La misionera gringa que desbancó a la Iglesia Católica en Guainía

La misionera gringa que desbancó a la Iglesia Católica en Guainía

Sofía Müller le predicó el Nuevo Testamento a indígenas en su lengua nativa.

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En las áreas donde trabajó la 'señorita Sofía', todas de gran belleza natural, no hay miseria a la vista ni desnutrición en los niños.

Foto:

Salud Hernández-Mora, archivo familia Muñoz y Editorial Desafío

01 de noviembre 2016 , 09:59 p.m.

Pocas mujeres extranjeras han dejado una huella tan profunda en este país, un legado que perdura decenios. En Guainía, en Vaupés, en partes del Guaviare, resulta imposible no cruzarse con sus pasos. Sin embargo, Sofía Müller es una perfecta desconocida para la mayoría de los colombianos.

Quienes saben de su existencia suelen dividirse en dos grupos. En un lado se encuentra miles de indígenas convertidos al protestantismo, que la veneran y siguen al pie de la letra sus enseñanzas religiosas, las que predicó desde mediados del siglo pasado y hasta su muerte, en 1995. En el opuesto están los que consideran que la gringa de aspecto frágil y determinación férrea, la neoyorquina sofisticada que apareció un buen día, en medio de la selva inhóspita, decidida a evangelizar tribus, se dedicó a aniquilar las costumbres ancestrales de varios pueblos nativos de la Orinoquia, hasta desdibujar su esencia.

“Antes de la señorita Sofía, llegaba el blanco en su motor y nosotros corra para la selva a escondernos. Ahora el blanco tiene que pedir permiso para entrar en nuestras comunidades”, afirma Elías Canico, un comerciante curripaco de Chaquita, pequeña aldea a orillas del Atabapo, a unas tres horas en lancha de la capital, Inírida.

“Antes de ella, el blanco les pegaba a trabajadores si no cumplían. Ella empezó a organizar los ríos, nos enseñó a leer y a escribir, trajo la educación y cambió la manera de hacer negocios con los blancos. Ya nos trataban como iguales. Era la última profeta”.

Y no le falta razón. Hoy en día, es el capitán de una comunidad, máxima autoridad, quien autoriza el ingreso al poblado. Si lo deniega –como ocurre a veces–, nadie le recibe, no le hablan y ningún lanchero lo transporta.

De su medio siglo de trabajo misionero en una vasta región que abarca Colombia, Venezuela y Brasil, no deja de sorprender la cantidad de lugares remotos que recorrió para sembrar una semilla que germinó entre etnias que adoraban a sus propios dioses y temían el poder oculto de los brujos. Ni cómo desbancó a la Iglesia católica, que es marginal en Guainía.

Müller había nacido en Nueva York en 1910, de padres alemanes. Estudiaba en la Academia Nacional de Diseño, con la intención de convertirse en una renombrada artista, cuando por un golpe del destino dio con un grupo de jóvenes que propagaban los mensajes de Dios en las calles. Mujer inquieta y de profunda espiritualidad, se dejó seducir por sus palabras; abandonó su carrera e ingresó al Instituto Nacional de la Biblia, donde descubriría que predicar el Nuevo Testamento a los indígenas que no habían escuchado jamás de Jesús sería su norte vital.

Averiguó que a lo que hoy en día son áreas pertenecientes a los tres departamentos citados –Guainía, Vaupés y Guaviare–, ningún misionero había llegado aún. Los únicos blancos eran caucheros que explotaban a los indios. Decidió que esa región sería su destino. Tenía 34 años.

“Yo andaba con ella cuando el bote ya tenía motorcito de 15 caballos. Antes era a puro remo. Mi abuelo Eusebio la llevó unos años”, rememora Isaías Flores, pastor evangélico de la comunidad puinave de Chorro Bocón, sobre el río Inírida, y uno de sus discípulos. “Era delgada, una calavera andando; muy blanca, y con los años se fue encogiendo, no porque fuera tan anciana, sino por la selva”, anota Flores.

“Era seria una mujer muy feliz, querida, estricta, respetuosa con la gente; no era brava, era como una maestra buena de muchas cosas, que quiere educar bien. Nos enseñó a leer y escribir en español y en pui-nave, nos dio una educación de cómo vivir más sano. Nos decía: ‘Si comen en el piso y todos toman de una misma totuma, se contagian y se enferman mucho; ustedes pueden mejorar’. Antes morían niños a cada rato; después, todos sanos”.

En la actualidad, cada vez que uno desembarca en alguno de los remotos poblados que la “señorita Sofía” –término que utilizan para referirse a ella– animó a crear en las riberas de numerosos ríos, ya sea el Atabapo o el Inírida, por citar solo dos, enseguida se adivina que pertenece a la Iglesia Bíblica Unida, que fundaron sus seguidores. Resultan inequívocas sus señas de identidad: silencio, limpieza y orden.

No existe un solo billar ni una tienda donde tomar una cerveza; no está permitida la venta de licor alguno, tampoco de cigarrillos, ni poner música que no sea cristiana; ni, menos aún, bailar. Los niños corretean calzados, limpios, bien vestidos, las casas son sencillas, de bahareque o material, techo de cinc y piso de tierra en buena parte, y la economía es básica. Sobreviven de la pesca, el cultivo de yuca brava, esencial en su alimentación, y algunos subsidios, pero no hay miseria a la vista, desnutrición ni barrigas hinchadas por las amibas. Y todos los días, al caer la tarde, los hombres dedican unas horas a jugar fútbol y las mujeres, a jugar voleibol.

