El dolor narrado a través del pesebre de la familia Kopp

El dolor narrado a través del pesebre de la familia Kopp

Embajador en Turquía presentó su nuevo libro, ‘De tripas corazón’. Lea acá una parte del texto.

Armero

El 13 de noviembre de 1985, una avalancha volcánica convirtió a Armero en un gran camposanto. Pinto recuerda que murieron más de 20.000 personas.

Foto:

Felipe Caicedo / Archivo EL TIEMPO

09 de noviembre 2017 , 08:37 p.m.

La miseria y las lágrimas, ¡oh Hafez!, han ahogado tu sonrisa”.
Hafez, del poema ‘Para qué’

La ciudad de Armero era una villa progresista, con cierto desarrollo incontrolado de la agricultura comercial y una próspera actividad de servicios agrícolas y de comercio. En tales sectores obtenían su empleo los padres de familia, las mujeres y aun los jóvenes en el poblado de unos treinta mil habitantes, hasta la noche del 13 de noviembre de 1985, cuando en el cráter Arenas del volcán Nevado del Ruiz se produjo la erupción de la montaña dormida durante sesenta y nueve años, como consecuencia de la cual los llamados por los volcanólogos flujos proclásticos, esos vómitos incandescentes que no conocen de compasión alguna, literalmente, fundieron el glaciar que rodeaba la cúspide de la montaña y expelieron cuatro lahares, mazacotes fétidos de lodo, tierra y escombros, que descendieron por las laderas del nevado, creciendo en tamaño y turbulencia, hasta adueñarse de los cauces de los seis ríos que nacen en la cadena montañosa que rodea el volcán, alcanzando una velocidad superior a los 60 kilómetros por hora, sorprendiendo al cabo de una hora en medio de la noche, como una mazamorra espesa y quemante, a los pobladores armeritas que, en número superior a veinte mil, dos tercios de la población total, fallecieron aquella noche fatal, mientras el resto se aferraba a la vida encaramándose sobre los techos y terrazas, corriendo a las partes altas de la ciudad y escapando por dos o tres callejuelas de la periferia del casco urbano.

No veo a Armero, la ciudad ha desaparecido, hay solo un mar de lodo gris, humeante, Armero no existe

Las víctimas de la tragedia moraban también en los municipios de Chinchiná y Villamaría, en las riberas de los ríos y en las viviendas rurales y urbanas donde por igual se ahogaron cuerpos, vidas y lamentos durante toda aquella noche nefasta, hasta que un piloto de un pequeño aeroplano que trabajaba en la zona llamó a una cadena de radio a las seis y media de la mañana y declaró a los periodistas incrédulos: “No veo a Armero, la ciudad ha desaparecido, hay solo un mar de lodo gris, humeante, Armero no existe”.

En una loma de las afueras de la ciudad, subidos en un palo de mango, fueron avistados por un helicóptero de rescate, hacia las tres de la tarde, María Inés, Toño y tres de sus hijos, la familia Kopp, los mismos que habían llegado con las manos vacías diez años atrás, provenientes de la bella región de Sasaima, al occidente de Bogotá. Habían terminado en Armero luego de vivir un tiempo en la capital y de rondar por los pueblos de las provincias de Cundinamarca, el departamento central de Colombia.

María Inés, nacida en San Juan de Rioseco, hija de campesinos pobres afectados por el ciclo de violencia entre los partidos tradicionales allá a mediados del siglo veinte.

Toño era nativo de la región del Gualivá, hijo natural de uno de los miembros de la familia Kopp, todos descendientes del pionero Leo Siegfried Kopp Koppel, que arribó a Colombia en la segunda mitad del siglo diecinueve y se convirtió en el ejemplo de los emprendedores migrantes más importante del país.

Fundó con su hermano y otros familiares la cervecería de Kopp y Sanz en 1989. Construyeron un emporio que luego, a lo largo de setenta años, absorbería pequeñas cerveceras locales hasta pasar a manos de los Santo Domingo, que consolidaron el monopolio, convirtieron la cervecería Bavaria en una empresa global y accedieron a las listas de las familias adineradas del mundo.

