De las bandas armadas a las bandas musicales en Bolívar

De las bandas armadas a las bandas musicales en Bolívar

Tras haber sido arrasados por la violencia, varios poblados de Bolívar viven un renacer cultural.

Festival de Jazz de Mompox

Escena del Festival de Jazz de Mompox, que reunió a exponentes del jazz fusión, el merengue, la salsa, ritmos urbanos y de la costa Caribe.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

30 de septiembre 2017 , 11:29 p.m.

Fue a la medianoche del sábado 23 de septiembre. Al finalizar su concierto, el cantante dominicano Eddy Herrera les pidió a los asistentes, en la sexta edición del Mompox Jazz Festival, levantar las manos y orar por las víctimas del terremoto en México y de los huracanes Harvey, Irma y María, que devastaron varias islas del Caribe y causaron enormes daños en metrópolis de la costa de Estados Unidos.

Los presentes guardaron tanto silencio que se escuchaba el rumor de las aguas del río Magdalena más allá de la Calle de la Albarrada de la ciudad colonial. El artista dijo: “Ahora nos vamos en bus para Barranquilla. Allí tomaremos el avión. Serán seis horas de felicidad por esta tierra de paz, bendecida por Dios”.

Hasta hace muy poco tiempo, ¿quién iba a atreverse a recorrer esta región por carretera y a tan impensada hora? Él y su orquesta no fueron los únicos. Cientos de personas viajaron por rutas en donde paramilitares y guerrilla (Farc) segaron vidas de inocentes mientras sonaba música local con el propósito de arrebatarles también su cultura.

¿Quién, por ejemplo, podrá amar el baile si en su memoria se entremezclan alegres canciones con el recuerdo del asesinato de sus seres queridos? Eso fue lo que ocurrió en El Salado, corregimiento de El Carmen de Bolívar, en febrero del 2000, cuando un grupo de 450 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) mató, según un informe de la Fiscalía General de la Nación, a más de 100 lugareños.

El ataque tuvo la intención de aniquilarlo todo. Los paramilitares hicieron un cerco sobre el pueblo del que no se salvaron siquiera quienes se escondieron en sus casas, porque les dispararon desde tres helicópteros sobre sus techos de zinc, según lo relataron los testigos. “Venían a exterminarnos”, contaron.

Matar a ritmo de gaitas

Durante tres días, sin que autoridad alguna viera ni oyera nada, acorralaron a 500 personas en el parque, frente a la iglesia. El primer muerto fue Eduardo Novoa, un labriego degollado enfrente de sus hijos. Los verdugos pusieron música bailable y bebieron ron. A los abuelos Desiderio Lambraño y José Urrueta, ambos mayores de 70 años, los pusieron a bailar vallenatos mientras les disparaban cerca de sus pies. Un hombre macizo se les acercó, los tomó a los dos de la cabeza y las estrelló una contra la otra hasta matarlos.

Los agresores usaron el sonido de gaitas, tambores y acordeones dentro de la calculada estrategia de arrasar cualquier señal de vida en los Montes de María, una subregión del Caribe, de 2.677 kilómetros cuadrados, de verdes montañas que se extienden entre Sucre y Bolívar.

Verdadabierta.com, portal especializado en el conflicto armado que ha padecido el país, se pregunta: ¿cómo fue que ocurrió este horror en los Montes de María? Y cita: “Medio centenar de masacres, casi cuatro mil asesinatos políticos, doscientos mil desplazados, campos desolados, tugurios en las ciudades. ¿Cómo podían matar a su gusto y luego salir por las carreteras sin que nadie los detuviera, estando a un par de horas de Cartagena, la capital del turismo colombiano? ¿Cómo no fueron escuchados estos pobladores de cultura ancestral ricos de palabras y de música de gaitas y de tambores?

“Lo ocurrido en nuestro departamento fue terrible. Con contadas excepciones, el dolor tocó de manera directa a toda nuestra tierra”, dice Miguel Obeso, gestor cultural de San Basilio de Palenque. Su pueblo, declarado en el 2005 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, logró, sin embargo, detener a los violentos.

¿Cómo? Tras un asesinato múltiple, en 2001, hubo un movimiento ciudadano para exigirles a los actores armados respetar su territorio. La Guardia Cimarrona, una justicia ancestral comunitaria, trazó una frontera para que nadie entrara a hacerles daño. Su petición fue atendida. Hecho notorio en un lugar donde nunca siquiera ha existido policía. “Les dijimos que no podían matar nuestra cultura”, explica Obeso.

Volver a vivir

Ese dique de Palenque es similar al proyecto Ruta de la Paz, una estrategia impulsada por el Gobierno departamental y el Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar (Icultur) para devolverles la vida a los corregimientos y municipios que “fueron significativamente afectados” por el conflicto armado.

Se trata de un plan que se articula con el Corredor del Caribe diseñado por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, para “lograr el fortalecimiento del empleo, la productividad, competitividad, sostenibilidad, formalización, seguridad y educación a través de los Colegios Amigos del Turismo”. Es decir, una cobertura institucional que antes no existía.

“Nuestro objetivo –explica Lucy Espinoza, directora de Icultur– es devolverles a los nacionales y extranjeros la posibilidad de recorrer lugares como María la Baja, Macayepo, Caracolí, Camarón, El Carmen de Bolívar y El Salado, sitios icónicos de la región de los Montes de María, que hoy han cambiado las lágrimas por las sonrisas”.