“La señorita Sofía decía que vivíamos en casas como de gallina, y podíamos vivir en mejores casas, que así nos respetarían los blancos”, señala Orlando López, un curtido lanchero de la diminuta comunidad de Samuro, por el Inírida. “Ella nunca se estaba quieta, vivía más que todo en bongos. Esa era la casa de ella. Iba de un río para otro”.

Aprender los idiomas nativos, llevar una existencia frugal y combinar su predicación evangélica con una prodigiosa campaña de alfabetización que enseñó a leer y escribir a cientos de indios en poco tiempo fueron factores que generaron confianza con los curripacos, la primera etnia que conoció y cuya lengua dominó por completo. Más tarde conquistaría el corazón de los puinaves, los piapocos, los guajibos, los cubeos, con quienes también se entendía en su idioma.

“Un pancito podía durarle a ella dos días; un sándwich, tres. Comía solo la mitad de un huevo y un pocillito de leche. Dormía en hamaca y con un toldillo. Se despertaba a las 3, oraba y escribía sus predicaciones y sus libros”, cuenta Gabriel García Acosta, capitán en Danta, sobre el río Inírida.

“No fue fácil gozar de una confianza mutua entre nosotros”, escribía Sofía en su libro autobiográfico Su voz retumba en la selva (Editorial Desafío). Varios brujos, celosos por el poder que adquiría y para saber si era un ser humano o divino, intentaron envenenarla. En la citada obra relata cómo en una ocasión le dieron una sopa en la que flotaban “unos cuantos pies de tortuga, uñas y demás”. Aunque le repugnó la visión, no podía rechazar el manjar y su ingestión le causó “dolores abdominales atroces”. Años más tarde, el propio chamán le confesaría que le había agregado un veneno mortal.

Siguió adelante por “las tierras selváticas, el hogar de los insectos, las fiebres, los parásitos y las personas pálidas”, según narra, sufriendo todo tipo de peripecias, en una odisea en la que lloraba, al principio, de nostalgia por su familia y las comodidades que había dejado atrás.

Aunque viajó a Colombia arropada por la Misión Nuevas Tribus, en realidad Sofía Müller se puede considerar una evangélica independiente que seguía el Nuevo Testamento, libro que tradujo en palabras sencillas, asequibles a todos, a las cinco lenguas étnicas mencionadas, que carecían de escritura.

Para abarcar mayor número de nativos, en lugar de apoyarse en otros misioneros blancos, seleccionaba discípulos indígenas entre sus conversos y los enviaba a evangelizar y alfabetizar a otras tribus. Organizaba, además, encuentros periódicos de varias comunidades, iniciativa que hoy en día continúan. Las conferencias semestrales y las mensuales ‘santas cenas’ estrechan lazos entre los fieles y afianzan las costumbres que impuso.

“En Guainía, ella derrotó a los católicos. Cada comunidad indígena tiene su pastor. Los sacerdotes solo están con colonos”, señala David Torcuato, capitán de Coco Viejo, a escasos minutos de la capital, Inírida. “Fue muy allegada a mi abuelo, Jesús Torcuato, que le enseñó el curripaco. Era una mujer superior, de mucha sabiduría”.

También triunfó sobre los caucheros. Quisieron segar su vida por convencer a los indios de no trabajar para ellos.
Pero no todos coinciden con la imagen positiva que proyectan los miembros de la Iglesia Bíblica Unida. Para los contradictores, su obsesión por evangelizar y su convencimiento de que el diablo estaba detrás de cualquier expresión cultural ancestral la empujaron a prohibir las danzas ceremoniales y exigir pautas de comportamiento occidentalizadas.

“Debe mostrar evidencia de una vida nueva”, recomendaba Müller a los pastores como condición para bautizar a los que convertían. “Si continúan con su brujería, drogándose, con el alcohol, no sentimos que realmente haya nacido de nuevo”.

Para la misionera, los rituales nocturnos de bailes frenéticos, cantos y consumo de sustancias psicotrópicas y chicha eran demoníacos y debían suprimirse. Igual que los hechizos de los chamanes.

“Nos pedía que nos organizáramos en comunidades –éramos pueblos nómadas–; que dejáramos las fiestas por el desorden: se emborrachaban y había riñas, heridos, muertos. Nos quitó las costumbres malas”, alega Wilson García, pastor de El Remanso, población al pie de los imponentes cerros de Mavecure.

“Si le mataban un familiar, le cortaba un pedazo y se lo llevaba al chamán para que conversara con el dueño de la muerte y decirle cómo quería que muriera el que mató, si ahogado, con un rayo”, recuenta el capitán Torcuato. “Ella mostró que era un trabajo del diablo para que viviéramos en guerra. Y gracias a ella, vivimos en paz”.

Poco antes de su muerte por causa de un cáncer, Isaías Flores le preguntó a su maestra, sobre quien se está preparando una película, si no habría errado al prohibir las danzas tradicionales porque los pueblos olvidaron su música ancestral, que no causaba mal alguno. “Yo no lo prohibí, fueron ustedes mismos”, respondió la señorita Sofía. Pese a todo, alaba su legado. “Si no llega ella, ya no habría puinaves. Éramos solo 15 familias en el Inírida y ahora ya somos unos dos mil. Nos salvó la vida”.

SALUD HERNÁNDEZ MORA
Especial para EL TIEMPO

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