Los males que matan a los niños de La Guajira

Los males que matan a los niños de La Guajira

La incidencia de las creencias wayúu en la desnutrición es insignificante al lado de la corrupción.

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Esta mujer dio a luz sola en su ranchería. Ir hasta el hospital le implica un gasto enorme, y ella carece de recursos.

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Salud Hernández-Mora

08 de septiembre 2016 , 06:29 a.m.

¿Por qué se mueren tantos niños? ¿No hay manera de parar la tragedia? La respuesta a ambas preguntas es tan dramática como sencilla y me la dio el jefe de pediatría del único hospital público de Riohacha, Abudi Dazuki: “Si seguimos con este desorden, con esa mano de corruptos, se van a seguir muriendo. Me duele como pediatra, como padre de familia”.

¿Cuál es el desorden? Basta con viajar unos días a La Guajira para constatar lo que el médico y otros antes que él advierten desde hace años. Habría que comenzar por unas imágenes que causaron revuelo en el país.

(También: Van 41 niños muertos por desnutrición en La Guajira)

El padre de un niño wayúu pelea con empleados del Hospital Nuestra Señora de los Remedios y saca a la fuerza a su hijo gravemente enfermo. Alguien grabó en celular y difundieron las imágenes los noticieros nacionales. Al papá le cayó un aluvión de críticas e incluso anunciaron que terminaría preso.

Hoy en día, Isimer sigue convencido de que hizo lo correcto. Asegura que el principal mal que padecía Janer, el menor de su extensa prole, solo sabía tratarlo una piachi y debían curarlo primero. La severa desnutrición, que exigía hospitalización, podía esperar.

“Televisión habló mentiras, dice que Janer se va a morir en el camino. Yo decía, ¿tú eres Dios para saber? Tantos hijos que tengo y los salvó la piachi, ninguno nació en el hospital”. Hablamos bajo una enramada en la que corre la brisa, junto a su casa de bareque; se expresa en un español a trompicones que a veces cuesta entender. Ese día no tenía quién tradujera el wayuunaiki. (Conozca el especial: Lo que no comemos... La Guajira)

Es un hombre afable, inteligente, emprendedor, apegado a sus creencias ancestrales. Padre de 12 hijos, vive de unos escuálidos cultivos, los que permiten las tierras desérticas de la alta Guajira; de la pesca en el caño que bordea su ranchería; de unas pocas cabras y de las mochilas que tejen varios miembros de su familia.

Explica que Janer tenía una “hinchazón” en la barriga, producto de unas desafortunadas coincidencias que ocurrieron cuando solo era un feto. Durante el embarazo, sigue el relato, la mamá tuvo la desdicha de toparse con los cadáveres de una suicida ahorcada y de un cuñado acribillado a balazos, visiones de consecuencias nefastas para el bebé. Quedó con mal de ojo.

“El mal de ojo no lo sabe curar el doctor, solo lo sabe la piachi”, asevera. Acudir a ella no era barato, necesitaba reunir unos 200.000 pesos. Isimer dudaba.

“Hay que cuidar al peladito”, le aconsejó un familiar. “Si muere, vas a gastar mucho: conseguir ron, matar chivos, las sillas, los chinchorros nueve noches”.

(Además: Más de 100 niños muertos por probable desnutrición en 2016: INS)

Hizo cuentas del platal que costaría el funeral y concluyó que su pariente estaba en lo cierto. Acudiría a la piachi. Una vez superado el mal de ojo, aceptó los continuos llamamientos que hacían en el hospital para que trataran a Janer y recibe de buen grado las visitas periódicas en su ranchería del equipo médico que sigue asistiendo al pequeño, ya bastante recuperado.

El caso de Isimer no es aislado. En Nuestra Señora de los Remedios, el doctor Dazuki y su equipo son testigos a diario de argumentos y disputas similares. Yo misma presencié una.

Fue una mujer de edad la que inició la gresca. Intentó llevarse a una niña. Forcejeó con el personal médico, apareció la Policía de infancia, no había manera de apaciguarla. La madre de la pequeña, que presenciaba la discusión a cierta distancia, de un momento a otro se tiró al piso, lloraba, suplicaba que la dejaran irse a su casa con su hija y la mujer.

Intervino una trabajadora social wayúu. En su idioma y con suma paciencia, le susurró a la mamá que la niña necesitaba permanecer hospitalizada para superar un cuadro de desnutrición aguda severa. Se presentó el abuelo de la niña, hombre de aspecto agradable y don de mando. En tono sereno y firme advirtió que se la llevaban a toda costa.

Indicó que en su comunidad es una autoridad, una persona respetada, y sentía que los habían maltratado y despreciado. Y ellos, alegó, podían cuidar a la nieta en la ranchería.

La trabajadora social lo arrastró a un rincón, lejos del tumulto. Le dijo que pertenece a un eminente clan wayúu y enseguida el hombre cambió de actitud. Por fin sentía que hablaban entre iguales. Al cabo de una larga conversación, a la que se sumó otro wayúu del hospital, el patriarca aceptó que la niña se quedara con su mamá hasta recuperarse por completo.

La escena duró más de dos horas y hay ocasiones en que se prolonga por más tiempo. Pero al doctor Dazuki, un “turco” de Maicao, hiperactivo, carismático y terco, no le importa lo más mínimo.

En Nuestra Señora de los Remedios están empeñados en dedicar las horas que sean necesarias y hacer hasta lo imposible, superando con admirable compromiso y profesionalismo la falta de recursos, con tal de salvaguardar la vida de los niños.

