La travesía del profesor que sube del mar hacia la nieve

La travesía del profesor que sube del mar hacia la nieve

José Mojica, un kogui de Todos a Aprender, sube los lunes hasta dos pueblos en la Sierra Nevada.

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Mojica es uno de tantos profesores que suben y bajan montañas, cruzan ríos, campos minados y atraviesan selvas y bosques para educar a los colombianos.

Foto:

Diego Santacruz / EL TIEMPO

25 de enero 2017 , 10:50 a.m.

Aún no termina de amanecer cuando José Gregorio Mojica estira su mano para detener la flota, el primer transporte para llegar a su primer destino: Quebrada del Sol, un pueblo perdido entre las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Este hombre, originario de Valledupar, de padres y abuelos koguis, pertenece al programa Todos a Aprender, del Ministerio de Educación Nacional. Es uno de los 4.239 tutores que están repartidos por todo el país y que acompañan a 103.000 docentes en 4.476 establecimientos educativos. Para cumplir con su labor, debe emprender todos los lunes una larga travesía en la que tiene que montar en bus, en moto, en carro, en mula. Y también debe caminar largas jornadas. Pero él no se queja.

Su recorrido comienza en Guachaca, corregimiento del departamento del Magdalena, a 49 kilómetros de Santa Marta. Por la Transversal del Caribe, vía Riohacha, es frecuente ver personajes como él: vestidos con mantas blancas tejidas con lana de oveja, mochilas a un costado, pelo largo y rasgos indígenas.

José pertenece a la comunidad kogui. Sin embargo, los que se suben en la misma flota o en otras pueden pertenecer también a los arhuacos o a los wiwas. Estas son algunas de las comunidades indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, el sistema montañoso litoral más alto del mundo que comienza en el mar Caribe y que se corona en la nieve, a 5.775 metros de altura; un parque nacional natural de 17.000 kilómetros de extensión que arropa a tres departamentos: Magdalena, La Guajira y Cesar.

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Aunque el área de trabajo de este educador, de 44 años, corresponde a la parte norte, en el Magdalena. Son esas mismas comunidades la razón de ser de la travesía que José empieza cada lunes. Son dos en específico a las que se dirige: la primera es Quebrada del Sol y la segunda es La Danta. Cada lugar, muy distante del otro. José pasa dos días en cada sitio. Y aunque su misión es la de un profesor, no lo es exactamente de los estudiantes de las escuelas: son los docentes a quienes él les enseña.

Después de pasar un puente en construcción, José se baja de la flota en una de las salidas de la Sierra, una hora después de comenzar su recorrido en Guachaca. Bajo el techo de una tienda, varios indígenas aguardan sentados en el borde del suelo. José los saluda y hablan en su lengua.

Nieve en los ojos

Después de un rato de esa conversación, que suena a murmullo, José se monta a un mototaxi y le dice a su conductor: “Vamos a Quebrada del Sol”. La trocha está perdida entre muchas de las entradas que salen de la vía principal. Las únicas guías son un árbol enorme y unas cuantas casas.

La moto empieza a trepar por la vía, que más bien parece un río seco, y donde las ramas, que brotan por todos lados, se estiran desde el borde hasta el centro, como queriendo atrapar a quien pase por allí. Los mototaxistas ya conocen el camino, saben esquivar la manigua y los huecos.

Mientras avanza el recorrido, y cada vez alcanza más altura, se revela la magnitud del macizo que escala. Al frente, la montaña; atrás, el mar.

La moto pega un brinco inesperado. El conductor creyó ver una rama en el camino que podría destrozar la llanta delantera. Pero en realidad resultó ser una gruesa boa muerta. Al parecer, la mataron unos campesinos del sector.
Justo en el momento en el que el mar se alcanza a ver solo entre la selva, en el horizonte se levanta imponente la razón del nombre de la Sierra: la nieve. Brilla más que las nubes que a veces la ocultan. Ahí está la punta. Los picos nevados, a lo lejos, lo acompañan en su viaje.

Cuando arriba a su primer destino después de pasadas tres horas, José llega al salón de clases y se sienta en una esquina a mirar qué pasa. Ahí empieza su verdadera travesía.

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Ser un gran observador

La institución educativa Mulkwakingui, de Quebrada de Sol, es a donde José llega a observar a los profesores y a guiarlos para que sean mejores. Las enseñanzas de este tutor del programa Todos a Aprender (PTA), del Ministerio de Educación, benefician, además, a 80 niños y niñas de la comunidad kogui entre los 5 y los 14 años de edad, quienes para asistir a clases deben caminar varias horas, pues viven en zonas distantes como Buritaca y la cuenca del río Don Diego.