Durante años, esta fue una región atrapada por el miedo, cercada por el olvido. Un paisaje desolador como el que en algún momento impactó a Fermina Daza en su viaje con Florentino Ariza por las aguas del río Magdalena, según cuenta Gabriel García Márquez en ‘El amor en los tiempos del cólera’: “Los cazadores de pieles de las tenerías de Nueva Orleans habían exterminado los caimanes que se hacían los muertos con las fauces abiertas durante horas y horas en los barrancos de la orilla para sorprender a las mariposas, los loros con sus algarabías y los micos con sus gritos de locos se habían ido muriendo a medida que se les acababan las frondas, los manatíes de grandes tetas de madres que amamantaban a sus crías y lloraban con voces de mujer desolada en los playones eran una especie extinguida por las balas blindadas de los cazadores de placer”.

El arte de las mujeres

Hoy, aunque la fauna sigue amenazada, en el ambiente gravita la alegría. Desde la música, el folclor, la pintura, hay un evidente renacer en estos pueblos que aún conservan, casi de milagro, algunas joyas de la arquitectura nacional. En este propósito cada uno ha puesto su puntada.

Es el caso de las tejedoras de Mampuján, ganadoras del Premio Nacional de Paz. Ellas, con telas y agujas, han construido bordados de gran formato en los que narran la memoria de hechos atroces con fina estética. En marzo del 2000, los paramilitares asesinaron a 12 personas y desplazaron a más de 300 familias. Pero, también, tejen su patrimonio cultural y natural: flores, colores vivos, animales, hechos de la vida cotidiana están representados en sus trabajos.

Ellas lograron hacer una catarsis a través de su trabajo artesanal. Al principio, cuentan, les era muy difícil terminar un solo telar. Las lágrimas, los recuerdos de aquellos días infames, les nublaban la vista. “Hoy nuestros trabajos están llenos de optimismo”, dice Juana Alicia Ruiz Hernández, del Colectivo Mujeres Tejiendo Sueños y Sabores de Paz de Mampuján. “En ellos contamos nuestras historias de dolor, pero ahora también nos enfocamos en el futuro que deseamos sea de tranquilidad”.

Al ver sus trabajos o hablar con ellas se evidencia que sacaron toda la humanidad de sus corazones para adaptarse positivamente a situaciones tan adversas. Este grupo de mujeres, cuando empezaron, eran doce sobrevivientes. ¿Qué hacer ante la violencia que se llevó a sus maridos y a muchos de sus hijos? “Nos acordamos que teníamos un hilito de cultura y de ahí nos aferramos”. Ellas mismas empezaron a recuperar sus recuerdos y luego a llevarlos a otras mujeres. Hoy han capacitado a más de 500 de la región. “Somos víctimas, pero sanamos nuestro dolor, perdonamos a nuestros victimarios y hoy somos mujeres empresarias”, asegura Ruiz Hernández.

En este renacer de Bolívar, hay otras iniciativas impulsadas desde el Gobierno Nacional. En 2016, el Ministerio de Cultura creó la Expedición Sensorial por los Montes de María, como un modelo de política pública para atender a los sectores rurales golpeados por el conflicto armado. “Comenzamos por esta región que por años vivió de cerca los efectos de la violencia, situación que llevó a que muchas de sus manifestaciones estuvieran en riesgo de desaparecer”, dice la ministra de Cultura, Mariana Garcés.

Los sentidos

“Las gaitas y los tambores se habían dejado de escuchar, en algunos casos, porque mientras los grupos armados cometían actos violentos, obligaban a sus comunidades a interpretar estos instrumentos, como una violencia simbólica”, explica la funcionaria.

“Lo primero que hicimos, junto con los pobladores, fue un diagnóstico de esas manifestaciones culturales, festivales o iniciativas artísticas propias de la región que habían desaparecido. Con ellos mismos, seleccionamos cuáles iniciativas se querían recuperar o fortalecer. Lo más importante de la Expedición Sensorial es el empoderamiento de la gente y la recuperación de sus manifestaciones culturales. Es lo único que no se pierde, no se olvida, eso se lleva en la piel”, argumenta Garcés.

“Aquí pasaron hechos terribles, ahora somos testigos de una transformación de reconciliación ejemplar”, agrega Dumek Turbay, gobernador de Bolívar.

Hemos vuelto a reír, bailamos mucho, nos divertimos. El Salado cuenta hoy con varios grupos artísticos, entre ellos uno de danza: 'Los tiempos de duelo ya pasaron'

Neida Narváez, líder comunitaria de El Salado, recuerda los días y noches de la masacre. Ella fue una de las que sobrevivió a aquel horror. Su relato es interrumpido al escuchar en la distancia a la banda de música del pueblo. Jóvenes que tocan con emoción. Ella prefiere hablar de estos nuevos aires con los que se muestra segura de haber vencido a los guerreros. No les pudieron quitar la alegría. “Hemos vuelto a reír, bailamos mucho, nos divertimos”, expresa. “A mí me emociona particularmente el sonido de las gaitas”, dice mientras sonríe feliz. El Salado cuenta hoy con varios grupos artísticos, entre ellos uno de danza. “Los tiempos de duelo ya pasaron”, exclama.

“Ahora siempre nos reunimos en el centro del pueblo, pero para celebrar”. Aunque es evidente que aún falta mucha infraestructura
para comunicar a todo el departamento y recuperar a plenitud su tejido social, al recorrerlo se escucha el eco de algún instrumento que las balas no lograron callar.

ARMANDO NEIRA
Redactor de EL TIEMPO
Mompox
En Twitter: @armandoneira

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