Los Kopp realizaron incursiones en el sector agrario, en diferentes ciudades y renglones industriales, fueron caracterizados por las gentes humildes como personas dotadas de inteligencia y buena fortuna, a un punto tal que su éxito les otorgó verdadero renombre y las gentes del pueblo les atribuían poderes metafísicos.

No en vano, en plena segunda década del tercer milenio, la tumba de don Leo Kopp sigue siendo la más visitada en el cementerio central de Bogotá, ante la cual desfilan cientos de promeseros por día para pedir favores en torno a las variadas formas de probar fortuna o encontrar empleo, así como alrededor de mediaciones algo más complejas, como la conquista amorosa, la guarda de la fidelidad o la condición incompartible de los amantes clandestinos.

Con algo de gazmoñería, los Kopp, en particular alguno de los hijos o sobrinos de don Leo, se dice que aquel de nombre Daniel, quien fuera el gran personaje de Sasaima, dejó toda una simiente, especialmente de mujeres hermosas en las provincias del alto, medio y bajo Magdalena y en la región del Gualivá.

De esas camadas venía Toño, quien se enamoró de María Inés, con quien fue trasegando por los pueblos del oeste de Cundinamarca hasta llegar a Armero. Era uno de aquellos componedores, “toderos”, solucionador de problemas caseros, especialista en hacer trabajitos, esas cosas que nadie resuelve bien excepto quien todo el pueblo sabe que lo hace. Y dio con María Inés, una especie de dama de relaciones públicas, entradora y con don de gentes.

Promediando los 60, una vez establecidos en Armero, iniciaron, en la parte frontal de su vivienda arrendada, sobre una estructura de pedazos de muebles, guadua y cartones viejos, la elaboración de un pesebre para las fiestas decembrinas.

Toño recogía juguetes abandonados, de aquellos alimentados por baterías que llegaban desde Japón y al cabo de unas semanas de uso por los chicuelos, quedaban arrumados por fallas mecánicas o del sistema electrónico.

Era muy detallista, con paciencia reparaba los pequeños motores y ajustaba los mecanismos para recibir microvoltaje y así poder armar réplicas de lo que su imaginación concebía como los utensilios y herramientas propios de la forma de vida de la bíblica Belén: segadoras, despulpadoras de café, braseros con ejes rotativos, dosificadores de granos para gallinas de picoteo mecánico, también asadores verticales como los döner turcos, tornos para carpintería, pozos con balde de manivela, pastores danzarines, estrellitas y cometas dibujados sobre la bóveda celeste amasada con papel y goma, patos y gansos en movimiento dentro de totumas de fondo azulado, y muchos objetos más, los cuales pronto dieron fama al pesebre que se convirtió en atractivo regional al cabo de los primeros años y también en fuente de ingreso para la familia que dedicaba el último trimestre del año a su montaje.

Cuando María Inés y su familia fueron rescatadas, atribuyeron el milagro de su sobrevivencia a la devoción por el divino niño Jesús y, una vez decidieron retornar a Sasaima, recibieron el apoyo de las familias que los conocían.

Fueron los cuidanderos de varias quintas, operaron una granja de turismo y finalmente, se encargaron de la que fuera la finca de un exgobernador, donde dispusieron del espacio suficiente para retomar la tradición navideña y desarrollar un pesebre maravilloso.Las familias tradicionales como los García Rico, las señoritas García, los Peñuela, los Ramos y muchas otras les dieron el soporte en su piadoso testimonio.

Toño sucumbió a las influencias modernas e introdujo en el pesebre objetos de la modernidad; incluso, un vecino de la vereda Nariz Alta se encargó de obsequiarles piezas de diferentes países, con lo cual el altar navideño terminó convertido en parque de miniaturas, de todos los colores y de todos los tiempos, un verdadero caleidoscopio multicultural donde al lado del nacimiento podían observarse caballos ponis con melena, reyes en motoneta, vitrolas en miniatura, osos panda y jaulas con pájaros de trinos chinos, superhéroes adorando al Niño, protagonistas de telenovelas, figuras de Bollywood, barbies sin pecado, estrellas del fútbol, mas también una cerámica de San Nicolás, velones con figura de Noel, la estatuilla del patrono local San Nicolás de Tolentino, tallas en madera de la fauna africana, casas de Beypazari y Safranbolu, fincas cafeteras, dioses indios en diálogo con la madre Teresa, llegándose al extremo de encontrar contribuciones de visitantes bajo la forma de bonos de nochebuena comprados como vales de consumo en almacenes Éxito.

