Leonor Zalabata, la líder arhuaca que lucha por los derechos humanos

Leonor Zalabata, la líder arhuaca que lucha por los derechos humanos

Ha representado a su pueblo, desde muy joven hasta hoy, en distintos escenarios y en temas diversos.

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Leonor no es la única arhuaca de relieve. Tienen liderazgo Dionicia Alfonso, Benerexa Márquez y Luz Elena Izquierdo.

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Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

25 de noviembre 2016 , 12:42 a.m.

El 28 de noviembre de 1990, cuando en un tramo de la vía Valledupar-Bogotá fueron torturados y asesinados Napoleón Torres, Hugues Chaparro y Ángel María Torres, representantes de la comunidad arhuaca en la Asamblea Nacional Constituyente, la ya líder Leonor Zalabata, de 36 años, no lo pensó dos veces para encabezar una airada protesta en contra de las autoridades militares que no respondían por el crimen.

El asesinato sigue sin castigo y ella no ha dejado de alzar su voz cada vez que puede. Tal vez por su vehemente reclamo, el también asesinado abogado Eduardo Umaña Mendoza, contratado por la comunidad para esclarecer los hechos, no dudó en proponer a Leonor como representante de su pueblo en el viaje, dos años después, a Ginebra, a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, para relatar el aleve crimen.

Por estos días, en los que se cumplen 36 años de este triple asesinato que conmovió por unas horas a algunas personas que veían con horror cómo sectores del paramilitarismo se tomaban regiones enteras, entre ellas la Sierra Nevada de Santa Marta, Leonor Zalabata vino a Bogotá como delegada al Encuentro Internacional de Pueblos Indígenas sobre la Biodiversidad, y volvió a contar con dolor profundo los pormenores de un crimen que marcó a su pueblo y no se olvida.

Homenajes periódicos y solidaridad permanente con huérfanos, viudas y la gran familia, unos 20.000 arhuacos, no borran la memoria ni el legado de estos tres hombres que dedicaron su vida a trabajar por los derechos de su comunidad. Ellos son, cómo no, otras víctimas de la guerra que parece pronto terminará.

La vida de Leonor Zalabata no se ha limitado a luchar por los derechos humanos. Ha representado a su pueblo, desde muy joven hasta hoy, en distintos escenarios y en temas diversos. No es la primera mujer y seguro no será la última en llevar la vocería de un pueblo que se conoce en todo el país por los cómodos y variados vestidos blancos que llevan con orgullo hombres y mujeres, por sus vistosas y populares mochilas de hilo y lana, y por sus chaquiras coloridas, en las que no puede faltar la de color negro como símbolo de protección.

Joven sobresaliente

“Me enredé con mi gente desde muy temprano, por mi familia”, dice con orgullo Leonor.

“Tenemos la costumbre de visitar a la parentela, y como la mía vivía en diferentes regiones porque mi mamá era de arriba, de la Sierra Nevada, y mi papá venía de Pueblo Bello, donde se estableció un grupo de los arhuacos despojados por la colonización, entonces en las vacaciones tenía oportunidad de irme con mi abuela materna a la Nevada, a Nabusimake, y la abuela paterna también cargaba conmigo. Ese ir y venir me dio la posibilidad de conocer a muchos y, a la vez, que me conocieran. Desde chiquita hablaba con unos y otros. En esa época se montaba en unos bueyes. No había ni mulas ni caballos. Soy la hija mayor y mi padre me puso el nombre de la tía, que fue su madre de crianza”.

Tal vez por ser una niña tan despierta, el padre de Leonor consideró que ella debía hacer la primaria afuera de la Misión Ca puchina, y la llevó a Pueblo Nuevo. Allí se destacó izando bandera y sacando buenas notas; así que siguió su bachillerato y aunque ya no era tan pila estudiante, uno de sus hermanos le ganaba, ella sobresalió en otros frentes.

Durante tres años fue presidenta del consejo estudiantil, capitana de varios equipos deportivos y aprendiz notable del proyecto de agricultura.