“Llegan en un estado gravísimo, desnutridos, con un proceso infeccioso. Los hospitalizamos por largo tiempo y cuando ven una mejoría, a los dos, tres días, un 10 % de las mamás wayúus se los quieren llevar, no por irresponsables o por no querer a sus hijos, sino porque tienen muchos otros hijos y los dejan solos; mientras están aquí, no tienen quien se los cuide”, señala. “Se desesperan pensando que deberían estar en sus casas pendientes de los otros. Y uno las entiende”, afirma Dazuki.

“Cuando llegué a pediatría decidí que si el niño vive en una ranchería muy lejana y sabemos que no le van a garantizar el tratamiento, lo tenemos hospitalizado de siete a diez días, con antibióticos para que cuando se vaya, no tenga que tomar nada. Así hemos ayudado a mitigar la muerte de niños. En lo que va de este año, hemos recuperado a más de 200 con desnutrición aguda severa, y a más de 400 con desnutrición aguda moderada y con algún foco infeccioso. Llevamos cero muertes en el hospital”.

Los enfermos proceden de Riohacha, Uribia y Manaure, los tres municipios donde están los principales focos de una enfermedad que avergüenza a un país tan rico en recursos naturales como Colombia. A los 44 niños que han muerto de hambre en la alta Guajira en el 2016, habría que agregar un número indeterminado de pequeños que no quedó registrado en el conteo oficial. Fallecieron en sus rancherías y nadie los llevó a la ciudad.

Aunque podría parecer que la incidencia de algunas creencias de la cultura wayúu en la desnutrición y muerte de los niños es determinante, resultan insignificantes al lado de la corrupción y la miseria, verdaderas causas de que se pierdan tantas vidas.

Uno lo atestigua con solo desplazarse a las comunidades rurales, hablar con los lugareños, así como visitar el hospital y entrevistar a las enfermeras y trabajadoras sociales de un centro médico que aprendió a sobrevivir al borde del abismo. La eficiente directora actual rara vez puede cancelar los salarios cuando corresponde, los pagan con meses de retraso; y cuenta con unas vetustas instalaciones que jamás conocieron ni siquiera las migajas de la bonanza carbonera que entregó a La Guajira billones en regalías. Pese a acoger a los niños desnutridos que requieren hospitalización y a muchas madres gestantes, no cuenta con UCI ni incubadoras. De ahí que remitan pacientes a Valledupar y Barranquilla.

A ello le agrega que sus pacientes son pobres y las EPS, nada menos que 17 en La Guajira, casi todas funcionan de espaldas a sus afiliados y se niegan a cancelar los 35.000 millones que le adeudan.

“Si las EPS hicieran su labor, no nos llegarían tantos niños en muy mal estado. Así como se matan por afiliarlos, deben matarse por atenderlos. Las mamás no tienen un control prenatal y todas tienen carné de salud. En La Guajira hay más EPS que niños felices”, sentencia Abudi Dazuki.

Rancherías

Cada día, personal del hospital sale a cubrir varios de los puntos donde hay niños desnutridos que pasaron antes por el centro. Son solo dos equipos, financiados por un programa del Ministerio de Salud claramente insuficiente, apenas un pañito de agua tibia. Las distancias son largas, los caminos destapados y la población para atender es extensa. “Es responsabilidad de las EPS, pero no lo hacen”, se queja un médico.

Me apretujo en una camioneta. Buscan la casa de doña Rebeca. Cambia con frecuencia de lugar porque no tiene dónde vivir y se mete con su familia donde le ofrezcan cobijo.

Encontramos a sus hijos pero no a ella. Anda en algún sitio ganándose unos pesos para alimentarlos. Como es habitual en incontables hogares de campesinos wayúus, un niño grande cuida de los pequeños. La ranchería es paupérrima, todo a su alrededor es aridez, salvo un espejo de agua muy salina, a unos 300 metros, en el que logran pescar algún pez de vez en cuando. Aunque solo el menor pasó por el centro médico, salta a ojos vista que todos aguantan hambre, incluidos dos esqueléticos perros.

El equipo pesa y miden al bebé. Sigue recuperándose. Luz Yánire Herrera, una excelente trabajadora social wayúu que habla su idioma, le da un reconstituyente de fabricación gringa, con ingredientes de maní, que viene en un sobre.

El niño lo devora. Cuando acaba, un hermano se apodera del envoltorio. Lo repela con un dedo hasta dejarlo reluciente. Lo bota y uno de los dos canes corre a lamerlo.

Dejan a cuidado del hombrecito de la casa varios sobres, los necesarios hasta la siguiente visita. “Son para el bebé”, advierten con cariño. Nos vamos sabiendo que algunos los comerán los grandes y que es injusto reprenderlos.

En el resto de rancherías que recorremos, la situación es parecida: sin centros de salud, con algunas escuelas que son un espacio atiborrado de sillas viejas, rodeado de un cerco de estacas. Si preguntamos por la alimentación escolar, el personal confiesa que la corrupción roba la comida. No denuncian por temor a represalias de fundaciones de papel que protegen políticos. Si el Ministerio de Educación y la directora nacional del ICBF, implacable látigo de corruptos, no pudieron eliminarlos, menos lo lograrán ellos.

“Seguirán muriéndose”, predica Dazuki en el desierto.

SALUD HERNÁNDEZ MORA
Especial para EL TIEMPO
RIOHACHA

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