El constante reto a la muerte de un policía antiexplosivos

El constante reto a la muerte de un policía antiexplosivos

Hace 21 años, Mario Gil enfrenta a la muerte desde su profesión. #ProfesiónPeligro.

Antiexplosivos

Mario Gil es uno de los intendentes que hace parte de la Unidad Antiexplosivos de la Policía Metropolitana de Bogotá.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

09 de noviembre 2017 , 11:44 a.m.

Uno se muere el día que le toca, no antes. Y ese día nadie lo salva”. Esa es la respuesta que siempre da Mario Wilson Gil Mogollón, intendente de la Policía, cuando le preguntan por su oficio en la Unidad Antiexplosivos de la Policía Metropolitana de Bogotá (Mebog).

Sin embargo, su comentario carece de prepotencia. Todo lo contrario. Muestra mucho respeto por la muerte y, sobre todo, por la vida, esa que disfruta desde el 13 de agosto de 1974, el día que nació en Facatativá (Cundinamarca).

El próximo 12 de diciembre, el intendente Gil cumplirá 21 años en la Unidad Antiexplosivos, a la que llegó después de presentarse a una convocatoria que hicieron para hacer un curso técnico mientras él se encontraba laborando en la Sijín de Arauca.

“En ese momento era joven y me sentía muy aventurero, y el curso me pareció algo extraordinario, de mucha adrenalina”, comenta sobre su decisión de ingresar a la Unidad. Ahora, poco más de dos décadas después, dice: “mi trabajo es como un vicio, cuando uno entra ya no quiere salir. ¡Cada día me encarreto más con mi profesión!”.

Mi trabajo es como un vicio, cuando uno entra ya no quiere salir nunca

Su trabajo se divide en varias partes. Lo primero tiene que ver con una labor preventiva, en la que a diario realiza capacitaciones sobre cómo actuar en momentos en los que haya riesgo de explosiones. También se encarga de revisar escenarios cuando se llevan a cabo eventos grandes o rutas por las que pasará alguna personalidad. “Esta es la mayor carga laboral en este momento. Lo menos riesgoso”, dice.

Lo segundo tiene ver con el tema operativo. Es estar en campo. Es verificar explosiones (si fueron accidentales o provocadas), trabajar con elementos que contengan explosivos, con amenazas reales; y apoyar a la rama judicial (peritajes, detonaciones, destrucción de material de acuerdo a lo ordenado por un fiscal).

Antiexplosivos

En diciembre, Mario Gil cumplirá 21 años en la Unidad Antiexplosivos.

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Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Solo hay tres salidas: desarmar el artefacto, que explote o hacer una explosión controlada

El intendente Gil Mogollón y la Unidad, de la que hacen parte otras 18 personas entre técnicos (18, con él 19) y guías caninos (3), cuentan con herramientas tecnológicas que les ayudan a realizar mejor su trabajo. “Lo último que quiero es acercarme a una bomba”, comenta.

Tienen robots que están equipados con cámaras que manejan con controles para desactivar cualquier cosa, y equipos que acaban con bombas usando agua: un chorro sale proyectado a 2.700 libras de presión por pulgada cuadrada, es tan fuerte que no permite el paso de corriente eléctrica. “Pero hay que apuntar bien, o puede presentarse un estallido”, señala.

“En mi profesión solo hay tres salidas: desarmar el artefacto, que explote o hacer una explosión controlada. Y esto no quiere decir que se controlen los efectos, sino el momento en el que va a estallar”, agrega.

La acción de película, la del experto decidiendo si corta un cable rojo o uno blanco, solo ocurre cuando hay una vida de por medio -cuando la carga está adherida a una persona- o cuando está en una estructura delicada.

Todo se recupera menos una vida. Y los acercamientos a las cosas son prioritarios en los momentos en los que el explosivo está, por ejemplo, puesto en el medio de dos carrotanques con gas, o en una Unidad de Cuidados Intensivos de algún hospital”, afirma.

Antiexplosivos

Los 19 agentes que componen la Unidad Antiexplosivos cuentan con herramientas tecnológicas que les ayudan a llevar acabo su ardua labor.

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Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Ya sea para un caso de acercamiento o para uno a control remoto, el intendente Gil siempre debe usar trajes antifragmentación. ¿La razón? Protección contra ondas de presión de las bombas, “que nos pueden dejar afectaciones severas en el cuerpo”, contra elementos sólidos proyectados y contra altas temperaturas.

También hay unos atuendos especiales para de amenazas Nbqr (nucleares, biológicas, químicas o radioactivas), de las que también se ocupa la Unidad. Éstos están equipados para tomar aire de afuera y filtrarlo con su propio tanque de aire.

Para este uniformado, lo más peligroso de su trabajo es el manejo de artefactos explosivos caseros y la pirotecnia, ya que en cualquier momento estallan. En el caso de los artefactos, porque no hay regulaciones ni controles en los pesos y medidas de los materiales que componen el explosivo.

Y en el de la pirotecnia, “a pesar de estar hecha por personal profesional, cualquier descuido puede causar pérdida de vidas. Si no fuera así, las casetas donde se venden no estarían fuera de los centros poblacionales”, asevera Mogollón, quien añade que la Policía ha perdido a varios técnicos en destrucciones, almacenamientos o transportándola.

Su familia

Los abuelos maternos del Intendente, quienes lo criaron, se enteraron por una noticia que vieron en medios de comunicación. “Me regañaron, que cómo se me ocurría hacer esa irresponsabilidad. Con el tiempo vieron que uno se afianza y hace un mejor trabajo, aunque siempre hay riesgos”, dice.

Su hija, quien ya es mayor de edad, se siente orgullosa de su trabajo. Se pone feliz cuando a su padre le hacen algún reconocimiento y, resalta, el apoyo de ella es un aliciente para seguir adelante y dar lo mejor de sí.

Y su esposa actual, con quien se casó tras divorciarse de la madre de su hija y quien ya sabía a qué se dedicaba, tiene muy claro los niveles de responsabilidad que maneja, “aunque a veces me reprende”.

Antiexplosivos

A pesar de los riesgos, Mogollón afirma que con el paso de tiempo se ha afianzado en su trabajo.

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Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

“Estuve en la amenaza de bomba que se presentó en un centro comercial de Bogotá (Plaza Imperial, de Suba), a finales de septiembre pasado. Yo fui quien entró a hablar con el señor que tenía, supuestamente, explosivos y quien lo redujo. Al terminar, busqué mi celular. Tenía muchas llamadas perdidas de mi esposa.

La llamé y le conté que no había contestado porque estaba en esa situación y me respondió: "Para eso lo llamaba, para no darle permiso de meterse allá. Yo sé que usted lo iba a hacer, pero quería dejar claro que no contaba con mi permiso”, narra, en medio de risas.

A Gil Mogollón no le interesa mucho figurar. Su trabajo, en sus propias palabras, es muy silencioso, sin notoriedad. Y a él le gusta así. Se queda, siempre, con la satisfacción de ayudar a los demás.

CAMILO HERNÁNDEZ M.
En Twitter: @CamHerM
Redactor de EL TIEMPO

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