Por su popularidad, por sus ganas de aprender y por la amistad que entabló con una enfermera pastusa, obtuvo una beca para estudiar técnicas de odontología social en la Universidad de Antioquia. Fueron dos años que cerraron su ciclo académico.

Leonor Zalabata era una de las pocas indígenas que, en los años 70, pudo ir a la universidad, porque aún su pueblo seguía bajo la férula de los capuchinos y porque eran muy pocas las familias que contaban con recursos económicos para pagar la educación de sus hijos en sitios distintos a la Sierra.

“Mis padres hablaban perfectamente las dos lenguas: Ikum (lengua arhuaca) y castellano, pero conservaron durante mucho tiempo en su cabeza la prohibición del uso de nuestra lengua que hicieron los capuchinos. Vivir fuera de mi comunidad, en las ciudades, era duro. Me parecía más alegre disfrutar de mi espacio. Me gustaban más mis costumbres que como vivían los colonos con los que yo estudié. Nunca estudié con los misioneros, que duraron 65 años en la Sierra. En el colegio nos tocaba usar uniforme, llevar maletín. Nosotros llegábamos a la casa y de inmediato usábamos nuestros vestidos tradicionales. Nos volvimos biculturales. Estuvimos siempre atentos al proceso educativo, pero tan pronto comenzaban las vacaciones, nos íbamos para la Sierra, adonde nuestra gente. Nunca me interesó conocer Valledupar o Santa Marta, sino regresar adonde mis ancestros”.

Más que sacar muelas

Cuando Leonor regresó a su pueblo como auxiliar de odontología, le tocó adecuar su sitio de trabajo en las instalaciones de la misión. Sucedió, entonces, que ella, con una formación más amplia que la sola clínica para sacar muelas, hacer calzas o limpiar dientes, comenzó a detectar que los problemas de las piezas dentales provenían de mala alimentación, de enfermedades estomacales, de una pésima higiene.

Trató de ir a la raíz de esta situación conversando con las autoridades indígenas, para adelantar campañas de nutrición, hacer prevención, pero fue acusada de comunista, de revoltosa por los capuchinos, para quienes no era adecuado que ella fisgoneara en otras áreas que no le correspondían. Para eso estaban ellos. Los mamos, por el contrario, le echaron el ojo y la estimularon a que continuara desarrollando actividades en favor de la comunidad.

Liberato Crespo, el primer gobernador indígena después de la salida de los capuchinos, la delegó para tratar los asuntos de salud a nivel general, y ahí “la Leo”, brilló con esa luz de líder que sus mayores le vieron desde pequeña.

“Conseguí el esposo en esas andanzas de visitas a todos los lugares de mi comunidad. Se llama Nohemías Torres. Él no tiene formación académica, pero es un hombre inteligente que conoce a profundidad todas nuestras costumbres y nuestro pasado. Me criticaron porque decían que cómo iba casarme con él, una mujer estudiada como yo. No me importó. Esas cosas lo endurecen a uno, lo forman.

“Él tiene un liderazgo más fuerte. El mío es al exterior, muy visible. El suyo, dentro de la comunidad. Es noble, sencillo, generoso. Está pendiente de mí. Me impulsa a viajar y me dice que si empeñé la palabra, no puedo fallar. Tenemos tres hijos hombres y dos mujeres. Un abogado, una psicóloga que trabaja como emprendedora empresarial y un joven que no quiso estudiar mucho pero se ha dedicado a la organización de la comunidad. Y los dos menores, profesionales de la Universidad Nacional: una bióloga marina y un físico. El menor tiene una maestría en física cuántica, palabras mayores para mí.

“Lo que más me satisface es que todos mis hijos estudiaron afuera, pero regresaron a poner sus conocimientos al servicio de la comunidad. Lo que más les interesa es ayudar a su pueblo, a quienes no han tenido las posibilidades con las que han contado ellos”.

Leonor Zalabata educó a sus hijos y ahora ayuda a sus siete nietos, pero no ha dejado a un lado su compromiso comunitario ni un solo día. Tal vez lo ha intensificado. Una de sus actuaciones públicas más controvertidas fue su concurrencia como candidata a ocupar un cargo en el desprestigiado Parlamento Andino.

