Los otros ‘Franciscos’ que trabajan por una mejor Colombia

Los otros ‘Franciscos’ que trabajan por una mejor Colombia

Siguiendo el ejemplo papal, hombres y mujeres buscan ayudar a los más necesitados en sus ciudades.

Carlos Antonio Jaramillo, sacerdote

El sacerdote Carlos Antonio Jaramillo ha pasado los últimos cinco años como párroco en Bello Oriente, Medellín.

Foto:

Guillermo Ossa / EL TIEMPO

03 de septiembre 2017 , 11:52 p.m.

Por estrechas calles empinadas y de tierra amarilla camina un hombre vestido de negro que se ha convertido en pilar para los habitantes del barrio Bello Oriente, en lo alto de Manrique, comuna 3 de Medellín.

De vez en cuando, entra a cualquiera de las viviendas, en las que son evidentes las carencias económicas. El hombre está convencido de que su misión es trabajar para ayudarlos.

Hace 20 años, Carlos Antonio Jaramillo dejó su natal Risaralda y partió hacia Medellín para formarse como sacerdote. Desde entonces, ha permanecido en la capital antioqueña. Los últimos cinco años los ha pasado como párroco en el barrio Bello Oriente.

Allí, además de oficiar misas en la parroquia San Luis María Grignon de Montfort, se ha convertido en profesor, psicólogo, trabajador social y cualquier labor que tenga que desempeñar para ayudar a quienes más lo necesitan. Según cuenta, Bello Oriente es un sector en el que el 90 por ciento de la población corresponde a víctimas de desplazamiento por la violencia y el 70 por ciento, a afrodescendientes. “Es una comunidad con muchas necesidades económicas y hay muchos niños”, dice.

A la vista, sus palabras son evidentes. Clavadas en las montañas, con una vista privilegiada de la ciudad, están las viviendas, sobre las cuales –cuenta el sacerdote– nadie tiene escrituras, aunque son poseedores. Ni siquiera la parroquia las tiene.

Esta fue erigida el 16 de julio del 2001. Desde entonces, los sacerdotes que han pasado por allí le han puesto alma y corazón. Por eso, cuando se construyó la casa cural, también se hizo un comedor parroquial para darles alimentación a 25 niños de la zona. El padre Jaramillo continúa el legado, cosechando lo que otros sembraron.

Hoy, ya son 150 menores de edad quienes pueden almorzar en el lugar gracias a que al lado de la capilla se construyó un edificio, de nombre Juan Pablo II, en el que se hace labor social. Además, las madres de los niños beneficiados preparan los alimentos voluntariamente para que cuando salgan de la escuela puedan disfrutar un almuerzo caliente. Para muchos, lo único que comen en el día.

En el segundo piso del edificio se realizan actividades lúdicas y psicosociales con los niños y jóvenes. Actualmente, la Corporación Educativa Combos apoya este trabajo, con psicólogos y trabajadores sociales. Ese es el espacio para cantar, pintar, bailar, hacer las tareas. Detrás de todas las actividades se esconde el objetivo real: evitar que caigan en grupos delincuenciales, drogadicción o situación de calle.

Estas son problemáticas latentes en el sector, donde también se presentan casos de violencia intrafamiliar, padres ausentes y microtráfico. Jaramillo asegura que es necesario acoger a los habitantes y ayudarlos a crecer espiritualmente.

“Cuando no tenemos comida, vamos a almorzar al comedor. También leemos, pintamos, nos enseñan cosas del colegio, nos disfrazamos, jugamos mucho, nos enseñan a trabajar en equipo y respetar”, expresa Jorge*, un niño de 12 años que cursa el grado tercero.

En el tercer piso se construyó un taller de confecciones, en el que las madres cabeza de hogar se capacitan con apoyo de instituciones como la Universidad Eafit y el Sena. Asimismo, están consolidando la marca Ojalá, que apenas está en sus inicios, pero con la que buscan crecer como empresa.

Proyectos por la niñez

Thalita Kum es el nombre del programa de la Arquidiócesis de Cartagena con el cual la Iglesia católica y un grupo de voluntarios de la comunidad está protegiendo a 95 niñas de los barrios San Francisco y La María del abuso y la explotación sexual y de la violencia intrafamiliar.

“Les enseñamos a las niñas sus derechos y sus responsabilidades, porque las niñas no tienen deberes, impartimos valores del evangelio, deporte, recreación y cultura”, agrega la madre Blanca Nubia, que se interna a diario en los callejones humildes del barrio San Francisco en busca de niñas a quienes acoger por prevención.

Otro programa que recibirá la bendición del santo padre en Cartagena es ‘Habitante de calle sin techo’, el cual ya arrancó con la entrega de alimentación y ropa a 150 personas en situación de calle.

“El objetivo es construir un centro de acogida donde las personas puedan llegar y tener un lugar digno. Esta es la mejor oportunidad para poner en práctica uno de los principios de la Iglesia: la misericordia”, cuenta el padre Elkin, un joven de 33 años convencido de que el servicio social de la mano de Dios es el camino para cambiar al mundo. Fiel a la filosofía de vida del actual monarca de la Iglesia católica, el padre Elkin es un trotamundos que todos los días está cerca de la comunidad del barrio San Francisco en las calles y en los hogares humildes.

Por su parte, en Villavicencio la hermana Gladys Figueroa, líder de la comunidad Misioneras Eucarísticas Sacerdotales (MES), es una convencida de que la vocación de servicio y de ayuda a los pobres nace con cada quien y es un don de Dios.

“Dejar huellas de servicio con los más pobres” es la frase que pronunciaba la hermana Graciela Gutiérrez, fundadora de MES ya fallecida, y de la que aún se alimentan Gladys y sus dos compañeras de tarea María del Carmen Pérez y Olga Lucía Barrera para cumplir su misión diaria.

Empezaron con 15 niñas y jóvenes que estaban en riesgo por su condición de desplazados en el sur del Meta y por el abandono de familias fracturadas. Además de alimento, les brindaron apoyo psicológico, pedagógico y espiritual.

Lo mismo que les ofrecen hoy a un grupo de muchachos que ya no son desplazados, pero sí viven en condición de pobreza. Los atienden en la casa Hogar Niño Jesús, construida en Acacías con el apoyo de benefactores, venta de chatarra y un lote donado.

Pero afirma que nada sería realidad sin la oración. La hermana Gladys recuerda que para montar el techo del hogar oraron para que Dios tocara el corazón de un benefactor; tres días después un empresario donó $ 10 millones.

* Nombre cambiado por seguridad.

MEDELLÍN, CARTAGENA Y VILLAVICENCIO

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