba que Luis me lo aclarara. Porque para reconstruir nuevamente nuestra relación tenía que haber una posición de franqueza, de sinceridad, para saber cada uno en qué estaba.
Y finalmente hablaron...
Sí. Empecé a hablarle a Luis como estamos ahora hablando las dos. Nunca censurándolo, nunca cuestionándolo. Solo pidiéndole que me aclarara qué había ocurrido con sus sentimientos hacia mí después de ese paréntesis de vida tan aterrador que tuvimos, en el que yo no sabía si estaba vivo o no. Le pedí que habláramos todo primero como amigos, y después sí tomáramos cualquier decisión. Él me pidió que lo entendiera. Que esa relación fue básicamente producto de una solidaridad muy grande con una mujer que pasó por el mismo infierno que él, y en el que contra ella se podían además cometer los peores atropellos en su condición de mujer.
Es apenas lógico que entre los secuestrados se creen unos lazos enormes de solidaridad...
Sí. Esos quedarán de por vida. ¿Pero, dónde terminaba el lazo afectivo y de solidaridad por el secuestro y se transformaba en un sentimiento mucho más profundo?
Usted se lo planteó así.
Sí. Que si en su corazón había algo más, que si él pensaba que había algo más, me lo dijera sinceramente y que yo lo iba a comprender. Él me abrazaba y lloraba. Me decía: "Entiéndame. Compréndame. Es mi amiga. La persona que me dio la mano y a la que yo también se la di". Lo que pasa es que ese límite en el libro nunca se aclara. En él Luis exalta esa amistad con Íngrid, reconoce todos los valores de ella, pero él se minimiza.
¿Se refiere a que el libro de su esposo con Darío Arismendi parece ser más sobre Íngrid que sobre él?
Sí. Así es, cuando él es un hombre que ha asumido tantos retos, porque la vida nunca ha sido fácil para nosotros. Él los ha enfrentado, los ha encarado y los ha resuelto. Él se me aferraba, me lloraba, y me decía no, no es eso. Y yo le preguntaba: Gordo, es que usted perdió la autoestima? Porque es fácil perderla con gente que todo el día le está diciendo porquerías, que lo está responsabilizando de los males del país, que lo tiene encadenado. Pero él se aferraba a mí llorándome y diciéndome que no.
Con cada página del relato del libro usted intentaba entender qué había ocurrido...
Sí, y resolví darle tiempo al tiempo. Darle tiempo a Luis en su regreso a su libertad sicológica, emocional y física. Pienso que ni siquiera ha regresado todavía completamente a esa la libertad. Pero tampoco lo hemos hecho su esposa y sus hijos. Por eso quiero aprovechar esta entrevista para decirles a los colombianos, a la sociedad, que con respeto a nuestra intimidad pero nunca con lástima, sigan tratando nuestra libertad con comprensión, generosidad y solidaridad. Y a quienes ya han recibido a los suyos o siguen esperándolos, que cada uno pise su realidad con mucha comprensión y con un amor excesivo. Él regreso a la libertad está muy lejos de completarse en el momento en el que uno se da el abrazo del reencuentro. Es apenas el comienzo.
¿Este episodio le ha dejado algún odio o resentimiento?
No siento absolutamente ningún odio. Así como mi esposo padeció el secuestro, lo padecieron sus compañeros. Mi esposo necesitaba una persona con quien hablar, con quien interactuar, porque esa era su salvación emocional. Así debió suceder con la otra persona.
¿Siente celos?
No. Lo que siento es no haber podido estar yo allá, dándole mi mano. La mía se la tuve que dar a la distancia.
¿Usted temió enamorarse de su propia libertad?
Sí. Esto se los comenté a las demás señoras. Nosotros también estábamos corriendo un riesgo. Para nosotros tampoco iba a volver a ser fácil compartir nuestros espacios, compartir hasta el control de nuestra televisión. Volver a ser la pareja, a hacer consensos, a negociar. Durante el secuestro éramos autónomas absolutamente en todo. Quiero valorar el trabajo de cada una de esas esposas. Sacamos nuestros hogares adelante, sacamos a nuestros hijos adelante, les dimos el colegio, la carrera, hicimos lo mejor que podíamos hacer. Pero también nos podemos enamorar de esa libertad que da la soledad. Aprendimos a manejarla y a hacerla nuestra amiga.
¿El suyo con Luis Eladio es hoy un matrimonio que se mantiene sólido?
Sí. Es un matrimonio que está luchando mucho por salir adelante. Es un matrimonio que pidió ayuda profesional porque entendemos que la necesitamos. Vamos todas las semanas, las terapias están sirviendo muchísimo y le aconsejo a todos que lo hagan. Si las dos personas, en este caso mi esposo y yo, no nos desprendemos de lo que ocurrió allá, en el secuestro, nunca vamos a recuperar la realidad de acá. Lo mío es el ahora, el así y el hoy.
MARÍA ISABEL RUEDA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
Artículo 1 de 14 Siguiente >>
Publicidad
COPYRIGHT © 2010 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular. Ver Términos y Condiciones.