¿Por qué le pareció importante formar parte de esa institución?

Para nosotros, el Parlamento Andino era, y es, una instancia que considerábamos con valor, ya que el movimiento social indígena tiene representación allí, con compañeros de Perú, Ecuador, Bolivia, Chile, para hacer causa común frente a agresiones y problemas similares. Saqué 203.000 votos, la más alta votación. Y aunque el voto en blanco ganó, nunca hicieron lo que se debía hacer: repetir las elecciones con otros candidatos. Ese incumplimiento está en una demanda, pero el Consejo Electoral aún no ha dicho nada.

Como parlamentaria andina, ¿no hubiera sido problemático para usted, para su familia, para la comunidad, haberla abandonado?

Un liderazgo de tantos años, como el mío, no me ha impedido seguir vinculada, de manera estrecha, con mi gente. Siempre me he preguntado: ¿qué hubiera pasado si me voy por dos años y rompo esa relación tan fuerte con mi gente? Abandonar un trabajo equivale a perder todo el sentido de la historia de uno. Ahí se me planteaba una cuestión de dignidad, de vida. No sé qué hubiera hecho.

¿Alguna otra vez ha sido tentada para presentarse a elecciones?

Cada vez que hay elecciones me llegan propuestas. En una época, maledicentes decían que lo único que yo buscaba era eso, la política. Pero solo dos veces he prestado mi nombre para elecciones. En Valledupar estuve en la lista de Omaira Herrera, por su cariño y amor por la comunidad indígena, por los servicios que ella y su familia nos han prestado. No salió elegida para la alcaldía.

¿Qué opina de la política?

Los partidos políticos son un tema de familias, de conexiones, de intereses económicos. La política sería distinta si el poder se usa como una llave que le abra las puertas a la gente para entrar a las instituciones y poder acceder a lo que ofrecen. Si eso ocurriera, la política sería muy buena. No pensar solamente que porque fui la elegida, soy yo la que tiene poder. Servir de instrumento para ampliar los derechos de las personas, es lo que me parece el ideal de los cargos públicos de representación política.

¿Qué opinión le merece la muerte de los niños de la comunidad wayú y la actitud de muchos padres de impedir que los servicios médicos externos les presten asistencia?

No me siento con autoridad para hablar del tema wayú ni de ningún otro pueblo, pero creo que los mecanismos propios culturales de cada comunidad se deben respetar. Hemos sufrido una determinada alienación, algunos impactos que han tratado de destruir cosas propias de los pueblos indígenas. Lo digo porque la misión capuchina hizo mucho daño al interior de nosotros, de nuestra cultura.

Desde que se fueron hemos progresado, ya tenemos profesionales en cada una de las disciplinas, y con los capuchinos no hubo ni un solo profesional; eso para citar tan solo un caso. Valoro la academia, pero no puedo desconocer que es clasista. El pueblo arhuaco se distingue por pensar. Hacemos, por supuesto trabajamos, pero lo nuestro es pensar. Es un principio. El pensamiento unido a los pagamentos.

¿Tiene ejemplos de esa práctica?

Comenzamos a producir un café totalmente nuevo, orgánico. Llegó la roya y no se acabó fumigando sino con una cuota de pagamentos mentales.

¿Qué significado tienen los hilos que usa en las muñecas?

Cuando hacemos un ritual que finaliza con un pagamento, una intención de ese trabajo, para que haya cumplimiento de lo que uno quiere, de lo que uno necesita, añade un hilo de algodón a la muñeca. Así que estos que llevo son recordatorios de cosas positivas que han sucedido. Los mamos nos entregan los hilos.

¿Tiene proyectos por realizar?

No tengo pendientes. O muy pocos. Ahora que tengo mi edad, que ayudé a los nietos y a las nietas, deseo que ojalá siga con esta vitalidad para mis otros nietos, porque todavía dos de mis hijos no han tenido descendientes.

A nivel general, de la comunidad, nos ha faltado más formación de liderazgo en las nuevas generaciones. Debimos tener siempre una o dos personas al pie para que fueran conociendo la ruta, el camino. 

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

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