'Por nuestras agallas para el mar, nos confían su droga'

'Por nuestras agallas para el mar, nos confían su droga'

Salud Hernández-Mora investiga sobre el narcotráfico que ha invadido las entrañas de Providencia.

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Los raizales de Providencia y Santa Catalina conocen su mar como la palma de la mano.

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Lupi Herrera

07 de diciembre 2016 , 08:45 a.m.

Tenían el helicóptero encima y dos fragatas pegadas a su estela. Navegaban a oscuras, diez ojos fijos en la proa de la lancha. Habían ignorado las bengalas, las órdenes para que se detuvieran, y habían lanzado al mar el cargamento para aligerar la nave: 57 pacas. Adiós a las dos toneladas de coca que les habían confiado. Al poco, sintieron las primeras ráfagas.

Disparaban a los motores, pero una bala rozó al capitán. El 'Viejo' lo apartó de un empujón y ocupó su lugar. Agarró con fuerza el timón y dio un viraje brusco. Dirigió la proa hacia la costa. Se echarían sobre los arrecifes.

Nuevos tiros desde el aire. Estaban acorralados.

El 'Viejo' valoró sus opciones. Los cinco tripulantes de la Go-Fast iban desarmados, no tenían cómo responder. Él conocía su mar como nadie. Meditó un instante y tomó una decisión. Hundió el acelerador a fondo. Intentarían huir, no acabarían en Tampa.

De poco le sirvió el arrojo. Una hora después veía impotente cómo los guardacostas norteamericanos, apuntando con sus fusiles, subían a la Go-Fast, los esposaban y trasladaban a su buque. Tras unos días de navegación, desembarcaron en Guantánamo. Sería la primera escala, para el 'Viejo' y sus acompañantes, de un tortuoso viaje que terminaba en una celda de Tampa, la ciudad norteamericana del estado de Florida donde más navegantes de Providencia purgan penas por narcotráfico.

Su historia no difiere de muchas otras. Raro es el hogar en Providencia que no lamenta la pérdida de un familiar o un amigo a causa del tráfico de drogas. A unos se los tragó el mar; otros murieron a manos de bandas de narcos. Y unos más, como el 'Viejo', estuvieron presos varios años o siguen tras las rejas. La razón la dice una frase que repiten como un mantra: “Corona, cae preso o se muere”. Y la tentación siempre está cerca.

Lo que resulta extraño es escuchar algo así en una isla paradisiaca de aguas turquesas, barrera coralina y playas blancas; pequeña, acogedora, donde nunca pasa nada. Pero la hermosa fachada oculta el dramático secreto de una sociedad que prefiere restañar sus heridas en silencio. A fin de cuentas, en Providencia, que no es guarida de mafiosos, todo es discreto.

Difícil encontrar una población más alejada de los rasgos que definen la cultura narco. Los raizales, por sus orígenes africanos e ingleses y por la profunda religiosidad que heredaron de los evangélicos hace dos siglos, son tranquilos, cautelosos, amantes del mar, muy familiares y unidos, nada bulliciosos. Sus cinco mil habitantes, cuyas lenguas maternas son el creole y el inglés, llevan una existencia sencilla, pacífica, sobria, sin aparentes diferencias sociales.

No hay pandillas juveniles, apenas existe delincuencia, no se aprecian mansiones ostentosas y la única carretera que circunda la isla, de 17 kilómetros cuadrados, no da para carros lujosos.

Sin embargo, el narcotráfico se les fue colando hasta invadir sus entrañas. Comenzó por su situación geográfica privilegiada, terreno propicio para que se desarrollara el virus, y por su alma marinera. En mitad del Caribe, a tiro de piedra de varios países centroamericanos –son 50 millas a la costa nicaragüense, la misma distancia a San Andrés–, la isla es paso obligado para las lanchas Go-Fast (llamadas así por sus potentes motores fuera de borda) de los carteles que exportan droga de las costas continentales colombianas a Estados Unidos. Y nadie mejor que un capitán isleño para pilotar sus rápidas embarcaciones en las condiciones climáticas más adversas.

Al principio, los lugareños no le concedieron importancia ni advirtieron la trascendencia de lo que estaban haciendo. Los pesqueros nativos apenas ayudaban a repostar las lanchas cuando se las cruzaban en alta mar. Lo que empezó como un favor entre marinos, se tornó en un negocio incipiente hasta derivar en lo que unos pocos predicadores raizales gritaban en el desierto: el mal puede convertirse en pandemia y hundirnos. Nadie escuchó sus voces de alerta y hoy en día el problema está desbordado.

“La gente se metía con los narcos para recoger unos pesos extras y creían que no traería consecuencias futuras. Nunca pensaron que llevar gasolina a una lancha, recoger una paca que flotaba en el mar o hacer un viaje con un cargamento de coca tendría riesgos como los que hoy vivimos”, señala Luz Marina Livingston, periodista isleña que lleva años intentando poner el problema sobre la mesa para encontrar soluciones. “Lo que resulta difícil digerir en la actualidad es que en una sola familia haya varias tragedias y, aun así, sigan dando los mismos pasos. A pesar de que la situación laboral es complicada en Providencia, deberíamos los raizales tomar conciencia para poner freno al narcotráfico porque nos está acabando”.

No hay cifras exactas sobre los raizales que no regresaron a su hogar, los que han sido condenados en Colombia o Estados Unidos o los asesinados fuera de la isla, solo números aproximados de las autoridades. En la Armada y en los rincones de Providencia hablan de 800 desaparecidos en el mar, cantidad que pudiera parecer excesiva dada la población existente. Pero en cuanto empiezas a conversar con un isleño, enseguida admiten tener una persona cercana que ha pasado por la cárcel, que se lo tragó el Caribe o fue asesinado por causa del narcotráfico.