Pero Toño y María Inés no se detenían en su esfuerzo por representar la navidad con sus dramas sociales según podían apreciar las imágenes por la televisión. Una vez se hicieron a una pequeña casa propia, de aquellas que los pobres edifican en lotes pequeños cedidos por políticos en zonas empinadas, donde construir una vivienda termina siendo costoso y peligroso, dedicaron todo el salón principal de su morada al pesebre, introdujeron las figuras de los jefes guerrilleros que negociaban la paz con el gobierno de Colombia, un barrio simulando el gigantesco campo de refugiados de Suruc en Turquía e incluso una barcaza con decenas de refugiados como las que a diario pueblan de cadáveres el Mediterráneo; también colocaron casas cayendo como las viviendas en el terremoto de Katmandú y gallardetes de colores portados por niños budistas.

El dolor nos obliga a luchar para derrotar esa impotencia que sentimos al no poder cambiar situaciones de nuestras vidas

Los visitantes continuaban llegando de muchas regiones, incluso los medios de comunicación realizaron reportajes y entrevistas. Toño se ingenió la manera de que sobre la réplica de Belén cayera nieve en las noches de la novena de aguinaldos y un grupo de miniaturas afrodescendientes interpretara la salsa, también una belly dancer que bamboleara sus caderas a la manera de Shakira y hasta un mono de felpa, que actuaba como instrumentista virtuoso de las maracas.

Una periodista radial le preguntó a María Inés:

–¿Por qué colocan ustedes escenas de sufrimiento en su pesebre si la navidad es tiempo de alegría?

–Cómo que por qué. ¿No ha visto usted que el Niño Dios está llorando? Hay dolor entre los hombres en el mundo, dolor por los niños muriendo, por los hijos sufriendo, por el asedio de desconocidos, por las alambradas y los muros, porque para los pobres cada año vienen nuevas derrotas.

Y Toño complementó la respuesta:

–Señorita, el dolor nos obliga a luchar para derrotar esa impotencia que sentimos al no poder cambiar situaciones de nuestras vidas, de nuestras hijas. Ese dolor, un manto oscuro que nos niega la posibilidad de ver alguna mejora, de atisbar un pequeño soplo de aire fresco. Aquí hacemos sentir felices a las gentes, pero también les recordamos que la indiferencia causa dolor, que la mentira causa dolor, que nos vamos desilusionando y también por ello, aquí les damos a los peregrinos una voz de esperanza, porque sin esperanza para qué vivir.

–Con los niños y los jóvenes –continuó– organizamos durante la novena caminatas por los lugares maravillosos de Sasaima, visitamos la capilla de Santa Bárbara, el monolito Panche, las plantaciones de cítricos, los aguacatales, las cuevas, el humilladero, los cultivos de cachama, y hacemos canotaje en el río Negro. Incluso los llevamos a que escuchen a los desplazados arhuacos que el pueblo ha recibido. También los llevamos a la granja experimental de la universidad donde yo trabajé, gracias a lo cual me dejan entrar y casi todos llevan a precio módico su medio bulto de naranjas y mandarinas, las mejores de Colombia.

El vecino de la vereda Nariz Alta, verdadero fanático de los formidables artesanos que finalmente es lo que son los Kopp, llegó en mayo de 2016 para entregar a la familia unos presentes con destino al pesebre; había en el talego una cruz georgiana, un león hitita y un gato Van con ojos de diferente color. Encontró a María Inés gravemente enferma de cáncer. Partió de allí llorando y aún no se atreve a preguntar si en la pasada nochebuena, el pesebre de Sasaima alumbró la senda de paz que empieza a recorrer Colombia.

JUAN ALFREDO PINTO SAAVEDRA
Economista, con amplia trayectoria en los ámbitos de la dirigencia gremial, la política y el gobierno. Autor de la novela ‘Agua dulce, agua de mar’.

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