Su función en esta comunidad es la de formar en cascada; es decir, trasmitir conocimiento y mejores prácticas de enseñanza a los formadores de los establecimientos educativos con más bajos resultados en todo el país en las pruebas Saber.

José se sienta en una esquina del salón y observa al profesor. La mayoría de niños lleva sus trajes blancos; los demás son campesinos. Quebrada del Sol es un pueblo mixto: por un lado está la comunidad indígena que pertenece al pueblo kogui, y por el otro están los colonos, que son los llamados ‘hermanos menores’.

Para quien no tiene el ojo entrenado resulta difícil identificar quién de los estudiantes es niño o niña. Todos llevan el pelo largo. Pero la clave es muy sencilla: ellas llevan collares con chaquiras de colores y ellos, sus tradicionales mochilas.

Después de terminada la clase, José reúne a los docentes de la comunidad y le dice a uno: “Usted debe mejorar la forma como guía a sus estudiantes. Esté atento al rostro de cada uno de ellos, porque así puede darse cuenta si están comprendiendo lo que usted les está explicando”.

Mientras tanto, los docentes, al igual que sus alumnos, lo miran y agachan la cabeza para tomar apuntes en sus cuadernos.

Con el programa Todos a Aprender (PTA), el Gobierno Nacional busca mejorar las competencias básicas de los estudiantes. Para saber si da resultado, detallan el nivel de los municipios y escuelas, en las que hace presencia PTA, según el Índice Sintético de Calidad Educativa (Isce), que tiene como primera medida las pruebas Saber 3°, 5° y 9°.
A la luz del rayo

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José conoce mejor esas tierras que cualquier visitante casual, pero menos que los habitantes de la zona. Él no se crio en la Sierra, sino en dos pueblos cercanos a Valledupar, Río Seco y Guacoche, con sus padres y abuelos. Aunque creció fuera del resguardo indígena, siempre estuvo empapado de su cultura y aprendió a hablar kogui antes que español.

Dice que de pequeño tuvo problemas en la escuela, pues confundía el pronombre él con ella, no sabía a cuál género se refería cada uno, no entendía los artículos ni la forma de conjugar los verbos.

Pero José aprendió cosas distintas a las que sus compañeros de clase. Sabe las canciones propias, músicas de su comunidad que cantan a la naturaleza, a los pájaros, a las golondrinas, al aire, al agua. Más adelante encontraría su vocación en la educación. Es licenciado en humanidades y lengua castellana en la Universidad del Magdalena.

Mientras evoca esos recuerdos, caen más rayos que gotas de lluvia. Es una fuerte tormenta la que azota a Quebrada del Sol.

José mira a los niños y dice que ellos deben aprender la cosmovisión de su pueblo, la filosofía de la música, de la naturaleza, del agua. Conservar sus tradiciones indígenas, porque es a través de ellas es que se perpetúa la existencia de las comunidades ancestrales. La forma de lograrlo es por medio de la educación, y de ahí la razón de ser de su trabajo.

Después de dos días en ese pueblo, José empieza el camino de regreso. La neblina lo abarca todo. Entre el vapor de agua, busca de nuevo a un mototaxista, que toma la trocha cuidadosamente, mirando por dónde ir. Los rayos de la noche anterior generaron derrumbes en la vía, y si antes era difícil de recorrerla, ahora aún más.

De repente la neblina se torna rosada y violeta. Es el anuncio de que los primeros rayos del sol están coronando los picos más altos de la Sierra.

La madrugada es el mejor momento para ver la nieve.

A lomo de mula

Después de su paso por Quebrada del Sol, este educador –casado, padre de Guabico, de nueve años, el mayor de sus tres hijos; Seyeco, una niña de seis, y Ushé, de tres– toma camino rumbo a su próximo destino: La Danta. Le esperan nueve horas de trayecto: tres en mototaxi y seis en mula.

Las mulas pasan por riscos que dan a ríos y caminos estrechos en los que –cuenta– tiene que bajarse; tan estrechos que no les dan espacio a las piernas.

Sí son tercas las mulas. Se quieren quedar pastando en mitad del río. Y sí son ariscas. A un hombre que quiso acariciarla le lanzó una inesperada patada, que él esquivó.

Este nuevo camino es mucho más agreste y aún más peligroso. En La Danta lo espera una comunidad totalmente indígena en la que se escuchan pocas palabras en español.

Y así, entre mulas y mototaxis, entre largas y exigentes caminatas, entre la niebla y la selva transcurre el trabajo de este educador colombiano. Uno más de tantos profesores que suben y bajan montañas, que cruzan ríos, campos minados, atraviesan selvas y bosques por una única razón: están convencidos de que no pueden existir excusas ni barreras ni distancias para la educación.

SIMÓN GRANJA

@Simongrma

Enviado especial de EL TIEMPO

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