Indra Archibold perdió a Gregg, un chico al que consideraba un hijo. Una mañana le dijo que pasaría unos días en los cayos, pescando. Ella intuyó que en realidad haría un ‘cruce’, pero no pudo detenerlo. Gregg zarpó una noche de mar embravecido y jamás volvió. “Uno siempre espera que aparezca”, suspira Indra tragándose las lágrimas.

El mar

Desde los tiempos del pirata inglés Morgan, los providencianos son un pueblo de aguerridos navegantes. “Tenemos muchas agallas para el mar, tenemos fama de hacer navegación a ciegas y eso ha llamado la atención de los narcos. Por eso ponen su droga en nuestras manos”, precisa Stephan Livingston, un joven que sucumbió a la tentación del dinero fácil y lo pagó con la cárcel.

“Los isleños son semiólogos del mar, lo van leyendo, está en su ADN, no necesitan GPS. Son GPS humanos”, señala Amparo Pontón, periodista bogotana que se afincó en Santa Catalina, la diminuta isla unida a Providencia por el pintoresco Puente de los Enamorados. “Navegar dentro del parche del arrecife, donde han encallado muchos barcos, es muy difícil”. Y los raizales pueden hacerlo sin rozar una roca.

Además, desprecian el riesgo y suelen aprovechar las noches sin luna y el mar revuelto para hacer el viaje –el ‘cruce’– a Guatemala, a Honduras o a otro destino de Centroamérica que les señalen.

“Estar afuera, en una lancha, es para hombres, no para muchachos. Es terrible”, asegura el 'Viejo', un avezado marino. “Para embarcarte, lo primero es que tienes que tener buenas huevas. A veces se parte la lancha, se hunde, no es fácil. Y siempre es riesgoso. Por eso es dinero rápido, pero no es fácil, como dicen”.

Aceptó integrar la tripulación de la Go-Fast cuando a su hija de 2 años le diagnosticaron un cáncer de riñón y tenía que enviarla a Barranquilla porque ni en Providencia ni en San Andrés hay hospital para tratar ese tipo de enfermedades graves. La niña y su mamá debían permanecer en la capital del Atlántico varios meses. “Un amigo de la isla me dijo: 'Hay un 'man' buscando marinos para ir al mar. La oferta era buena, 130 millones de pesos, 60 de avance. A los tres días salimos”. Guardacostas norteamericanos lo apresaron y permaneció ocho años en Tampa.

Aunque quisieron tentarlo de nuevo, tiene claro que no lo haría más. Pero son muchos los que aceptan.

Stephan Livingston pudo volver a involucrarse y también lo desechó. Empezó haciendo mandados para los mafiosos a escondidas de sus padres. Entre otros trabajos, compraba las pacas de cocaína que botaban al mar las lanchas durante una persecución. Según las mareas, adivinaba dónde terminaban, descubría quiénes se hacían con ellas y las recuperaba para sus jefes. El dinero que ganaba lo despilfarraba en San Andrés o Cartagena. Sus papás nunca sospecharon nada. Cuando cumplió los 20 años, lo arrestaron y fue a prisión.

Para Elsa Sánchez, una joven que ha perdido amigos por la misma causa, volvieron tan normal ese tipo de ‘trabajo’ que los enganchan asegurándoles que se trata de un simple viaje: “No haces daño a nadie –puesto que solo van de navegantes–, te contratan y ganas dinero para ayudar a tu familia y a otros”.

Y los jóvenes, fáciles de arrastrar, ni siquiera desisten por las malas experiencias de sus mayores. “Hay casos en que están el abuelo, el padre y el hijo metidos”, explica Amparo Pontón. “Hemos perdido mucha gente, muchos niños crecen sin sus padres”, señala Nancy de Jesús, rectora del único colegio local, por el que todos pasan, de ahí que la isla sea como una gran familia.

“El papá de mis hijos estuvo condenado 28 años en Estados Unidos. A los veinte años se enfermó y murió”, recuerda Lorenza Jay. “Un hijo de mi esposo murió en La Picota y otro hijo mío está ahora preso, con problemas de corazón”, agrega con una tristeza infinita. Vive en condiciones precarias, con una hija y varios nietos, y teme que la vida no le alcance para ver a su hijo libre.

“No es algo que se produce aquí, viene del continente, pero entra por todos lados y nos está acabando”, comenta Aminta Robinson, funcionaria de la Alcaldía. “Es una descomposición rápida de la sociedad”.

La explotación de recursos marinos de forma responsable, el turismo ecológico, pero no el masivo que pretenden quienes proponen ampliar el aeropuerto, el mismo que está aniquilando a San Andrés, son dos salidas que ayudarían a conducir a los jóvenes hacia otras rutas. Pero la pérdida del territorio marítimo a manos de Nicaragua fue un golpe letal y la mayoría de las inversiones gubernamentales prometidas para compensarlo no arribaron a ningún puerto.

“Veo difícil una solución si no hay la voluntad de mejorar la condición de los jóvenes, que son muy inquietos y quieren hacer cosas”, apunta Luz Marina Livingston. “¿Por qué no hay una carrera de mar en las islas, un observatorio para involucrarlos, proteger la reserva, patrullaje, aprender del arrecife? Y hay que meterles una buena dosis de valores, que también juegan un papel importante”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO

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