Tres rostros del éxodo que se vive en la frontera

Tres rostros del éxodo que se vive en la frontera

Los venezolanos vienen por miles para comprar alimentos o para solicitar resguardo humanitario.

Venezolanos en Cúcuta

Varios ciudadanos venezolanos en una calle de Cúcuta, en Norte de Santander.

Foto:

Schneyder Mendoza / AFP

05 de agosto 2017 , 11:01 p.m.

Juan Graciano, venezolano de 24 años, reside en un barrio de calles destapadas, a 20 minutos del centro de San Antonio, población fronteriza del estado Táchira. Vive con su abuela y su tía, ambas con delicados problemas de salud. Sobreviven gracias a un estricto régimen de medicinas que únicamente se consiguen en el lado colombiano de la frontera.

Por eso, dos veces por semana, Juan empieza desde temprano su travesía: cruza el puente internacional Simón Bolívar, paga su pasaje de bus con un fajo de bolívares; llega a Cúcuta, compra la comida y los medicamentos y regresa, al anochecer, a su hogar.

Según Migración Colombia, él encarna el drama de miles de venezolanos que atraviesan los pasos terrestres que unen a Colombia y Venezuela, para abastecerse de elementos de primera necesidad.

De los 560.000 ciudadanos de ese país que la entidad reportó como solicitantes de la Tarjeta de Movilidad Fronteriza, la mayoría espera emplear este documento migratorio para transitar por la capital nortesantandereana y su área metropolitana, como lo suele hacer Juan. “En mi país se consiguen cosas, pero con precios muy elevados. Hay problemas en los servicios médicos, que han deteriorado la salud de mi abuela”, contó este diseñador gráfico quien, además, está desempleado.

En Colombia, sin embargo, ha logrado defenderse con el rebusque. Armó una oficina improvisada en su hogar, desde donde trabaja a domicilio retocando imágenes y diseñando logos para empresas cucuteñas, que buscan mejorar su imagen corporativa a bajo costo. Por cada pieza gráfica que Juan elabora, gana aproximadamente 60.000 pesos colombianos, que destina para comprar el suplemento nutricional de su abuela.

Sin embargo, este dinero no le alcanza para todas sus necesidades. Cuando se interna por las calles del centro de Cúcuta, siempre pregunta en los locales comerciales el precio del mismo producto y hasta que cerciore de lo mejor para su bolsillo, compra.

Un puente a otro país

Un drama similar, pero de diferentes matices, enfrentan la venezolana Angélica Ríos y sus tres hijas, de 12, 8 y 5 años, quienes atravesaron el puente internacional Simón Bolívar el lunes 24 de julio, cuando una estampida de 26.000 venezolanos de ese país llegaron al territorio nacional en menos de 24 horas.

Ese día permaneció cuatro horas sentada a las afueras de las oficinas de la aduana colombiana. Finalmente, este trámite lo realizó con la convicción de viajar a Ipiales, en Nariño, y volver a cruzar la frontera, pero esta vez para ir a Ecuador.

Allá, cree le será más fácil volver a empezar. A una semana de su arribo desde su natal Mérida, donde el domingo pasado un estallido de violencia sacudió las calles de este epicentro turístico, Angélica no ha podido emprender esta ruta. Espera que desde Venezuela su esposo le deposite lo equivalente a 630.000 pesos que costarían los pasajes en bus para dirigirse a su destino.

De acuerdo con Migración Colombia, en los primeros seis meses de este año, cerca de 60.000 ciudadanos como esta venezolana, de 39 años, decidieron desplazarse hacia ese país para obtener el visado humanitario que allí se ofrece.

El profesional y su familia

El panorama de extrema violencia que obligó a esta mujer a huir de su país fue similar al que por días asedió a la familia de Daniel, procedente de Maracaibo. Lleva tres días alojado, junto con su esposa y sus dos hijas, en el Centro de Migraciones de Cúcuta. Este médico, de 35 años, recorrió 426 kilómetros hasta Ureña, desde donde cruzó el puente internacional Francisco de Paula Santander.

Días antes de su intempestiva fuga, este galeno trabajaba en un centro asistencial de su ciudad natal, donde eran atendidos una estela de heridos mientras se desataban violentos choques entre encapuchados, allegados a la oposición, y las autoridades militares del Gobierno venezolano, que intentaban acallar las refriegas callejeras en vísperas de las elecciones de la Asamblea Constituyente.

“Por esos días de prolongadas confrontaciones vi mucha sangre. Mujeres y jóvenes ocupaban decenas de camillas, porque llegaban con heridas de arma de fuego. Esto me produjo días de zozobra y desesperación. Al paso de los días, la falta de alimentos aumentaba”, contó.

Ahora adelanta las gestiones de la mano de la Cancillería para conseguir un estatus migratorio que le permita ejercer su profesión en Colombia. “Reconozco que cuesta iniciar, pero he recibido el mejor trato de todas las instituciones para poder reconstruir mi hogar en calidad de refugiado”, argumentó.

GUSTAVO A. CASTILLO ARENAS
Corresponsal de EL TIEMPO
Cúcuta

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