La mujer que busca a sus tres hijas en medio del barro

La mujer que busca a sus tres hijas en medio del barro

María Dilia Tisoy tenía su casa en el barrio San Miguel, el más afectado por la avalancha en Mocoa.

Tragedia en Mocoa

María Dilia Tisoy (de amarillo) dice que espera un milagro para encontrar a sus hijas.

Foto:

Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

03 de abril 2017 , 06:15 a.m.

Hoy, María Dilia Ti-soy teme que la del viernes, cuando salió de su casa, haya sido la última vez que vio a sus tres hijas con vida –una de ellas en embarazo–. En la madrugada de ayer, entre los organismos de socorro y los damnificados que caminaban entre las rocas y el lodo que dejó la avalancha ocurrida en Mocoa, se escuchaban los lamentos de María Dilia, quien las busca desesperadamente.

En medio de su desgarrador llanto y el barro que mancha su ropa, esta mujer camina de un lado para otro con las fotos de sus hijas –una de 4, una de 13 y otra de 22 años–.

María Dilia, desplazada de su natal Caicedo (Antioquia) por el conflicto armado, ha dedicado los últimos 23 años, de los 37 que tiene, a trabajar por el bienestar de sus hijas, que aún estaban en el colegio.

Por eso, primero compró una casa en una zona de alto riesgo cerca a la vereda Santiago, en Mocoa, donde casi a diario, las crecientes del río amenazaban con llevarse las pocas pertenencias que tenía.

Producto de las ganancias que le dejaba el cuidado de algunas fincas del sector, logró comprar una casa, que aún estaba pagando, en el barrio San Miguel, con el fin de alejarse de las aguas que tanto la asustaban.

La noche del viernes pasado, María Dilia salió justamente a cuidar una finca en la vereda Puerto Caicedo. Pero la avalancha producida por el desbordamiento de los tres ríos que atraviesan el municipio –el Mocoa, el Mulato y el Sangoyaco– y varias quebradas, como la Taruca, que golpeó a la capital del Putumayo, borró del mapa al barrio San Miguel.

“Estaba desesperada, el celular de mi hija mayor timbraba y tenía la esperanza de que hubieran logrado escapar. Poco a poco fui perdiendo todo, su celular se apagó y comenzó mi tortura”, cuenta ella.

Parada sobre una montaña de lodo y rocas, la mujer asegura que dos metros bajo la tierra que pisa se encuentra su vivienda.

“No sé qué hacer, ya las he buscado río abajo, pero nadie me da razón, no voy a descansar hasta encontrar a mis hijitas, pues tenían grandes sueños y eran lo único que me quedaba”, dice entre lágrimas.

Allí, sobre las piedras, aún permanecen algunos perros que buscan a su familia, alimentándose de las bolsas de carne que encontraron en las neveras que bajaron con la creciente.

María Dilia madrugó al cementerio para hacer la fila de más de tres cuadras, y su llanto se confunde entre los cientos de personas que buscan a sus seres queridos, empacados en una bolsa blanca.

Allí, de cinco en cinco, las autoridades dejan entrar a las personas para que reconozcan los cuerpos, algunos desfigurados por los golpes de las rocas.

“Espero un milagro y encontrarlas a ellas pronto”, culmina.

MARIO BAOS
Enviado especial de EL TIEMPO
Mocoa

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