La tragedia en Mocoa ya pasó, pero el dolor no se va

La tragedia en Mocoa ya pasó, pero el dolor no se va

Una semana después, los sobrevivientes no descansan porque no han encontrado a sus familiares.

María Benítez, sobreviviente de Mocoa

María Benítez se levanta todos los días a las 6 a. m. para buscar a dos de sus nietos.

Foto:

Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

09 de abril 2017 , 01:47 a.m.

El ronroneo del motor de la planta que le da luz al albergue hace que los ojos de María Elena Benítez se cristalicen y su voz se entrecorte. La avalancha que estremeció a Mocoa, entre el viernes 31 de marzo y la madrugada del 1.° de abril, la obligó a tomar una decisión difícil: elegir si salvaba a su pequeña nieta, Nayara Valentina, de 8 años, o a su papá, José Benjamín Benítez, de 74.“Siempre que suena el motor –cuenta la mujer– me hace recordar el rugido de la tierra. Pensé que no alcanzaba a salir de la casa”.

María Elena, de 49 años, aún no sabe cómo –con su nieta aferrada a su espalda– sobrevivió a la tragedia que ocasionaron las crecientes de los ríos Mocoa, Sangoyaco y Mulato.

“Mi papá me miraba con ternura, yo le pedía a Dios que me diera fuerzas. Intenté cargarlo, pero él me dijo que mejor me llevara a la niña”, dice María Elena. Luego corrió mientras veía árboles y casas llevados por la corriente, como si estuvieran hechos de papel, y rodó con su nieta calles abajo. Después, los soldados las encontraron, con algunas heridas, pero vivas.

Mientras los damnificados por la avalancha hacen una larga fila para recibir un plato de comida, esta mujer se sienta junto a uno de los muros del Instituto Tecnológico del Putumayo (ITP), uno de los 12 albergues que ocho días después de la tragedia aún recogen el dolor y la angustia de miles de personas que lograron escapar de la fuerza del agua que sepultó cuatro de los 17 barrios afectados. Entre ellos el de San Miguel, en el que vivía María Elena.

Después de una semana, las familias damnificadas ya parecen habituadas a la rutina de sobrevivir.

Mientras unos se refugian en casas de familiares y amigos, unas 500 familias se encuentran distribuidas en los albergues, en donde ya temen que lleguen las infecciones. Han hecho de los salones de los colegios sus cuartos y procuran que la convivencia, a veces hostil, sea la mejor. Nadie tiene un lugar al cual regresar.

Huir no es nuevo para ellos. Muchos vivían al lado de los ríos porque la guerra los sacó corriendo de sus casas y tierras.

“Estos barrios, Laureles, San Fernando, San Miguel y los otros, no tienen más de 20 años. Todos nacieron porque aquí llegó mucha gente desplazada del Cauca, Caquetá y otros lugares de Colombia. Esta gente ya ha sufrido mucho y no se merecía seguir sufriendo”, señala Ómar Parra, sacerdote de la capilla del barrio El Carmen.

María Elena llegó a Mocoa junto con su padre en el 2005, huyendo de los paramilitares que los amenazaron cuando vivían en Villagarzón, un municipio vecino. Llegaron sin nada más que lo que llevaban puesto y levantaron una pequeña casa de madera, de la que ya no queda nada.

Pedro Félix Guaquí, de 41 años, que todavía no encuentra a dos hermanas, tres sobrinos y su cuñada, tiene una historia similar. Él y su familia son desplazados por la violencia desde su natal Santa Rosa, en el Cauca, y vivían en alquiler en el barrio San Miguel.

“No hemos conseguido dónde dormir porque en la búsqueda de los cuerpos de mis hermanas no nos ha quedado tiempo para registrarnos”, explica.

Entre el lodo

Los días de casi todos los damnificados se resumen en cuidar que no se pierda lo poco que les queda en algunos de los sitios en los que se alojan, verificar si el nombre de algún familiar no está en las listas del cementerio o el hospital y preguntarse qué será de sus vidas. Salen temprano en grupos a recorrer los escombros en busca de sus familiares e, incluso, algunos van hasta Puerto Limón y Villagarzón con la esperanza de encontrarlos en las orillas de algún río. La avalancha partió familias enteras, que no descansan porque todavía muchos están desaparecidos. Temen que suspendan la búsqueda y queden muchos cuerpos sin la oportunidad de tener un funeral.

Lizeth Talía Herrera, de 22 años, busca a su mamá Carmen del Socorro Acosta, de 57 años. Además, perdió a su hermana de 13 años y a su sobrino, de 8.

“Mi mamá nos despertó y nos dijo que nos teníamos que ir, que corriéramos que ella nos alcanzaba”, recuerda.

Alonso Jiménez no tiene rastro de su hija, de 5 años, y de su esposa. Él no estaba en la ciudad y habló con ellas un día antes. “Solo quiero encontrarlas, para poder decirles adiós”, asegura.

Nidia López afirma que solo ha encontrado a su pequeña sobrina de 13 años, quien tiene perforado un pulmón, pero aún no ubica a la mamá de la joven y a su nieta, de 5 años.

Y Aurora Ocampo, de 81 años, señala que su esposo, Iván Rodríguez, aún no aparece y que por su edad no ha podido ni ir hasta el cementerio para verificar si el cuerpo del hombre con el que compartió casi toda su vida se encuentra entre los cadáveres apilados en Normandía.

María Elena dice que no descansará hasta que encuentre los restos de todos sus familiares, pese a que se siente exhausta.

Desde el domingo, se levanta desde las 6 de la mañana para dar inicio a la búsqueda de dos nietos más.

A pesar de su dolor, María Elena agradece haber podido enterrar a su padre en el cementerio: “Me pude despedir de él y le pedí perdón por haberlo dejado”.

MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA BORREO
Enviado especial de EL TIEMPO
Mocoa

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